jueves, 4 de mayo de 2017

Siglo XXI nº 22

A estas alturas del siglo XXI sabemos perfectamente lo que se conmemora el «1º de mayo», por un lado a los mártires de Chicago que dieron su vida por la jornada de ocho horas; y por otro, la lucha continua e irreductible de las clases asalariadas. Hoy se le considera un día festivo, integrado en el calendario laboral de casi todas las naciones del mundo, a la misma altura que otros días en los que se conmemoran las más diversas efemérides. Sin embargo, el día primero de mayo en sus inicios no fue en absoluto un día festivo, sino una jornada de lucha. Por regla general tal celebración estaba prohibida. Era un día en el que el proletariado consciente y organizado sumaba esfuerzos para salir a la calle, para ocuparla de manera impositiva, en ocasiones violenta, anunciando con su actitud a la clase dominante, a la burguesía, que estaba vivo, que sus gritos eran un desafío. Generalmente, estas manifestaciones eran reprimidas duramente por las autoridades, con saldos sangrientos de personas muertas y heridas. En cada país ese día era una oportunidad para reconocerse como clase revolucionaria que se prepara para responsabilizarse de su destino. También servía para que los proletarios se identificaran a sí mismos como sujetos con capacidad transformadora, dispuestos a modificar la correlación de fuerzas de su tiempo. Para todas estas mujeres y hombres el «1º de Mayo» no era una simple fiesta del trabajo, sino una jornada de combate, irrenunciable, una más de las muchas que jalonaban su universo laboral.
Entonces, como ahora, había dos tipos de organizaciones obreras. Las que deseaban cambiar el curso de la historia y las relaciones de dominación (sindicalistas revolucionarias y anarcosindicalistas), y esas otras socialdemócratas que solo pretendían reformar el modelo social existente. La historia ha colocado a cada tipo de organización en su sitio. El movimiento obrero y sus luchas, han demostrado que el sindicalismo revolucionario y anarcosindicalista, tenían razón en sus estrategias y en sus tácticas, a pesar de las derrotas. Los otros solo contribuyeron a reforzar la opresión.
En nuestro tiempo, el «1º de Mayo» es simplemente un festejo insustancial, del que están desvinculadas las clases asalariadas. La labor sindical de los últimos años ha creado una imagen del sindicalismo, reaccionaria, pactista e institucional, muy próxima a los legendarios sindicatos verticales franquistas. El sindicato es una herramienta de combate útil en los períodos históricos en los que los pueblos actúan a la defensiva. En las fases ofensivas la organización sindical forma parte de otras estructuras organizativas que van más allá de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores y trabajadoras.
En los últimos cuarenta años el anarcosindicalista no ha estado a la altura de los acontecimientos históricos, siempre perdido en divisiones, subdivisiones y debates estériles que han llegado a colapsar la acción de masas, alejado de horizontes transformadores.
Este 1º de Mayo de 2017 las circunstancias no han mejorado, quizá el anarcosindicalismo está más dividido que nunca y con pocos visos de aproximación y confluencia. Qué decir del anarquismo en todas sus manifestaciones que, si bien en período de eclosión, mantiene muchos proyectos e iniciativas en marcha pero sin cohesión territorial, ni disposición a la acumulación de esfuerzos, ni a la coordinación en las luchas. Más si cabe en un Estado como el español en el que las fuerzas más reaccionarias están en el poder, con el apoyo de un aparato represivo imponente.
Estaría bien que algún día nuestros primeros de mayo volvieran a ser de lucha, de agitación y propaganda, de recuperación de la dignidad revolucionaria de unas clases asalariadas que debido a su desarme ideológico y organizativo está retrocediendo en derechos al siglo XIX.


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