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jueves, 16 de septiembre de 2021

La peste religiosa - Joan Most

La peor de todas las enfermedades mentales que embrutecen al hombre es la peste religiosa.

Como todo tiene su historia, esta epidemia no deja de tener la suya: solamente tiene de particular que es muy perniciosa, aparte de lo que tiene de bufa. El viejo Zeus y Júpiter tronante eran unos dioses muy decentes y, podemos añadir, esclarecidos si se les compara con la ridícula Trinidad del árbol genealógico del buen Dios, cuyos personajes no son menos crueles, brutales y ridículos que los primeros.

Por otra parte no queremos perder el tiempo con los dioses caducados, puesto que en la actualidad no causan perjuicio alguno, sino que sólo criticaremos a esos charlatanes fabricadores de la tempestad y del buen tiempo, en plena actividad actualmente, y a estos terroristas del infierno.

Los cristianos tienen una Trinidad, es decir, tres dioses; sus antecesores, los judíos, se contentaron con uno solo. Esto aparte, los dos pueblos constituyen una civilización muy divertida. El Antiguo y el Nuevo Testamento son para ellos la fuente de toda sabiduría, y por eso es preciso leer de buen o mal grado estas santas escrituras si se desea ponerlos en ridículo.

Examinemos simplemente la historia de estas divinidades y veremos, desde luego, que suministra materiales suficientes para caracterizar al conjunto. He aquí, pues, la cosa expuesta sucinta y brevemente.

Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. Él se encontró desde luego en medio de la nada, lo cual debía de ser bastante triste para que el mismísimo Dios se aburriera de tal situación. Pero como que es una bagatela para un Dios esto de hacer los mundos de la nada, creó el cielo y la tierra como un charlatán sacude los huevos y las monedas en el interior de su manga. Más tarde se dedica a fabricar el sol, la luna y las estrellas. Ciertos herejes, a los cuales se conoce por astrónomos, han demostrado, hace ya muchísimo tiempo, que la tierra no es ni ha sido jamás el centro del universo; que no ha podido existir antes que el sol, alrededor del cual continuamente da vueltas. Estas gentes han demostrado que es una gran barbaridad esto de hablar de la creación del sol, de la luna y de las estrellas después de la tierra, como si ella, comparada con el sol, la luna y las estrellas, fuese alguna cosa especial y extraordinaria. Hace mucho tiempo que los niños que concurren a las escuelas saben que el sol es un astro, que la tierra es uno de sus satélites y que la luna, para así decirlo, no es más que un subsatélite; saben igualmente que la tierra, en comparación con el universo, está muy lejos de desempeñar un papel superior, antes por el contrario, no es más que un grano de polvo en el espacio. Pero ¿es tal vez que este Dios se dedica a la astronomía? Él hace esto y todavía más, y se burla de la ciencia y de la lógica. Es por esta razón por la que después de fabricar la tierra hizo la luz y, en seguida, el sol.

Un hotentote sabe perfectamente que sin el sol la luna no puede existir; pero Dios… por lo visto, no llega a concebir lo que sabe el hotentote.

Vayamos más al fondo de la cuestión. La creación andaba perfectamente; pero no había todavía vida en ella y, como el Creador deseaba divertirse, hizo al hombre. Solamente haciéndole, prescinde de uno de los aspectos particulares de su manera de proceder. En lugar de hacer esta creación por un simple mandato, se encuentra de sobra perplejo y, tomando un prosaico puñado de barro, modeló al hombre a su imagen y semejanza; luego sopló… y le dio un alma. Como que Dios es todopoderoso, bueno, justo, en una palabra, la complacencia y amabilidad en su esencia, vio en seguida que Adán (con ese nombre bautizó a su escultura de barro) si estaba solo se aburriría desmesuradamente y maldeciría su insoportable existencia; para evitarlo le fabricó entonces una joven, una encantadora Eva.

Seguramente la experiencia le habrá demostrado que lo de fabricar muñecos de barro era ya un trabajo muy impropio para un Dios; así pues, prescindió del barro y empleó otro método. Tal vez se dedicó a otros experimentos, pero debemos hacer constar que la Biblia no nos dice nada sobre este particular. La cuestión principal es que arrancó una costilla a Adán y la convirtió inmediatamente en una hermosa mujer; inmediatamente decimos, porque la velocidad en hacer las cosas no debe de ser un arte de brujería para un dios. Además, tampoco nos cuenta la Biblia si le causó dolor a Adán el que le arrancaran una costilla, ni si ésta fue sustituida posteriormente por otra, o si debió de contentarse con las que le quedaron después de la divina operación quirúrgica.

Las ciencias modernas han demostrado que tanto los animales como las plantas, formadas de un conjunto de simples células, han ido adquiriendo paulatinamente, durante el transcurso de millones de siglos, las formas que actualmente tienen.

Ellas han establecido, además, que el hombre no es más que el producto más perfecto de este larguísimo y continuo desenvolvimiento y que no solamente hace algunos millares de años que el hombre no hablaba todavía y se acercaba mucho al tipo animal, en la verdadera acepción de la palabra, sino que debe descender de los animales más inferiores de la escala zoológica, puesto que toda otra suposición es inadmisible. Partiendo de esta premisa, la historia natural nos hace considerar a Dios, cuando fabrica al hombre, como un charlatán ridículo; pero ¿para qué insistir en esto? Seguramente que esto que decimos no es del agrado de los corifeos de este Dios.

Que sus historias tengan o no un sello científico, no importa; es indispensable creer, si no sucede así, Dios os enviará a buscar por el diablo (su competidor), lo cual supongo que no debe de ser muy agradable, pues en el infierno reinan no solamente las lágrimas y los continuos rechinar de dientes, sino, lo que es peor todavía, quema el fuego eterno, un gusano insaciable os roe y la pez ardiente os envuelve en aquel antro.

Después un hombre sin cuerpo, es decir, un alma, será asada; su carne será tostada, sus dientes rechinarán todavía más, llorará sin ojos y respirará sin pulmones; los gusanos roerán sus huesos enterrados eternamente en la fosa y aspirará su nariz el olor sulfuroso… todo esto eternamente. ¡Maldita historia!

Fuera de esto, Dios, como dijo él mismo en su crónica, la Biblia, especie de autobiografía, es excesivamente caprichoso y ávido de venganza; en fin, un déspota de primer orden.

Apenas Adán y Eva fueron creados, ya fue ya preciso gobernar la raza humana; por esta causa, Dios emitió un código con esta prohibición categórica:

"No comeréis del fruto del árbol de la ciencia".

Desde entonces no ha existido ningún tirano, coronado o sin corona, que no haya lanzado, a su vez, esta prohibición a la faz de los pueblos.

Pero Adán y Eva desobedecieron esta orden y Dios los expulsó del paraíso, condenando a ellos y a sus descendientes para siempre a los más rudos trabajos. Además los derechos de Eva le fueron suprimidos y ella fue declarada sirvienta de Adán, a quien debía prestar obediencia.

La severidad de Dios hacia los hombres no sirvió de nada; al contrario, cuanto más aumentaba más le desobedecían. Se puede uno formar idea de la fuerza de su propaganda cuando se lee la historia de Caín y de Abel, hasta que Caín mató a su hermano. Caín se fue a un país extranjero y tomó mujer. El buen Dios no nos dice ni de dónde venía ni dónde estaba ese país, ni las mujeres que contenía, lo cual no debe asombrarnos si tenemos en cuenta que puede haberlo olvidado cuando estaba sobrecargado de trabajos de toda especie, o se dedicaba a arrancar costillas para hacer mujeres.

En fin, cuando la medida estuvo llena, Dios resolvió el exterminio de todo el género humano por medio del agua.

Solamente escogió una familia para hacer un último ensayo, y debemos hacer constar que anduvo con poco tino en la elección, a pesar de toda su sabiduría, puesto que Noé, el jefe de los supervivientes, se mostró prontamente como un gran calavera, divirtiéndose con sus hijos. ¡Qué podía salir de tal padre de familia!

El género humano se esparció de nuevo y produjo muchos "pobres pecadores". El buen Dios habría hecho bien haciendo estallar su divina cólera al ver que todos sus castigos ejemplares, como la destrucción de ciudades enteras, Sodoma y Gomorra, por el azufre y el fuego, no servían de escarmiento.

Entonces él ya había resuelto exterminar a toda esta canalla, cuando un acontecimiento de los más extraordinarios le hizo variar de intento; sin esto la humanidad ya habría desaparecido.

Un día se apareció cierto "Espíritu Santo" a una joven desposada. El escritor de la Biblia, es decir, Dios, dice que el Espíritu Santo es él mismo. Por consiguiente, en este momento se nos presenta Dios bajo dos formas diversas. Este Espíritu Santo tomó la forma de un pichón y se presentó a una mujer conocida con el nombre de María. En un momento de dulce transporte de gozo, el pichón "cubrió con su sombra" a la mujer y he aquí que ella puso en el mundo un hijo, sin que todo eso fuera en menoscabo de su virginidad. Hay que advertir que esta mujer era ya casada.

Dios, desde entonces, se llamó Dios padre, cuidándose muy bien de hacernos saber que él no tuvo más que un hijo, no solamente bajo la forma del Espíritu Santo, sino también por la parte del hijo. ¡Sublime consideración! El padre es su propio hijo, del mismo modo que el hijo es a la vez su padre, y los dos a la vez son el Espíritu Santo. Con este soberbio galimatías se forma la Santísima Trinidad.

¡Y mientras tanto, pobre cerebro humano, tente quieto, puesto que por el acto de pensar te podrías ganar inmensas penas! Nosotros sabemos por la Biblia que Dios padre había resuelto exterminar a todo el género humano, lo cual causó inmensa pena al Dios hijo. Entonces el hijo (que, como ya sabemos, es uno mismo con su padre), tomó todas las culpas sobre sí (el hijo, como ya sabemos, con el padre son una misma cosa), y para aplacar la cólera de su padre se hizo crucificar por aquellos mismos a los cuales quería salvar del exterminio proyectado por las iras paternas.

Este sacrificio del hijo (que es a la vez su padre) fue tan del agrado del padre, que publicó una amnistía general, la cual está todavía en vigor en los tiempos que corren.

Trataremos también del dogma de las recompensas y del castigo del hombre en el "otro mundo".

Hace ya muchísimo tiempo que está probado científicamente que no hay otra vida que la del cuerpo, y que el alma -lo que los charlatanes religiosos denominan alma- no es otra cosa que el órgano del pensamiento, el cerebro, el cual recibe las impresiones por los órganos de los sentidos y que, por lo tanto, el movimiento del cerebro debe cesar necesariamente con la muerte corporal. Pero los enemigos jurados del progreso y de la libertad humana prescinden de los resultados de los experimentos científicos, los que penetran asaz lentamente en el pueblo.

Es de este modo como predican la vida eterna del alma. ¡Infeliz de ella en el otro mundo si el cuerpo que la aprisionaba no ha seguido puntualmente en esta vida las leyes de Dios! Además, estos buenos sacerdotes nos lo aseguran; Dios, tan bondadoso, tan justo, tan magnánimo, se ocupa de los más mínimos pecadillos de cada uno y los registra en sus libros de actos (aquí, lo que admiro es el trabajo de comprobación y de contabilidad). Al lado de esto, ved el lado cómico de sus exigencias:

Mientras exige que los recién nacidos sean remojados con agua fría (bautizados) en honor suyo, con evidente peligro de que un resfriado los lleve a la tumba; mientras aprueba con gran placer que numerosas ovejas creyentes le canten sus letanías y que los más fanáticos de su partido le canten sin interrupción piadosísimos himnos solicitándole toda suerte de cosas, desde la más sencilla a la más imposible; mientras se mezcla con los guerreros sanguinarios haciéndose inciensar y adorar como "Dios de las batallas", se pone furioso cuando un católico come carne un viernes de cuaresma o no va regularmente a confesarse, y se irrita igualmente cuando un protestante es irreverente con los huesos de los santos, o con las imágenes y otras reliquias de la virgen casada que concibió a su hijo; o por si algún fiel deja de hacer su peregrinación anual con el espinazo doblado, las manos juntas y los ojos entornados hacia el cielo. Si un hombre muere "en pecado", el buen Dios le inflige una pena horrenda, al lado de la cual los azotes, todos los tormentos de las prisiones y destierros, todas las penas sentidas por los condenados a presidio y todos los suplicios inventados por los tiranos aparecen como un agradable entretenimiento. Este buen Dios supera en crueldad bestial a todo lo que pueda concebirse de más malvado sobre la tierra. Su cárcel se denomina infierno, su verdugo es el demonio y sus castigos duran eternamente.

Pero, por ligeras faltas, y a condición de que el delincuente muera católicamente, le concede el perdón de sus pecados mediante una condena más o menos larga en el "purgatorio", que se distingue del infierno como en Rusia se diferencia la cárcel del presidio.

El que está en cuarentena en dicho purgatorio no es transportado sino después de una residencia relativamente corta, disfrutando de una disciplina no muy despótica. Los supuestos "pecados mortales" no son castigados en el purgatorio; lo son en el infierno. Entre estos últimos es preciso incluir los blasfemos de palabras, en pensamiento y en escrito. Dios no tolera no sólo la libertad de prensa y de expresión, sino que impide y prescribe los pensamientos e ideas en ciernes que pudieran disgustarle.

Vencidos los déspotas de todos los países y de todos los tiempos, superados dichos tiranos por escogimiento y duración del castigo, este Dios, pues, es el monstruo más horroroso que uno pueda llegar a figurarse. Su conducta es aún más infame si se tiene en cuenta que en el mundo entero, toda la humanidad, tiene reguladas sus acciones por su divina providencia.

En consecuencia, él castiga las acciones de los hombres, de los cuales es el único inspirador. Los tiranos de la tierra de todos los tiempos, tanto pasados como presentes, son buenos y amables comparados con este monstruo. Pero si place a este Dios que alguien viva en su gracia, entonces le castiga antes y después de su muerte, puesto que el paraíso prometido es todavía más infernal que el infierno. No se tiene allá ninguna necesidad, antes al contrario, todos los deseos son satisfechos antes que la necesidad sea sentida.

Mas, como no puede haber ninguna satisfacción sin que haya deseo de algo, seguido del cumplimiento de éste, el cielo ha de ser bien monótono e insípido. Se está en el cielo eternamente ocupado en contemplar a Dios; se oyen siempre las mismas melodías tocadas con las mismas arpas; allí se canta continuamente el mismo cántico, que de tanto repetirse ha de hacer el efecto monótono del Mambrú se fue a la guerra. En fin, es la sosería y fastidio llegados al grado máximo. La estancia en una celda aislada, a nuestro modo de ver, sería preferible.

Nada de extraño hay en que los ricos y los poderosos se procuren el paraíso en la tierra y, burlándose del cielo digan, como el poeta Heine: Nosotros dejamos el paraíso a los ángeles y a los payasos.

Y, sin embargo, son justamente los ricos y los poderosos los que dan mayor brillo a la religión. Seguramente ésta forma parte de su oficio. Al mismo tiempo es una cuestión de vida o muerte para la clase explotadora, la burguesía, que el pueblo sea embrutecido por la religión; su poder aumenta o decrece según aumenta o disminuye la locura religiosa.

Cuanto más partidario de la religión es el hombre, más creyente es. Cuanto más cree, menos sabe. Cuanto menos sabe, es más bestia, y cuanto más bestia, más fácilmente se deja gobernar.

Esta lógica fue conocida por los tiranos de todos los tiempos y por eso hicieron alianza con el cura. Algunas divergencias ha habido entre estos enemigos de la libertad del género humano por recabar cada uno para sí la mayor suma del despotismo, pero no ha sido esto obstáculo para que vivieran unidos para embrutecer, oprimir y explotar el linaje humano.

Los curas saben perfectamente que su dominio sobre las conciencias se acabaría el día en que no le prestasen ayuda los tiranos y los ricos. Y los ricos y los poderosos no ignoran que su imperio desaparecería el día en que los curas no embruteciesen moral e intelectualmente a las multitudes. Todos los curas indistintamente, no importa la secta a que pertenezcan, han sembrado con feliz éxito en el seno de las masas la idea de que este mundo es un valle de lágrimas, le han infiltrado al mismo tiempo la idea de respetar y someterse a la autoridad, con la expectativa de una vida más feliz en el otro mundo.

Wendhorst, el jesuita por excelencia, dio a entender muy claramente, en el calor del debate parlamentario, lo que los fulleros y los charlatanes representan a este respecto. "Cuando la fe disminuye en el pueblo -dice- éste se da cuenta de que no puede soportar su miseria y se subleva". Esta frase fue clara y terminante, y debería hacer reflexionar mucho a los trabajadores. Pero ¡qué esperanza! ¡Hay tantos estúpidos, gracias a la ignorancia y al fanatismo, que oyen las cosas sin llegarlas jamás a comprender!

No es en vano que los curas, es decir, los sayones negros del despotismo, se vean obligados a emplear todo su poder para oponerse a la decadencia religiosa aunque, como se sabe ya, se ríen entre ellos y sus amigos de las necesidades y tonterías que van a predicar en pago de la buena remuneración que cobran.

Durante el curso de los siglos, estos relajadores de la inteligencia han gobernado a las masas por el terror, puesto que sin éste, hace muchísimo tiempo que la locura religiosa habría desaparecido. Los calabozos y las cadenas, el veneno y el puñal, el sable y la fuerza, el látigo y el asesinato, puestos en uso en nombre de su Dios y de su justicia, han sido los medios empleados para el sostenimiento de esta locura, lo cual será un negro borrón para la historia de la humanidad. ¡Cuántos millares de individuos han sido quemados en las hogueras de la Inquisición "en nombre de Dios" por haber osado poner en duda el contenido de la Biblia! ¡Cuántos millones de hombres se vieron obligados durante las guerras a matarse entre ellos, a devastar comarcas enteras, dejando luego como rastro la miseria y la peste, después de haber robado e incendiado, para sostener la religión! Los suplicios más refinados fueron inventados por los curas y sus secuaces para mantener el temor de Dios en los que no tenían temor de ninguna clase.

Llamamos criminal al que intenta destruir a un semejante. ¿Cómo llamaremos, pues, a los que atrofian el cerebro de los demás y cuando no se dejan embrutecer los destruyen por el hierro y el fuego, y con la crueldad refinada con que lo hacía la Inquisición?

Es bien cierto que estos malvados no pueden hoy día entregarse a sus innobles instintos de destrucción como otras veces, pero hoy todavía abundan los procesos por blasfemia. En cambio, ellos saben, mientras tanto, introducirse dentro del seno de las familias y embaucar a las mujeres y a los niños, y acaparar y abusar de la enseñanza que se da en las escuelas. Su hipocresía va más en aumento que en disminución. Ellos se apoderaron de la prensa cuando se dieron cuenta de que les era imposible destruir la imprenta.

Hay un antiguo proverbio que dice: "Donde un cura pone el pie, tarda diez años en crecer la hierba", lo cual significa que cuando un hombre se halla bajo el dominio de un cura, su cerebro ha perdido la facultad de pensar, los engranajes de su inteligencia son inservibles y las arañas tejen espesas telas. Entonces el hombre parece un carnero que es presa del vértigo. Estos desgraciados han perdido lo más hermoso de la vida, y lo que es peor todavía, estos infelices son los que forman la masa de los contrarios a la ciencia y la luz, a la revolución y la libertad. Se les encuentra siempre a punto, a causa de su obtusa bestialidad, de ayudar a los que quieren forjar nuevas cadenas para la humanidad y trabajar con los que ponen obstáculos para el progreso cada vez más creciente de la especie humana.

Cuando alguien intenta curar estas enfermedades, no sólo realiza una hermosa obra consigo mismo, sino que contribuye a curar un horroroso cáncer que corroe las entrañas del pueblo, y que ha de ser total y radicalmente destruido si queremos que brille el día en que el hombre sea libre, en vez de ser juguete de los dioses y de los diablos, como ha venido sucediendo hasta el presente.

Por consiguiente, arranquemos de los cerebros las ideas religiosas, y abominemos de los curas. Estos dicen que "el fin justifica los medios". ¡Bien, muy bien! Nuestro deber es desenmascararlos y presentarlos tales como son.

Nuestro objeto es librar a la humanidad de toda clase de esclavitud, es emanciparla del yugo, de la servidumbre y de la tiranía política y económica, y para lograr todo esto se ha de sacudir antes el yugo tenebroso de las supersticiones y las creencias religiosas. Todos los medios que tengamos al alcance debemos emplearlos para conseguir este gran fin, reconocido como justo por todos los amigos de la humanidad, y debe ser puesto en práctica en las ocasiones propicias.

Todo hombre emancipado de la religión comete una falta en sus deberes cuando no hace siempre todo lo que puede para destruir la religión. Todo hombre libre de la "fe" que descuida combatir a los cuervos (curas) es un traidor a su partido.

Propaguemos contra los corruptores y alumbremos a las ovejas que les siguen. No desdeñemos arma de ninguna clase en su contra. Desde la burla más acerba hasta la discusión científica, y si estas armas no producen todo su efecto, empleemos argumentos más decisivos.

Que no se dejen pasar sin poner de manifiesto todas las alusiones a Dios y a la religión que se hagan en las asambleas, en donde sean discutidos los intereses del pueblo. Del mismo modo que el principio de autoridad y su sanción armada, el Estado, no puede encontrar gracia entre los partidarios de la revolución social -lo que está fuera de nuestro campo es naturalmente reaccionario- del mismo modo que la religión, o lo que la representa, no tiene ni puede tener lugar entre nosotros.

Téngase bien en cuenta que todos aquellos que quieren meter su charlatanería religiosa entre las opiniones de los trabajadores, por más que se presenten bajo el aspecto de la mayor respetabilidad y hombría de bien, son peligrosos personajes. Todos los que predican la religión, cualquiera que sea su forma, no pueden ser más que bobos o pícaros. Estas dos clases de individuos no sirven absolutamente para nada para el progreso de nuestras ideas. Éstas, para su realización, precisan de hombres sinceros y convencidos.

La política oportunista en este caso, es no sólo perjuicio, sino un crimen. Si los trabajadores permiten a un cura mezclarse en sus asuntos, no sólo se verán engañados, sino también traicionados y vendidos.

Mientras tanto es lógico que el pueblo dirija sus principales esfuerzos a combatir el capitalismo que le ex y al Estado que le subyuga por la fuerza, pero es necesario también que no se olvide de la Iglesia. Hace falta que la religión sea destruida sistemáticamente, si se quiere que el pueblo venga a razón, puesto que sin esto no podría jamás conquistar su libertad.

Vamos a proponer algunas cuestiones para los que siendo tontos, mejor dicho, embrutecidos por la religión, tengan ganas de corregirse. Por ejemplo:

Si Dios quiere que se le conozca, que se le tema y que se le crea ¿por qué no se presenta?

Si es tan bueno y justo como dicen los curas, ¿qué razón hay para temerle?

Si él lo sabe todo, ¿qué necesidad hay de molestarle con nuestras plegarias y con nuestros asuntos particulares?

Si Dios está en todas partes ¿para qué fin se levantan las iglesias?

Si Dios es justo ¿para qué pensar en castigar a los hombres que él mismo ha creado cargados de debilidades?

Si los hombres sólo hacen el bien por una gracia particular de Dios, ¿qué razón hay para que éste les recompense?

Si es todopoderoso, ¿cómo permite que se blasfeme?

Si él es inconcebible e imponderable ¿por qué permite que nos ocupemos de él?

Si el conocimiento de Dios es necesario ¿por qué razón es un misterio?

Y así podríamos seguir hasta llenar extensos volúmenes. La verdad es que ante tales cuestiones el creyente de buena fe se queda sin saber qué contestar, y el hombre que piensa debe demostrarle que no existe necesidad de la divinidad. Un Dios fuera de la naturaleza no es de ninguna utilidad cuando se conocen las leyes y las relaciones armónicas y variadas de la naturaleza. Y su valor moral no es menos nulo que el material.

No existe ningún país gobernado por cualquier soberano donde su manera de proceder no acarree el desorden y la confusión en el espíritu de sus vasallos. Ellos quieren ser conocidos, estimados, honrados, y el todo contribuye a embrollar las ideas que se pueden formar a su respecto. Los individuos sometidos a la dependencia y a las leyes de la divinidad no tienen, respecto al carácter y a las leyes de su soberano, otras ideas que las que les suministran los charlatanes religiosos, y éstos, a su vez, han de confesar que no se pueden formar ninguna idea clara de su amo, puesto que su voluntad es impenetrable; sus miradas e ideas son inaccesibles; sus lacayos no han llegado jamás a ponerse de acuerdo respecto a las leyes que debían dar de su parte, y ellos las anuncian de una manera diferente dentro de varias comarcas de cada país. Lo cual da por resultado inmediato que se peleen continuamente y se acusen de embusteros.

Los edictos y las leyes que sensatamente promulgan no son más que un puro embrollamiento; son juegos de palabras que no pueden llegar a ser comprendidas por los individuos que deben hacer de ellas su educación y su bandera. Las leyes de este tirano invisible necesitan ser aclaradas y sucede siempre que los mismos que las explican no logran jamás ponerse de acuerdo; todo lo que saben explicar de este tirano invisible es un caos de contradicciones, de manera que no dicen una palabra que no sea o bien una calumnia o bien una mentira.

Se le llama infinitamente bueno y mientras tanto no hay nadie que maldiga sus decretos.

Se le llama infinitamente sabio y sucede que su administración está organizada al revés de los que dicen la razón y el buen sentido. Se glorifica su justicia, y los actos que más se le glorifican sólo son feroces venganzas. Se asegura que lo ve todo, y sin embargo, todo está en el más espantoso desorden. ¿Y por qué, viéndolo todo, permite confusión tanta entre sus lacayos y tantas infamias como a diario cometen? Además, lo hace todo por sí mismo y así ocurre que los acontecimientos se suceden todos perfectamente al contrario de los planes que se le atribuyen, lo cual dice muy poco a favor de su omnisciencia (facultad de verlo y de saberlo todo; de "omnia", que quiere decir todo y "sciencia", conocimiento positivo), y más aún de su facultad de ver lo que sucederá mañana. Y, finalmente, no se deja ofender en vano y se ve obligado a sufrir, sin enojo, las ofensas que a cada cual le viene en gana dirigirle.

Se admira su saber y la protección de sus obras, y sin embargo, sus obras son imperfectas y de corta duración. Y crea, destruye y corrige sin llegar jamás a estar satisfecho de sus obras, no buscando en sus empresas más que su propia gloria, sin aguardar el objeto de ser alabado en todo y por todo. Él trabaja para el bienestar y la felicidad de los mortales, y a la mayor parte nos hace falta lo más necesario. Los que él parece favorecer son, precisamente, los más descontentos de su suerte, y se les ve a menudo sublevarse contra un amo del cual admiran la grandeza, alaban la sabiduría, honran la bondad, temen la justicia y cuyos mandamientos santifican sin cumplirlos jamás.

Este reino es el mundo; este soberano es Dios; sus lacayos son los curas; los hombres son sus esclavos. ¡Hermoso país! El Dios de los cristianos, especialmente, es un Dios que, como ya lo hemos visto, hace las promesas sólo por el gusto de no cumplirlas; envía las pestes y las enfermedades a los hombres para curarlos; un Dios que creó a los hombres a su imagen y que no quiere responsabilidad del mal que él mismo creó; que vio que todas sus obras eran buenas, y luego se dio cuenta de que no valían nada; que sabía de antemano que Adán y Eva comerían del fruto prohibido y no supo evitarlo, por lo cual castigó luego al género humano, un Dios débil que se deja engañar por el diablo, y tan cruel que ningún tirano de la tierra puede comparársele. Tal es el Dios de la mitología judaico-cristiana.

El que crea a los hombres perfectos sin advertir a los que no lo son; el que creó al diablo, sin conseguir dominarlo, es un pastelero, que la religión califica de extraordinariamente sabio; por ella es omnipotente y soberanamente justo, y castiga a millones de inocentes por las faltas de uno solo; que exterminó por medio del diluvio a toda la raza humana, excepción hecha de unos cuantos que constituyeron otra raza peor todavía que la destruida, y que creó el cielo para los tontos de capirote y un infierno para que allí ardieran los sabios que no creen en él.

Es el que se creó él mismo por medio del Espíritu Santo; que se envió como mediador entre él mismo y los otros, quien despreciado y burlado por sus enemigos, se dejó clavar en la cruz como un malhechor cualquiera en la cúspide de una montaña; que se dejó enterrar y resucitó después de muerto y que bajó a los infiernos, y luego subió al cielo, donde está sentado a la derecha de sí mismo para juzgar a los vivos y a los muertos cuando ya no haya más vivos… En fin, el que ha hecho todo esto no es más que un charlatán divino. Es un espantoso tirano cuya horrorosa historia debe ser escrita en letras de sangre, pues ella es la religión y es terror. Lejos, pues, de nosotros, esta horripilante mitología. Abominemos de este Dios de una fe sangrienta y terrorista, inventado por los curas, los cuales, sin su cinismo y ambición no hubieran alcanzado nadar en la abundancia, y no predicarían por más tiempo la humildad de los que han sabido esconder su orgullo con la máscara de la hipocresía. Lejos de nosotros esta cruel trinidad compuesta de padre asesino, de hijo concebido y dado a luz contra natura y de Espíritu Santo sensual que se dedica a hacer concebir hijos a mujeres casadas. Lejos de nosotros todos estos fantoches deshonrosos, en nombre de los cuales se quiere rebajar a la humanidad al nivel de miserables esclavos y que nos quieren mandar, en toda la potencia del embuste, de las penas de esta tierra a las inefables delicias del cielo. Lejos de nosotros todos aquellos que con su demencia religiosa son un estorbo para el bienestar y la libertad… Dios no es otra cosa que un fantasma inventado por el charlatanismo de unos cuantos malvados refinados, los cuales han torturado y tiranizado a la humanidad hasta el presente.

Afortunadamente, este fantasma va desapareciendo a medida que es examinado por la razón a la luz de la ciencia, y las masas desengañadas, después de haberse emancipado de tales aberraciones, arrojan indignadas a la faz de los curas, esta estrofa del poeta: Seas maldito Dios a quien hemos rogado durante el frío del invierno y los tormentos del hambre; pues en vano te hemos esperado largo tiempo y nos has escarnecido, engañado y manteado.

Esperamos que el pueblo no se dejará burlar y mantear más, y que pronto llegará el día en el que los santos y los crucifijos serán convertidos en astillas para encender el fuego en las cocinas, los cálices y joyas convertidos en utensilios de utilidad general, las iglesias convertidas en salones de conciertos, teatros y locales para asambleas, y en el caso de que no pudieran servir para este objeto, en graneros o cuadras para caballos. Y esto sucederá forzosamente cuando el pueblo esté ya cansado de soportar tanta maldad e infamia. Esta manera de proceder, sencilla y eficaz será, naturalmente, la que producirá la revolución social y acabará, a la par que con los curas y sus mentiras, con los príncipes y burócratas y sus privilegios, y con los burgueses y su inicua explotación.

El día en que el pueblo consiga barrer a Dios y a sus lacayos, a los gobiernos y a sus sayones y a los burgueses y a sus perros, ese día será libre y podrá ocupar el puesto que le corresponde en la sociedad y en la naturaleza.

Johann Most

lunes, 19 de julio de 2021

La lucha de clases y el anarquismo


El concepto de la lucha de clases


Marx es, sin duda, uno de los grandes pensadores contemporáneos; su concepto de la "lucha de clases" fue también asumido por el anarquismo, al fin y al cabo una corriente socialista en origen. Sin embargo, bien entrado el siglo XXI, son las ideas anarquistas las que cobran auténtica vigencia y constante renovación al no subordinarse a condiciones objetivas, ni a ninguna suerte de teleología, y dar importancia a la libertad y la actividad de los seres humanos.

La expresión "materialismo dialéctico" fue acuñada por Plejanov (abreviada con el termino Diamat), tantas veces identificada con el marxismo, aunque los expertos aseguran que las diferentes variedades del marxismo hacen esa identificación poco afortunada. A pesar de ello, hay que recordar varias cosas de Marx: que fue un materialista opuesto al materialismo mecanicista; que en su pensamiento hay una fuerte impronta dialéctica, y que acabó confirmando una de las leyes dialécticas, el paso de la cantidad a la cualidad, según el modelo de la Lógica de Hegel. Según Ferrater Mora, Marx es identificable con el "materialismo histórico", noción que veremos más adelante.

La formulación del materialismo dialéctico se encuentra en Engels, siempre en la línea de Marx y tratando de aportar y completar su pensamiento, la cual se incorporó al "marxismo ortodoxo" y a la denominada "filosofía soviética". No obstante, hay que aclarar que es posible sostener el materialismo dialéctico fuera de la ortodoxía marxista, bien para apartarse del marxismo-leninismo o para hacerlo de la razón analítica y positiva (en otras palabras, dejando a un lado la causalidad y primando la dialéctica).

Las intenciones de Engels fueron a apoyarse en Hegel para dar lugar a una "filosofía de la naturaleza" que superara el materialismo mecanicista, tan propia de las interpretaciones filosóficas de la ciencia en el siglo XIX. El modelo mecánico sería demasiado superficial para Engels, no tiene en cuenta el nuevo desarrollo científico (como el de la evolución de las especies), y tampoco el carácter práctico del conocimiento y la cuestión de que las ciencias están vinculadas a las condiciones sociales y al hecho posible de revolucionar la sociedad.

Si el materialismo mecanicista se basa en la idea de que el mundo está compuesto de cosas, de partículas materiales combinadas entre sí de un modo inerte, el materialismo dialéctico dice que los fenómenos materiales son procesos. Hegel diría que esos procesos naturales son manifestaciones del "Espíritu", pero lo que se coloca ahora en la misma base de esos procesos es la materia en cuanto que se desarrolla dialécticamente. Son tres las grandes leyes dialécticas de la naturaleza: ley del paso de la cantidad a la cualidad, ley de la interpenetración de los contrarios (u opuestos) y ley de la negación de la negación (según la cual, un germen da lugar a una flor, la cual acaba muriendo y produciendo otro germen que florecerá). Para Engels, negar que existen contradicciones en la naturaleza es caer en la "metafísica", el movimiento mismo supone estar lleno de contradicciones y los cambios no pueden explicarse sin esa lucha entre opuestos. El carácter de lucha y oposición de contrarios es universal, se manifiesta tanto en la sociedad y en la naturaleza como en la matemática.

Después de Engels, otros autores sostuvieron el materialismo dialéctico modificándolo de alguna manera. Lenin, iniciador del marxismo-leninismo, insistirá menos en el concepto de "materia" como realidad sometida a cambios según los procesos dialécticos. La posición del ruso supone huir del idealismo y del fenomenismo, defendiendo para ello un realismo materialista, aunque insistiendo en el aspecto dialéctico. Lenin equiparará la realidad material con el mundo real "externo" reflejado por la conciencia, la cual copia este mundo mediante las percepciones; estas, serán una especie de "reflejos" de la realidad material misma, lo cual no quiere decir que las percepciones describan el mundo físico tal como es. El verdadero conocimiento es el conocimiento científico, y la percepción no es incompatible con ese conocimiento. Según el ruso, el materialismo dialéctico, así como la epistemología realista y científica propia de él, constituyen la doctrina para la lucha a favor del comunismo; si se puede equiparar con una ideología el materialismo dialéctico, será la "teoría verdadera" que dará lugar a una sociedad sin clases.

En cuanto al materialismo histórico (Hismat, de nuevo según Plejanov), sí puede considerarse característico del pensamiento de Marx. Según no poco autores, es posible sostener el materialismo histórico sin apoyarse en el dialéctico. En cambio, a la inversa resulta francamente difícil. Tampoco parece fácil dejar al margen a Engels de la elaboración del materialismo histórico, aunque habitualmente se vincule con Marx y con el marxismo. Una de las ideas principales es la de transformar el mundo material por medio del trabajo. En la sociedad capitalista, el trabajador enajena su trabajo al convertirse en un producto de compra y venta. La causa de ello está en los modos y relaciones de producción, y entender éstos supone hacerlo también de la formación de las sociedades. La historia de los hombres, como historia de las sociedades, se entiende entonces tomando como base el mundo material y lo que realizan los seres humanos con él; los cambios en las condiciones materiales de existencia son, así, el fundamento de los cambios sociales e históricos. El resto de actividades humanas y sus consecuencias (Estados, leyes, cultura...) se hallan subordinados a los modos de producción.

La verdadera preocupación de Marx está, no tanto en la naturaleza humana (que sería una abstracción), sino en lo que esta hace con el mundo (realidad concreta, que cambia y evoluciona). Se trata de comprender los mecanismos de la formación de las sociedades y los cambios que se operan en ellas, los cuáles son de naturaleza dialéctica al producirse en las sociedades conflictos que se resuelven gracias a transformaciones en la estructura. Se trata de una dialéctica "real" que permite comprender que en la historia, al producirse la "lucha de clases", existen negaciones de una clase por otra. Una clase dominante, impulsora de los modos de producción, cae víctima de una serie de tensiones y contradicciones intrínsecas, cediendo su lugar a una clase desposeída que asume el mando de los modos de producción. En cualquier caso, creo que puede decirse que esta situación no se produce de manera mecánica ni, totalmente, gracias a unas condiciones objetivas. Es necesaria la voluntad humana, la actividad revolucionaria de la clase desposeída para acabar con los privilegios de clase; en caso contrario, la historia parece estancarse.

Una de las cosas rechazables en Marx, es la subordinación que realiza de la acción humana a unas determinadas condiciones objetivas, para él las relaciones de producción se definen de manera independiente a la voluntad del hombre. Para el marxismo, "el modo de producción en la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales de la vida". Ello ha supuesto que numerosos autores afirmen que, según el materialismo histórico, la economía constituya la base de la historia y de todas sus estructuras. No obstante, no hay una subordinación de todos los sectores sociales a uno solo, lo que ocurre es que en todas la actividades humanas están presentes los modos y relaciones de producción material. El materialismo histórico trata de proporcionar una explicación concreta de la formas básicas de las estructuras sociales humanas, y de las condiciones y leyes que rigen sus cambios en el curso de la historia.

A pesar de que Bakunin (padre del anarquismo moderno, con permiso de Proudhon) adoptó, en gran medida, la concepción materialista de la historia y aunque el objetivo para el anarquismo es también una sociedad sin clases (una de las características obvias de una sociedad antiautoritaria), la visión ácrata se aparta inevitablemente, casi desde su origen, de Marx y sus herederos. No hablamos esta vez de diferentes medios sociales y políticos para lograr un fin, la simple idea de una voluntad subordinada y víctima de unas leyes de la historia resulta, creo que cualquier anarquista estará de acuerdo, odiosa a un espíritu libertario.

La lucha de clases está en gran medida asumida, y no solo por las ideas anarquistas, pero el enriquecimiento de estas se produce con factores que corresponden al plano de la actividad humana: el apoyo mutuo como importante factor evolutivo, la solidaridad como indispensable presencia social, la libertad como muestra de dignidad humana... El deseo de acabar con toda institución coercitiva, que obstaculice el desenvolvimiento de una sociedad libre, hace que no puedan verse unas simples condiciones objetivas (aunque la idea antiautoritaria constituye, en sí misma, un atractivo motor de evolución social), se entiende que la libre experimentación en las relaciones económicas es uno de los factores importantes para los objetivos. Para el anarquismo, es mi opinión, es la acción humana frente a toda resistencia autoritaria, algo propiciado por la voluntad, conciencia y deseo de las personas, un elemento indispensable para el cambio social.

La lucha de clases hoy y el anarquismo

¿Qué podemos decir hoy sobre la lucha de clases? La propia aclaración, por parte de algunos anarquistas, de que ellos sí están a favor de la lucha de clases es una invitación ya al debate, siempre saludable desde la perspectiva libertaria.

Desde sus orígenes, el anarquismo se ha opuesto a la sociedad de clases, y ha combatido cualquier forma de alienación y explotación; es así, por ser una variedad del socialismo, que confía plenamente en la libertad y espontaneidad de las personas, lo que le diferencia de otras corrientes. La cuestión es si esta visión tradicional sobre la explotación y la lucha de clases se ha visto tan influenciada por el marxismo, y su visión de que los trabajadores se vuelven inevitablemente revolucionarios, que hoy es un obstáculo primordial para la transformación social. El anarquismo no se limitó nunca a señalar solo la explotación económica, por lo que el antagonismo de clase bien se podría sustituir (o, mejor, extender) a la lucha por acabar con la dominación. Es cierto que este análisis, tal vez demasiado elemental, lo realiza a priori la mayor parte de los anarquistas, pero bien merece la pena insistir en ello una vez más.

Nos gustan demasiado las etiquetas, y los apelativos que acompañen a la palabra anarquista, por lo que tratemos de observar el asunto desde una perspectiva amplia. Cuando se realiza esta crítica, no estamos diciendo que la clase trabajadora hoy, bien entrado el siglo XXI y en lo que algunas llaman sociedad posmoderna y posindustrial, ya no existe. Sería una soberana estupidez afirmar tal cosa, lo mismo que asegurar que el poder tampoco; no existe el poder al modo tradicional, al menos no de una manera obvia, ya que ha sufrido su propia evolución integrando en él a las personas (el Estado "democrático" es eso). Lo mismo ocurre con el capitalismo y con la clase trabajadora, o más concretamente con el proletariado; ha habido muchos cambios, económicos y sociopolíticos, desde esa visión socialista que consideraba que sería el sujeto protagonista de la revolución. Insistiremos en que el anarquismo marcó la diferencia, pero es posible que gran parte de él sí se viera influenciado por esa visión. Seguir pensando que los trabajadores, los explotados, en su antagonismo de clase pueden acabar generando una conciencia revolucionaria (y, más importante, libertaria) resulta hoy ingenuo.

El anarcosindicalismo, o el sindicalismo revolucionario, parece hoy más una idea romántica que una posibilidad material con algo de futuro. Por supuesto, no decimos que no sea muy loable la existencia de sindicatos independientes y combativos, a diferencia de los directamente integrados en el Estado, pero sencillamente hay que cuestionar si ello es la vía para trabajar por la sociedad libertaría. Estaremos de acuerdo, al menos, en que no puede ser la única vía. Por ello, los cambios hoy para el modelo organizativo hacen que existan ciertas redes difusas en un nuevo escenario sociopolítico y tecnológico. No obstante, hay anarquistas, muy influenciados por el anarquismo clásico, que continúan insistiendo en esa perspectiva obrera para realizar el cambio social, ya que son los trabajadores los que más sufren la explotación capitalista y los más interesados en acabar con ella (algo que, por otra parte, afirma cualquier socialista revolucionario). Otros, aseguran que los sindicatos, incluso los más combativos, incluyendo los que enarbolan banderas anarquistas y tienen en su programa la autogestión económica, acaban siendo en definitiva mediadores entre el Trabajo y el Capital, por lo que entran en el juego del sistema.

El propio concepto de "lucha de clases", el protagonista de este texto, está tan contaminado por la visión marxista (aunque ya existiera con anterioridad a Marx) que es también digno de reflexión. Los anarquistas, creemos que estarán de acuerdo todos, están obligados a combatir la opresión en cualquiera de sus formas; ello, al margen de que la misma tenga una obvia connotación de clase o se produzca en otros ámbitos. Los estudiantes, por ejemplo, no integrados todavía en el mercado de trabajo, resultan una magnífica esperanza para combatir toda forma de dominación e ir perfilando un horizonte libertario. No es casualidad que el Mayo francés constituyera, creemos posible llamarlo así, un cierto cambio de paradigma para las ideas libertarias. Lo que es evidente es que el mundo del siglo XXI es ya muy diferente del de hace décadas, por lo que los anarquistas estamos obligados a analizar y buscar respuestas ante los nuevos escenarios. La lucha de clases tradicional, junto a otros valores originarios de la modernidad (donde el socialismo fue importante, pero no olvidemos que es el capitalismo es el sistema que se ha ido consolidando, por lo que es inevitable asociarlo a esta época), como la razón y el progreso, son bellos ideales que no pueden, de ninguna manera, ser rechazados sin más. Lo que se critica es su subordinación a un sistema que continúa siendo jerarquizado y explotador, si bien con la capacidad de integrar y colonizar la conciencias de gran parte de las personas (incluyendo las de los mayores explotados).

La sociedad autoritaria ha demostrado una gran habilidad para integrar las nuevas luchas; las que se desarrollan en la actualidad, subversivas, solidarias, horizontales y con el horizonte de la autogestión, también deben cuidar su independencia para no contribuir a asentar nuevos mecanismos de dominación. Una de las grandes características de las organizaciones anarquistas es que, en su seno, llevan ya la sociedad que les gustaría vivir; esta sociedad, por supuesto, se caracteriza por la la inexistencia de explotación ni dominación (una sociedad sin clases). Otro rasgo de los múltiples proyectos locales anarquistas, es la ausencia de una visión rígida y sistematizada sobre las ideas y la sociedad. Es por eso que una visión inmovilista sobre la lucha de clases no es tampoco asumible y parece propia de organizaciones de masas, al estilo de la CNT de antaño, que hoy parece sencillamente imposible. La lucha de clases, vista de esa forma, como en otras corrientes socialistas como el marxismo, parece suponer una desesperada respuesta a los problemas sociales y económicos, un factor que acabaría empujando a la deseada sociedad sin explotadores ni explotados. La realidad es algo más compleja, por lo que merece la pena extender nuestro trabajo por una sociedad libertaria a otros ámbitos.

Capi Vidal

http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com.es/


miércoles, 16 de junio de 2021

Comunicado del Ateneo Libertario Carabanchel Latina en solidaridad con la Fundación Anselmo Lorenzo


El fin de semana del 12 y 13 de junio ha sido atacada, sin demasiadas consecuencias, la sede de la Fundación Anselmo Lorenzo en Madrid. Han pintado e intentado romper los cristales, abrir el cierre de la puerta y entrar en el interior del local. Esta deleznable agresión de corte fascista, a un centro de la Cultura libertaria, lo es a su vez para todas las organizaciones, colectivos, grupos y proyectos que operan en el espectro libertario.

Hoy como ayer, en un crecimiento exponencial de la extrema derecha, debemos estar preparados para dar la respuesta colectiva adecuada a su forma de entender el mundo y las relaciones de dominación.

El Ateneo Libertario Carabanchel Latina se solidariza fraternalmente con la FAL, y apoya cualquier iniciativa dirigida a denunciar, condenar y defender no solo nuestros espacios, tan duramente construidos, sino cualquier otro que pueda ser invadido o violentado por la irracionalidad, el oscurantismo y la violencia de la peste parda.

No podemos permanecer impasibles ante este tipo de actos que de tan repetidos comienzan a ser cotidianos.

Conocemos bien lo que nos jugamos si fracasamos. Nuestras herramientas de combate son nuestras ideas de justicia social, de progreso y de libertad, la organización desde abajo, el apoyo mutuo y la autodefensa.

Aprovechemos este desgraciado suceso para trabajar en pro de mejorar nuestra coordinación con los colectivos afines y constituir un movimiento libertario, en todos los ámbitos, fuerte y determinado a transformar la sociedad.

¡Ninguna agresión fascista sin respuesta!

¡Organízate y lucha!

ATENEO LIBERTARIO CARABANCHEL LATINA

lunes, 17 de mayo de 2021

Escritos de Kropotkin sobre la Revolución Rusa de 1905 y sus consecuencias

Introducción

El Imperio Ruso, liderado por el Zar Nicolás II Romanov, saludó al siglo XX con una aguda depresión económica, que tuvo efectos catastróficos sobre la industria hasta entonces en irrefrenable expansión, y sobre las comunidades campesinas, a las cuales dislocó de manera muy dolorosa. El hambre, la desesperación, la miseria, hicieron presa de la población, estallando importantes revueltas campesinas en 1902 (las cuales fueron brutalmente reprimidas), una serie de huelgas entre 1903 (la cual abarcó toda Ucrania y el sur de Rusia) y 1904, coincidiendo todo este período con agitación estudiantil y étnico-nacional, en las regiones subyugadas al Imperio (Polonia, Finlandia, regiones bálticas, Armenia, etc.). También se produjeron en este período algunos casos puntuales de atentados a funcionarios de la autocracia. Negras tormentas se agitaban en el cielo ruso, cuando en Febrero de 1904 estalla la Guerra Ruso-Japonesa, la cual agravó la crisis y arrastró al Imperio a una serie de humillantes derrotas militares.


En Diciembre de 1904 estalló una Huelga en la emblemática fábrica de maquinaria Putilov, bastión de la organización obrera en San Petersburgo e importante complejo industrial vinculado a la guerra, huelga que rápidamente se propagó por toda la capital, arrastrando a casi cien mil obreros a una huelga espontánea. Finalmente, en Enero de 1905, el Pope Gapón, que lideraba una asociación obrera patrocinada por el Estado y ligada a la policía política del Zar (Okhrana) condujo, como corderos al matadero, a miles de obreros hacia el Palacio de Invierno para que el “padrecito Zar” escuchara el pliego de los obreros: algunas medidas para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y de los pobres, junto a algunas reformas de carácter democrático liberal. También pedían el término de la guerra. Mientras cargaban estandartes religiosos y entonaban canciones de carácter religioso y patriótico, aparte de alabar la figura del Zar, los cosacos les cerraron el paso. Cuando intentaron avanzar para alcanzar el Palacio de Invierno, la orden fue implacable: disparar a matar. Alrededor de 1.000 personas murieron en la lluvia de balas, aquella fatídica jornada que sería recordada como el “Domingo Sangriento” y la cual cercenó por siempre el vínculo afectivo del pueblo ruso hacia el “padrecito Zar”. 

Esa masacre fue la señal para el inicio de la llamada “Revolución de 1905”, momento crucial en la maduración de la conciencia revolucionaria del proletariado y del campesinado ruso, que en poco más de una década, germinaría con el proceso revolucionario de 1917. Después de la masacre, se masificaron las huelgas (alcanzando a más de medio millón de obreros huelguistas en al menos 122 centros poblados), los ataques contra los funcionarios del Zar, los motines de soldados (el amotinamiento del Potemkin, el de Novaia-Alexandria, Kronstadt, etc.), amen de un sinnúmero de levantamientos campesinos y regionales devastadores, entre ellos una gran insurrección en Polonia y masivas insurrecciones en las regiones bálticas. En Octubre se lanza una gran huelga general, y es en ese momento en donde efectivamente nace el Soviet (Concejo) de San Petersburgo que aglutinaría a 200.000 obreros, a través de unos 500 “diputados”, como una iniciativa ampliamente espontánea de las masas[1]. Su vida es corta y, tras un fracasado llamado a una huelga general en Noviembre, en Diciembre ya ha desaparecido. Pero el modelo de organización de los trabajadores que sería tan importante para la futura revolución, ya había sido ensayado. 

Ante la presión de las masas, en Octubre, el Zar se vio forzado a firmar el “Manifiesto de Octubre”, en el que se prometían ciertas reformas tendientes a liberalizar tímidamente al Estado. Se introducía el sufragio universal, se permitían la creación de partidos políticos y se creaba la Duma, el cuerpo legislativo del Estado. Estas reformas sirvieron para liberar las tensiones y restar fuerza al movimiento de masas. Pero a la zanahoria siguió el garrote, y tras las concesiones que aflojaron la presión popular, vinieron los pogromos, la represión al por mayor en contra de los focos de resistencia, que se terminaron de “pacificar” en Diciembre de 1905, con un baño de sangre durante la huelga general de Moscú, con lo cual el ciclo revolucionario se cierra a fin de año con unos 15.000 muertos. Y a esta represión indiscriminada, siguió, tras el reflujo del movimiento de masas, la represión selectiva en contra de los elementos revolucionarios, a los cuales se les aplicaba sumariamente la horca, llamada no sin cierta dosis de humor macabro, la “Corbata de Stolypin”, en honor al infame Primer Ministro del Zar, Pyotr Stolypin, en el período de Mayo de 1906 a 1911, fecha en que cae asesinado. Esta represión brutal conlleva al auge de prácticas terroristas que aumentan explosivamente desde 1906, cobrando la vida de miles de funcionarios del Zar y miembros de la autocracia, y también terminando con la vida de miles de revolucionarios por la espiral retaliatoria del zarismo.

Paralelo a esto, se creó la Duma, el órgano legislativo del Estado, el cual fue en dos ocasiones disuelto por órden de Stolypin (en 1906 y 1907), demostrando los límites que enfrentaba la introducción de la más tibia reforma liberal, para ser recreado después como un órgano extraordinariamente limitado y servil a los intereses de la autocracia. Con el úcase de Junio de 1907, que disuelve la Segunda Duma, se cierra el ciclo reformista abierto en 1907 en paralelo al ciclo revolucionario ahogado en sangre en Moscú en Diciembre de 1905.

Este es el contexto para entender los siguientes artículos de Kropotkin sobre la Revolución Rusa de 1905 y sus consecuencias, los cuales fueron escritos en Londres en el período 1906-1909, período de profunda reacción y de severa represión, los cuales, pese a todo, reflejan las grandes esperanzas que sentía el veterano anarquista por los sucesos que, por fin, sacudían a la autocracia zarista y que lo llenaban de optimismo revolucionario. En estos momento, se encontraba trabajando de lleno por estimular al naciente movimiento anarquista comunista ruso, apoyando una publicación que se editaba desde Londres por algunos anarquistas rusos, llamada “Pan y Libertad” (Jleb i Volya), como una clara referencia al lema de los populistas (naródniki) “Tierra y Libertad” y al libro de Kropotkin “La Conquista del Pan”. Entre los colaboradores del periódico se encontraba Vladímir Zabréshnev y María Korn. En este momento, también, Kropotkin se dedicó de lleno a estudiar la Revolución Francesa, apareciendo su clásico libro “La Gran Revolución” en 1909. Su interés por la Revolución Francesa no era fundamentalmente académico, sino que era motivado por los sucesos que conmocionaban a Rusia. Kropotkin estaba convencido que una mejor comprensión de la Revolución Francesa sería de suprema importancia para evitar caer en los mismos errores y asegurar que la próxima revolución en Rusia llevara al pueblo por el camino de la revolución libertaria. Estos artículos, publicados en la revista norteamericana “Madre Tierra” (Mother Earth), dirigida por la rusa Emma Goldman, más una parte de la introducción de su libro-denuncia “El Terror en Rusia” (The Terror in Russia), escrito como una denuncia ante el parlamento británico en 1909[2], han sido traducidos por primera vez al castellano y esperamos que sean una contribución para conocer mejor los sucesos claves de 1905 y los cambios de suma importancia que se dieron después, y que pavimentaron el camino a la Revolución de 1917. 

Pero además esperamos que sirvan para entender mejor el pensamiento de Kropotkin. En estos artículos se aprecia su valoración de las tácticas de insurrección urbanas y callejeras, como las que se vivieron en la huelga de Moscú de fines de 1905; la importancia que daba a la cuestión campesina que define como crucial en Rusia, no sólo por ser éste un país mayoritariamente agrario, sino porque el espacio rural se había convertido en un importante foco de rebeliones casi permanentes; y por último, porque en estos artículos se aprecia la desconfianza ante las revoluciones “desde arriba”, “por decreto”, un asunto que es central en varios escritos de Kropotkin, y que, ciertamente, en este caso se fundamenta en sus estudios históricos de la experiencia revolucionaria en Francia, como se desprende de las numerosas referencias a ésta. Este es un punto de interés, pues mientras Kropotkin opone a la “ilusión parlamentaria” y la fe ciega en el reformismo, la necesidad del pueblo de expropiar y tomar el camino de la acción directa, también Kropotkin establece la necesidad del pueblo de oponerse no solamente mediante acciones, sino que formando organismos políticos de democracia directa que reemplacen a la vieja burocracia, al Estado (sorprende, en este sentido, que Kropotkin no preste atención al Soviet de San Petersburgo, por efímero que haya sido, mientras que cita como ejemplos de auto-organización autónoma las experiencias de ciertas comunas municipales formadas durante la rebelión por los gurios y letones –algo quizás consistente con su visión federalista y con la importancia que daba a las provincias rurales). 

Sin embargo, pese a su desconfianza en las ilusiones parlamentarias y su énfasis en la acció directa y espontánea del pueblo, Kropotkin no desprecia a rajatabla, de manera cruda y mecánica, a las “revoluciones democrático-burguesas”, como si nada pudiera sacarse de ellas: aún cuando la revolución rusa haya tenido un importante componente liberal burgués (que él claramente distingue del movimiento obrero y campesino que actuó en “paralelo”), esto no determina fatalmente el curso a seguir por la revolución y Kropotkin esperaba que el fracaso del reformismo sirviera para acabar con las ilusiones populares en él, así como para pavimentar el camino a la acción revolucionaria de las masas dando al pueblo un pequeño gustillo de libertad, que podría entenderse como un “aperitivo” del porvenir. En esto Kropotkin estuvo en lo cierto: 1905 pavimentó el camino a 1917. Lamentablemente, los anarquistas no fueron capaces de capitalizar a su favor el desarrollo del fervor revolucionario a la sombra del reformismo burgués, por su falta de organización político-revolucionaria: este aspecto es uno de los aspectos débiles del pensamiento de Kropotkin, el cual quizás sobrestima demasiado la espontaneidad de las masas. 

Por último, no deja de ser interesante que Kropotkin haya dirigido un libro sobre los sucesos de Rusia al parlamento británico. El carácter de este libro no es de invectiva revolucionaria, sino que de denuncia fundamentalmente humanitaria. Que Kropotkin se haya dirigido a ese público demuestra su apertura de criterio, su capacidad de relacionarse políticamente con gente que no necesariamente comparte sus opiniones con vista a una tarea conjunta (la denuncia de la autocracia en este caso), y quizás, en cierta medida, su visión de la necesidad de una alianza de los sectores revolucionarios y libertarios con sectores liberales y democráticos (el bloque “progresista” como se diría hoy) para torcer el brazo al despotismo, a la vez que sabemos, en base a sus otros escritos, que él sostiene la necesidad de no hacerse ilusiones con el reformismo y de mantener una visión política diferenciada. Obviamente, esto no lo hace explícito en este último artículo, pero se desprende de los dos anteriores. Esa es otra razón que justifica que estos tres artículos sean publicados conjuntamente, en orden de aparición.

Los dejamos al juicio de los lectores, que sin lugar a dudas, podrán profundizar las reflexiones acá hechas al paso y que podrán extraer otras propias, pues como todo cuanto escribió Kropotkin, estos escritos son fecundos para el pensamiento crítico.

Bibliografía consultada:

Avrich, Paul: “Los anarquistas Rusos” (Editorial Alianza, 1974)

Kropotkin, Pyotr: “The Terror in Russia ” (Methuen & Co., 1909)

Serge, Victor: “El Año I de la Revolución Rusa” (Siglo XXI, 1967)

Trotsky, León: “1905, Resultados y Perspectivas” (2 Tomos, Ruedo Ibérico, 1971) e “Historia de la Revolución Rusa” (2 Tomos, Quimantú, 1972)

Volín: “La Revolución Desconocida” (Proyección, 1977)

José Antonio Gutiérrez D.


Notas:

[1] En su libro “La Revolución Desconocida”, el anarquista ruso Volín asegura que la idea de los Soviets nació en Febrero de 1905 en una reunión en su casa con un par de amigos y conocidos. Aparte de que no hay manera de constatar empíricamente la realidad de ese hecho, si hubiera sido cierto, su importancia histórica hubiera sido nula, porque no habría tenido ninguna relación con el Soviet de Octubre y no logró, tampoco, convertirse en un organismo de lucha de masas ni hacer nada concreto. Existen algunas inconsistencias, más aún, en el relato de Volín, como afirmar que él no quiso ser “presidente” del Soviet debido a razones de orden anti-autoritario, cuando, en realidad, en ese momento, Volín no era anarquista, sino social-revolucionario. Recién se convertiría al anarquismo en 1911 estando en el exilio.
[2] El tono de este artículo debe ser comprendido entendiendo a quién dirige su libro. No debe sorprender la ausencia de retórica revolucionaria en este último escrito, siendo éste un documento puesta al servicio del parlamento británico –y escrito a petición del “Comité Parlamentario Ruso” (Parliamentary Russian Committee), constituido por “miembros de ambas cámaras, con representantes de la prensa, de las Iglesias y de las Universidades” con el objeto de “reunir y difundir información fiable e imparcial relativa a los eventos rusos, y en particular, relativa al progreso del Movimiento Constitucionalista; así como el cultivo de relaciones amistosas con todos aquellos rusos que trabajan por el mejoramiento social y político de su país” (según lo define su propia Constitución, que puede leerse en la contratapa de “El Terror en Rusia”). 


La Revolución en Rusia

Piotr Kropotkin

La Revolución Rusa ha entrado, recientemente, en una nueva fase. Negras nubes cubrían al país entre los meses de Enero y Abril. Ahora, la claridad esperanzadora se ha abierto camino gracias a los inesperados resultados de las elecciones de la Duma, los cuales favorecieron a los radicales. Pero antes de referirnos a las nuevas esperanzas, echemos un vistazo a ese período obscuro del cual el país viene saliendo.

En toda revolución se precisa de un número de alzamientos locales para preparar así el terreno al esfuerzo victorioso del pueblo. Esto es lo que ha ocurrido en Rusia. Tuvimos rebeliones locales en Moscú, en las provincias bálticas, en el Cáucaso y en las aldeas de la Rusia Central. Cada una de estas insurrecciones, al permanecer en el ámbito local, fueron seguidas por una terrible represión. 

La Huelga General, declarada en Moscú el pasado Enero, no tuvo éxito. Los obreros ya habían sufrido suficiente en la Huelga General de Octubre, 1905, y en las huelgas parciales subsiguientes. Y cuando las provocaciones del gobierno forzaron a los obreros moscovitas a decretar la huelga, el movimiento no se generalizó. Solamente unas cuantas fábricas en Presnya y unas cuantas líneas ferroviarias se sumaron. La Troncal Principal –la línea que va de Moscú a San Petersburgo- siguió operando, y en ella llegaron las tropas a Moscú. 

En cuanto a las tropas que estaban en Moscú, éstas daban muestras de un hondo descontento, y probablemente se hubieran puesto del lado del pueblo si la huelga se hubiera generalizado y si una masa de 300.000 obreros se hubiera tomado las calles, como ocurrió durante el último Octubre. Pero cuando vieron que la Huelga General fracasaba, obedecieron a sus comandantes.

Y sin embargo, la semana durante la cual un puñado de revolucionarios armados –menos de 2.000- y los obreros huelguistas de Presnya lucharon en contra de la artillería y el ejército, y cuando varios miles de millas de barricadas fueron construidas por la muchedumbre –por hombres y niños en las calles-, está semana fue testimonio de lo equivocados que estaban todos los “revolucionarios de salón” que proclamaban la imposibilidad de la guerra callejera durante la revolución.

En cuanto a los letones y estonios en las provincias bálticas, su levantamiento en contra de los arrogantes y rapaces terratenientes alemanes fue un movimiento grandioso. En todo este inmenso país, los campesinos y los artesanos en los pueblos se rebelaban. Organizaban ellos mismos su municipio, expulsaban a los jueces alemanes, se negaban a trabajar para los terratenientes y a pagar su renta –actuaron, en pocas palabras, como si fuesen libres. Y aunque su levantamiento fue finalmente ahogado en sangre, ha demostrado, al menos, lo que los campesinos deben hacer en toda Rusia. De hecho, la insurrección latente aún continúa.

La represión que siguió a la rebelión fue terrible. La prensa británica no ha contado más que la décima parte de las atrocidades cometidas por las tropas imperiales en las provincias bálticas, a lo largo de la línea ferroviaria que va de Moscú a Kazan, en el Cáucaso, en Siberia, en los poblados rusos. Y cuando pretendemos contar la verdad sobre estas atrocidades, ora en una revista inglesa de amplia circulación, ora ante masivas asambleas públicas, hemos siempre sentido el peso de una oposición inexplicable en contra nuestra. El tratado o acuerdo que se ha concluido hace algunos días entre el Gobierno británico y el ruso explican ahora las causas de la oposición a que se divulguen en este país los hechos que fueron publicados sin tapujos en la prensa rusa, pero solamente en Rusia.

La represión fue un episodio de masacres al por mayor, llevadas a efecto de manera sistemática por las tropas, a sangre fría. La historia moderna conoce una sola represión tan salvaje como esta: la extraordinaria masacre que realizó el ejército de las clases medias en París tras la derrota de la Comuna, en Mayo de 1871. Empero, estos asesinatos fueron cometidos después de una ardua lucha, bajo la luz escabrosa de París en llamas.

Al destacamento militar que fue enviado a lo largo de la línea de Moscú-Kazan no se le disparó un solo tiro. Los revolucionarios ya habían abandonado sus filas y se habían dispersado cuando el regimiento llegó. Pero en cada estación, el Coronel Minn, jefe del destacamento, así como sus oficiales, fusilaron entre diez y treinta hombres, tomando sus nombres sencillamente de listas entregadas a las tropas por la policía secreta. Fueron fusilados sin siquiera un amague de juicio, sin una adecuada identificación. Los fusilaron por lotes, sin ninguna advertencia. Les disparaban de cualquier modo, por la espalda, en sus caderas. El Coronel Minn les disparaba sencillamente con su revólver. 

En cuanto a los campesinos de las provincias bálticas, su suerte fue aún peor. Aldeas completas fueron castigadas. Aquellos hombres a los cuales algún terrateniente local denunciara como “peligrosos”, fueron fusilados en el acto, sin mayores averiguaciones –frecuentemente, se fusilaba a los hijos en ausencia del padre, un hermano a cambio del otro, un Ivanovsky por un Ivanitsky... Fue tal la orgía punitiva y de muerte, que un oficial joven, habiendo ejecutado a varios hombres de esta manera, se suicidó de un tiro al día siguiente, al reflexionar sobre lo que había hecho.

En Siberia, en el Cáucaso, el horror fue aún más repulsivo. Y en las aldeas rusas, donde los campesinos habían dado muestras de rebelión, las mismas ejecuciones se produjeron, a veces con una crueldad inimaginable, como fue el caso, por ejemplo, de Tamboff, donde se produjeron con ayuda del gobernador Luzhenovsky, quien sería luego ajusticiado por esa heroica muchacha llamada Spiridonova. “Cuando llegué a las aldeas y vi a los ancianos enloquecidos por la tortura del látigo, y cuando hablé con la madre una muchacha que se arrojó a un pozo tras ser violada por los Cosacos, sentí que era imposible seguir viviendo mientras ese hombre, Luzhenovsky, no recibiera castigo”. Así habló esta valerosa muchacha durante su juicio.

Pero el destino deparaba algo aún peor. Todo el mundo se estremeció al escuchar las torturas a las cuales la Srta. Spiridonova fue sometida tras su arresto por el oficial de policía Zhdanoff y por el oficial de los Cosacos Abramoff. Ni siquiera las torturas de nuestros hermanos y camaradas en Montjuich alcanzaron al sufrimiento inflingido sobre esta muchacha. Por lo cual en toda Rusia hubo, hace poco, alivio y satisfacción cuando Abramoff fue asesinado y el revolucionario que ajustició a ese animal pudo escapar, sentimientos que se repitieron cuando se supo que el otro animal, Zhdanoff, corrió la misma suerte. 

Las tinieblas que prevalecieron en Rusia cuando el gobierno de Witte-Durnovo [1] inauguraba los fusilamientos al por mayor de los rebeldes, no puede describirse sin citar pasajes de los periódicos rusos. Más de 70.000 personas fueron arrestadas; las prisiones estaban rebosando gente. Grupos de exiliados comenzaron a ser enviados, como antaño, a Siberia por orden del gobierno. Los viejos exiliados, que retornaban gracias a la amnistía del 2 de Noviembre de 1905, se topaban en su camino de retorno con los grupos de exiliados de Witte-Durnovo. Los revolucionarios de todos los sectores del Partido Socialista, del Socialista Revolucionario, del Anarquista, y aún del Social-Demócrata, recurrieron al revólver y a la bomba, y todos los días podía leerse en la prensa rusa que uno, dos o más funcionarios de la Corona habían sido asesinados por los revolucionarios en venganza por las atrocidades cometidas. Multitud de hombres y mujeres, como Spiridonova, las hermanas Izmailovitch, y tantos otros hombres y mujeres de carácter heroico, se hartaron de la vida bajo semejante sistema de despotismo asiático, y juraron venganza contra sus verdugos.

Fue en tales circunstancias que las elecciones de la Duma se llevaron a efecto. Y ahora, los pocos simpatizantes del Zar, descubren que a sus sátrapas se les fue la mano con la opresión. El gobierno realizó varias maniobras para manipular las elecciones y así poder gozar de una aplastante mayoría a su favor. Los candidatos liberales fueron arrestados, las asambleas fueron prohibidas, sus periódicos fueron confiscados –cada gobernador en las provincias actuó como un sátrapa persa sin ninguna restricción. Aquellos que hablaron a favor de los candidatos progresistas, fueron allanados y enviados a prisión sin mediar ningún formalismo... ¡Y aún así todo fue en vano! 

La reacción se ha encargado de desarrollar durante estos tres meses un odio tan amargo en contra del Gobierno, que nadie, salvo los candidatos de la oposición, tenían ninguna esperanza de ser escuchados y electos. “¿Están a favor o en contra de estos animales?”. Tal era la única pregunta que era necesario hacer.

Y así fue como los demócratas constitucionalistas obtuvieron una aplastante mayoría en la Duma, una mayoría tal que dejó perplejo al gobierno ruso, sin saber qué hacer.

Los social revolucionarios y los social demócratas se abstuvieron de participar en las elecciones, y por consiguiente, hay muy pocos socialistas declarados en la Duma. Pero además de esto, la Duma contiene a todos los elementos radicales de la clase media, cuyos nombres han sobresalido en los últimos treinta años, como enemigos de la autocracia.

El elemento más interesante de la Duma son los campesinos, que han logrado cerca de 120 representantes electos. Con la excepción de unos treinta hombres, que no tienen una opinión clara, los representantes de los campesinos están totalmente de la mano con los elementos radicales más avanzados en cuestiones políticas, y en cuestiones laborales, lo están con los obreros socialistas. Pero aún más, ellos plantean la gran cuestión, la cuestión más importante del siglo, la cuestión de la tierra. 

“Quien no are la tierra por sí mismo, no tiene derecho alguno sobre ella. Solamente aquellos que la labran con sus manos, y todos quienes así obren, deben tener acceso a la tierra. La tierra es propiedad de la nación, y la nación debe disponer de ella según sus necesidades”. Esta es su opinión –su fe, y ningún economista, sea del campo que sea, podrá sacudirla.

“Hace ochenta años nos asentamos en estas praderas”, decía uno de aquellos campesinos en estos días. Esa tierra era un desierto. “Hemos hecho a toda esta región valer algo; pero la mitad de ella fue confiscada por los terratenientes (conforme a la ley, por supuesto; pero nosotros, los campesinos, no aceptamos una ley como tal cuando es injusta). Fue confiscada por los terratenientes –y la queremos de vuelta”.

“Pero si ustedes ocupan esa tierra, y hay más aldeas en la cercanía que no tienen más tierras que unas pobres chacras, ¿qué hacer?”

“Entonces, ellos tienen derecho a ellas, tanto como nosotros lo tenemos. ¡Mas no así los terratenientes!”

En estas palabras se contiene toda la Cuestión Social y toda la sabiduría socialista.

“¡Si los campesinos se toman la tierra, entonces, las manos obreras harán lo suyo con las industrias!” exclamaba aterrado un corresponsal de los periódicos ingleses al informar de tan sencillo discurso.

Si, lo harán. Indudablemente lo harán. Deben hacerlo. Pues si no lo hacen, toda nuestra civilización colapsará y se arruinará –tal cual colapsaron las civilizaciones de Roma, Grecia, Egipto, Babilonia.

Debemos mencionar otro rasgo importante. Los campesinos rusos no confían en sus representantes. Estos hombres del arado han comprendido mejor la esencia del parlamentarismo que aquellos que se han ido paulatinamente infectando del culto al parlamento. Tal o cual hombre fueron elegidos; pero saben que no deben confiar. Las elecciones son como un juego de azar. Y por lo tanto, un cierto número de delegados campesinos se ven hoy en las galerías de la Duma, los cuales han sido enviados por sus aldeas para vigilar a sus representantes en el parlamento. Saben que estos representantes pronto se malograrán y serán sobornados de una manera u otra. Por lo que mandan delegados –la mayoría, campesinos ancianos, respetados, quizás no sean buenos oradores, ni sepan hacerse propaganda, hombres que no serían electos de ninguna manera, pero que mantendrán honesta vigilancia sobre sus parlamentarios.

Sin embargo, aún cuando la Duma exista tan sólo hace un par de días, hay una creciente sensación en Rusia que todo este electoralismo no es aún aquello que se requiere. “¿Qué es lo que puede hacer la Duma?” se preguntan en toda Rusia. “Si el gobierno no la quiere más, se deshará de ella. ¿Cómo podrán 500 hombres resistir al gobierno si éste decida enviarlos de vuelta al lugar del que vinieron?”.

Así que en toda Rusia crece la sensación de que el parlamento y sus debates no son aún lo que se busca. Es solamente el momento preliminar para otra cosa que ha de venir. “Ellos expresarán nuestras necesidades; acordarán ciertas cosas”... pero la sensación crece en Rusia de que la acción tendrá que venir del mismo pueblo.

Y el trabajo subterráneo, aquella lenta labor de madurar convicciones y forjar unidad, ocurre en toda Rusia como los preparativos de algo infinitamente más importante que cualquier debate en la Duma. 

Ni siquiera se dice el nombre de esto que es más importante. Quizás la mayoría ni siquiera sabe su nombre. Pero nosotros lo conocemos y debemos decirlo. Es la Revolución: el único remedio verdadero para paliar tantos males.

P. Kropotkin

(Mother Earth, Vol. I, No.5, Julio de 1906)


[1] Referencia a la dupla que encabezaba el gobierno zarista, compuesta por el Ministro del Interior del Zar, Pyotr Durnovo y por el Primer Ministro Sergei Witte, quien fuera autor del Manifiesto de Octubre de 1905.


¡Basta de Ilusiones!

Piotr Kropotkin

El cierre de la segunda Duma fue el fin del primer período de la revolución rusa, el período de las ilusiones. Estas ilusiones nacieron cuando Nicolás II, impresionado por la huelga general de Octubre de 1905, publicó un manifiesto en el cual prometió convocar a los representantes del pueblo para gobernar con su ayuda.

Todos pueden recordar claramente las circunstancias bajo las cuales se ganaron estas concesiones. Las actividades industriales, comerciales y administrativas pararon repentinamente. Ni los partidos revolucionarios ni los políticos instigaron u organizaron esta gran manifestación de la voluntad popular. Partiendo de Moscú, el movimiento rápidamente se expandió hacia toda Rusia, como todos esos grandiosos movimientos populares elementales que ocasionalmente conquistan a millones de personas, haciéndoles actuar en una misma dirección, con sorprendente unanimidad, realizando consecuentemente milagros.

Los molinos y las fábricas cerraron, el tráfico ferroviario fue interrumpido; los productos alimenticios se acumularon en verdaderas montañas en las estaciones sin poder llegar a su destino donde la población pasaba hambre. La obscuridad y un silencio sepulcral aterrorizaban el corazón de los amos, que ignoraban que ocurría en el interior del país, ya que la huelga se había extendido a los servicios de correo y telégrafo.

Fue un temor animal por su vida y la de los suyos lo que forzó a Nicolás II a ceder a las exhortaciones de Witte y convocar a la Duma. Fue el terror ante una multitud de 300.000 personas que invadieron las calles de San Petersburgo y se preparaban a asaltar las prisiones lo que le obligó a conceder la amnistía.

Pareciera que no debimos haber puesto la menor fe en los tenues resabios de libertades constitucionales que obtuvimos de esta manera. La experiencia histórica, especialmente de la revolución de 1848, nos demuestra que las constituciones entregadas por los de arriba carecían de todo valor, a menos que una victoria substancial, ganada mediante la sangre, convirtiera las concesiones en el papel en conquistas reales, y a menos que el mismo pueblo ampliara sus derechos al comenzar, según su propio acuerdo, la reconstrucción en base a las autonomías locales.

Los gobernantes, que cedieron ante la presión momentánea, en semejantes ocasiones frecuentemente dejan que la agitación de la victoria popular decante, mientras preparan sus tropas leales, señalan a los agitadores para ser arrestados o aniquilados, y luego de unos cuantos meses habrán rechazado sus promesas, procediendo a aplastar al pueblo por la fuerza en venganza por el miedo y la humillación que han pasado.

Rusia ha sufrido ya demasiado durante el medio siglo precedente debido al hambre, a los abusos y la insolencia de sus amos; la sociedad culta de Rusia esta demasiado exhausta por la lucha tan larga, sanguinaria y desigual –tanto que saludaron al primer acto de rendición de los traicioneros Romanov [1] como si hubiera sido una concesión de buena fe. Rusia se arrojaba felizmente a la Era de la Libertad.

En un artículo previo decíamos que el mismo día en que se firmó el manifiesto de Octubre, introduciendo un régimen liberal, el traicionero y perverso Nicolás, con sus compinches, instituyeron el gobierno secreto de Trepov en Peterhof, con el objeto de contrarrestar y paralizar aquellas reformas [2]. En los primeros días de júbilo popular, cuando el pueblo creía aún en el Zar, la gendarmería, bajo instrucciones del gobierno secreto, sacaba con premura proclamas incitando a la masacre de judíos e intelectuales, despachando a sus agentes para organizar pogromos y allanamientos. Estos agentes congregaban bandas de vándalos, mutilando a los intelectuales en Tver y en Tomsk, acribillando hombres, mujeres y niños que celebraban el advenimiento de la libertad, mientras que Trepov –mano derecha del Zar- daba órdenes de “no ahorrar municiones” a fin de dispersar a los manifestantes populares.

La mayoría de las personas se imaginaron cuál era el orígen de estos pogromos. Pero los radicales incurrieron en su usual torpeza. Estaban tan mal informados (y aún lo están) de las acciones de los círculos del poder que supieron de manera positiva de esta política hipócrita de Nicolás tan sólo siete u ocho meses más tarde, cuando Urusov la denunció en la primera Duma. Y aún entonces, influidos por la buena fe propia de los rusos, había quienes reiteraban que esto no era culpa del Zar, sino que de sus asesores. Se decía que el Zar era demasiado gentil como para ser un hombre artero. En realidad –y ahora somos más quienes estamos convencidos de ello- él es demasiado malicioso como para no ser traicionero.

Mientras el gobierno secreto de Peterhof organizaba pogromos y masacres, a la vez que dejaban que hordas de Cosacos embrutecidos en sus servicios policiales se ensañaran contra los campesinos, nuestros radicales y socialistas seguían con sus idilios “parlamentarios”, formando partidos electoralistas, con sus inevitables intrigas y faccionalismos, y ya se imaginaban a sí mismos en posesión de los procedimientos constitucionalistas que tomaron siglos para consolidarse en Inglaterra.

Solamente las provincias remotas comprendieron que, explotando la situación desventajosa de un gobierno que fue tomado por sorpresa, se hacía necesario sublevarse en ese preciso momento, y sin consultar al aborto de “Constitución Autocrática”, terminar con las instituciones locales que son el sostén del gobierno en toda la extensión de Rusia. Estas sublevaciones tuvieron lugar en Livonia, Guria, Grusia Occidental, y en el tren de Siberia Oriental. Los gurios y letones dieron un gran ejemplo de insurrección popular: su primer paso fue el establecimiento de su autonomía local revolucionaria. 

Desafortunadamente, estos levantamientos no encontraron apoyo ni en sus vecinos, ni en la Rusia central, ni en Polonia. Y aún cuando ciertos pueblos se rebelaron en la Rusia central, no fueron apoyados por las ciudades y los centros urbanos. En Rusia no ocurrió como en Julio de 1789, cuando las poblaciones de las ciudades insurgentes del oriente de Francia abolieron las moribundas municipalidades y, procediendo desde abajo, comenzaron a organizarse en distritos, arreglando los asuntos locales sin esperar las leyes del parlamento o de la realeza. Ni siquiera la sublevación de Moscú despertó el apoyo activo de las masas y fracasó en instalar el tradicional recurso revolucionario –la comuna municipal autónoma.

El inculcamiento diligente de los ideales germánicos relativos a la centralización imperial, a la disciplina partidaria, en la mente de los revolucionarios rusos, tuvo su efecto. Nuestros revolucionarios se unieron de manera heroica a la lucha, pero no consiguieron producir consignas revolucionarias. Aún si las pudieron conjeturar vagamente, no hubo quien las formulara decididamente.

Las rebeliones individuales fueron aplastadas. A los trenes llevando al regimiento Semenov [3] se les dejó pasar por Moscú, mientras los revolucionarios esperaban “instrucciones” de alguna parte. El destacamento punitivo liderado por Meller-Zokomelsky dejó Chelyabinsk con destino a Chita sin ser molestado durante su trayecto: ¡pese a la huelga de los ferroviarios en Siberia, se les permitió seguir adelante! Las brutales incursiones de Orlov azotaron a las provincias bálticas, pero los letones no obtuvieron apoyo ni de occidente ni de Polonia. Guria fue arrasada, y donde quiera que los campesinos se alzaron, los Cosacos los aplastaron con una ferocidad propia de la guardia personal de Iván el Terrible.

Mientras tanto, la ingenua –estúpidamente ingenua- fe en la Duma seguía viva. No es que la Duma haya sido considerada un mecanismo de control contra la arbitrariedad o como un instrumento capaz, aún en su estrecha esfera, de limitar el celo de los agentes de Peterhof. ¡Claro que no! La Duma era considerada como la futura ciudadela de la legalidad. ¿Por qué? “Porque”, nos reiteran intelectuales simplones, “la autocracia no puede subsistir sin préstamos, y los bancos extranjeros no harán ningún préstamo sin la sanción de la Duma”. Esto se afirmaba en momentos en que tanto el gobierno francés como el inglés respaldaban un nuevo préstamo, no sin garantías claro está, pues lo que se deseaba era arrastrar a Rusia hacia un conflicto que han contemplado con Alemania*.

Ni siquiera el cierre de la primera Duma ni los juicios sumarios en las cortes marciales hicieron nada para temperar las cabezas de nuestros cándidos políticos. Aún seguían creyendo en el poder mágico de la Duma y en la posibilidad de ganar una Constitución a través de ella. El carácter de las actas de ambas Dumas lo demuestran. 

Hay palabras –“palabras que tienen alas”- que pueden viajar por toda la Tierra, inspirar al pueblo, darles valor para luchar, para enfrentar la muerte. Si la Duma no pudo pasar una sola ley tendiente a renovar la existencia, uno al menos podría haber esperado escuchar esta clase de palabras. En épocas de revolución, cuando el trabajo destructivo precede al esfuerzo constructivo, los estallidos de entusiasmo poseen un poder maravilloso. Las palabras y las consignas poseen más poder que una ley aprobada, pues ésta no puede sino ser fruto de una transacción entre el espíritu del Futuro y el Pasado decadente.

La Casa de Versalles en 1789 vivía al unísono con París; reaccionaba el uno con el otro. Los pobres de París no se hubieran rebelado el 14 de Julio si no fuera porque el Tercer Estado, tres semanas antes, había lanzado su promesa de no dispersarse hasta haber alterado todo el orden de cosas. Y qué hubiera pasado si este juramento hubiera sido solamente un acto teatral; qué hubiera pasado si, como sabemos, de no haberse alzado el pueblo parisense los diputados se hubieran retirado mansamente de su puesto como lo hizo nuestra Duma. Lo que ellos pronunciaron fueron solamente palabras, pero palabras que inspiraron a Francia, que inspiraron al mundo. Y cuando la Cámara formuló y anunció los Derechos del Hombre, el impacto revolucionario de una nueva Era conmovió a todo el mundo.

De igual manera, sabemos que el Rey de Francia habría vetado cualquier ley sobre la alienación, aún habiendo mediado la recompensa, de los derechos feudales de la aristocracia terrateniente; más aún, la Cámara misma (al igual que nuestros Cadetes [4]) no habría aprobado semejante ley. ¿Y qué hubiera ocurrido entonces? Sin embargo, la Cámara pronunció un poderoso llamado en el primer artículo de la declaración de principios del 4 de Agosto: “¡Los derechos feudales quedan abolidos!”. En realidad, esto no fue otra cosa que fuegos de artificio verbales, pero los campesinos, concientemente confundiendo una declaración con la ley, se negaron entonces a pagar cualquier impuesto feudal.

Sin lugar a dudas, esas solamente fueron palabras, pero que agitaron hacia la revolución.

Por último, hubo más que meras palabras, ya que, aprovechándose de la perplejidad del gobierno, los diputados franceses atacaron atrevidamente las anticuadas instituciones locales sustituyendo a los escuderos y magistrados por municipios comunales y urbanos, que subsecuentemente se convirtieron en bastiones de la revolución.

“Los tiempos y las condiciones son otros” se nos dice. No cabe ninguna duda de esto. Pero las ilusiones descartaron una clara comprensión de las condiciones reales en Rusia. Nuestros diputados y políticos se hallaban tan hipnotizados por la mismísima expresión “representantes populares”, y de tal modo desestimaron la fuerza real del antiguo régimen, que a nadie se le ocurrió preguntar la pregunta pertinente: “¿Cómo debe hacerse la revolución en Rusia?”. Sin embargo, no sólo aquellos que creyeron en los poderes mágicos de la Duma estaban equivocados. Nuestros camaradas anarquistas también se equivocaron al creer que los esfuerzos heroicos de un grupo de individuos bastarían para demoler la fortaleza del antiguo orden forjado durante siglos. Miles de actos heroicos tuvieron lugar, miles de héroes dieron la vida, pero el antiguo régimen ha sobrevivido y aún puede llevar adelante su designio de aplastar a los jóvenes y vigorosos.

Si, la era de las ilusiones se ha acabado. El primer ataque ha sido repelido. El segundo ataque debe ser preparado sobre bases más amplias y con una comprensión más acabada de la verdadera fuerza del enemigo. No puede haber una revolución sin la participación de las masas, y todos los esfuerzos deben ser dirigidos a sublevar al pueblo, quienes son los únicos capaces dee paralizar los ejércitos del viejo mundo y de capturar sus fortalezas.

Debemos impulsar este trabajo en todas las partes, rincones y recodos de Rusia. ¡Basta de ilusiones, basta de fiarse de la Duma o de cualquier puñado de redentores heroicos! Es necesario que las masas estén ellas mismas al frente de la gran labor de reconstrucción general. Pero las masas entrarán en la lucha solamente en nombre de sus necesidades propias fundamentales.

La tierra –para quien la trabaja; las fábricas, molinos, líneas férreas –para el obrero; que en todas partes se formen comunas revolucionarias libres que trabajen su propia salvación con sus propias manos, no mediante representantes ni oficiales en San Petersburgo. 

Tal debe ser el móvil para el segundo período revolucionario al que está entrando Rusia.

P. Kropotkin

(Mother Earth, Vol. II, No.7, Septiembre de 1907)


* Como si Turquía, diez veces en mayor bancarrota, no hubiera obtenido préstamos frescos, aún para propósitos bélicos. Como si los banqueros occidentales no se esforzaran por reducir a cuantos países fuera posible a la condición de Grecia y Egipto, en donde los fondos bancarios, como garantía por deudas, se apoderan de las rentas públicas o de la propiedad estatal. Como si los saqueadores rusos tuvieran escrúpulos en empeñar las vías del ferrocarril del Estado, las minas, el monopolio del licor, etc. [Nota de Kropotkin, original del artículo]

[1] Nombre de la dinastía que gobernó Rusia desde 1613 hasta 1917, de la cual fue miembro el último Zar ruso, Nicolás II.
[2] Alexander Trepov fue un oficial sumamente influyente en la Corte del Zar; oficialmente, fue Primer ministro entre 1916-1917, pero como explica este artículo, fue un personaje tan influyente, que se le consideraba como un gobernante de facto. Peterhof era el nombre del Palacio del Zar en San Petersburgo.
[3] Uno de los más importantes destacamento militares de la Guardia Imperial Rusa.
[4] Kadets, nombre dado a los miembros del Partido Constitucional Democrático, un partido liberal, centrista, que tuvo alguna prominencia en las dos primeras Dumas.


El Terror en Rusia

Piotr Kropotkin

No existe duda de que el movimiento ocurrido entre los años 1905 y 1907, ha producido un cambio profundo en el pensamiento y en el sentimiento de Rusia. Los campesinos, los obreros, los oficinistas, los pequeños comerciantes ya no son tan sumisos a cualquier oficial de policía rural, como lo eran antes. Nuevas ideas, nuevas aspiraciones, nuevas esperanzas y, por sobre todo, un nuevo interés en la vida pública se han desarrollado en ellos, desde que se declarase oficialmente en Octubre de 1905 que la nación, desde ese momento, tendría derecho a expresar sus deseos y a expresar su poder legislativo mediante sus representantes, así como que la política de gobierno sería de corte liberal. Pero, tras la solemne proclamación de la reconstrucción de la vida politica del país sobre principios nuevos, y que, para utilizar las mismas palabras usadas por el Zar en su Manifiesto, “la población recibirá las bases inviolables de los derechos cívicos, basados en la inviolabilidad de la persona, de su libertad de culto, de expresión, de asociación y de asamblea” –después de promulgar semejante declaración, aquellos que intentaron hacer realidad estos principios, han sido tratados de rebeldes, culpables de alta traición.

No solamente se judicializa a los representates de los partidos de avanzada por todo aquellos que hicieron y dijeron entre 1906 y 1907, sino que aún al partido más moderado, los Oktobrists, que siguen al pie de la letra el contenido del Manifiesto de Octubre, son tratados por los funcionarios de alto o bajo rango del gobierno del Sr. Stolypin, como predicadores de doctrinas sediciosas. El único partido político que desde entonces ha recibido la parobación personal del Zar, quien los ha reconocido como leales, es la Unión de Hombres Rusos; pero como se sabe ahora por revelaciones que por fin han llegado a las Cortes de Justicia, este partido no solamente ha tomado parte activa en la organización de pogromos en contra de los Judíos y en contra de los “intelectuales” en general, sino que su Presidente está en estos momentos enfrentado a un juicio por instigar y pagar el asesinato de Herzenstein, un miembro de la Primera Duma, quien fuera considerado como la mejor autoridad financiera en asuntos relativos al campesinado. También se le juzga por su complicidad en el asesinato del Sr. Yollos, otro respetable miembro de esa misma Duma, también autoridad en asuntos relativos al campesinado [1].

En relación al actual Consejo de Ministros, éste se ha declarado, durante debates recientes en la Duma, incapaz de gobernar al país sin recurrir al Estado de Sitio en grandes extensiones del país. Este sistema, empero, se ha extendido de tal manera en el último tiempo que en estos momentos casi dos tercios de las provincias del Imperio Ruso se encuentran bajo el mandato de Gobernadores Generales especialmente nominados, a los cuales se les ha dotado con poderes casi dictatoriales, incluyendo el poder de decretar la pena de muerte sin juicio, y sin siquiera enviar al condenado a una Corte Marcial. Esta facultad inaudita, fue recientemente confirmada por una decisión del Departamento Primero del Senado, el cual ha reconocido que, en las provincias donde existe el Estado de Sitio, tal poder sobre la vida y la muerte sin tener que recurrir a un juicio ha sido conferido al Gobernador General por un decreto del Zar que ordena las reglas a seguir durante el Estado de Sitio.

Al mismo tiempo, es política del actual gobierno el establecer juicios en contra de todos aquellos que, durante los años de 1905-1907, hicieron suyas las palabras del Manifiesto Imperial en un sentido literal, actuando en conformidad con sus palabras, y considerando que la nación había recibido en realidad derechos políticos. Los editores de libros, que fueron editados por centenares en esos años, y que entonces se consideraba que cumplían con la normativa relativa a la censura, están siendo ahora enjuiciados por concepto de violación a la ley y son condenados a uno o dos años de prisión en una fortaleza. Quienes organizaron asambleas públicas o expresaron en ellas ideas perfectamente legales desde un punto de vista constitucional, son ahora enjuciados por revolucionarios. Los organizadores de resistencia armada a los pogromos (linchamientos de judíos) son ahora tratados como revolucionarios de la peor descripción, y una ininterrumpida seguidilla de de juicios se dirige en contra de hombres de vida pacífica por cosas que ahora son calificadas como violatorias de la legalidad, pero que eran perfectamente constitucionales hace dos años. De hecho, debe decirse, como se dice en la misma prensa rusa, que estos juicios no constituyen otra cosa sino la venganza de la burocracia por todo lo que se dijo en esos meses en contra de su malgobierno. Estos juicios, de los cuales daremos algunos ejemplos durante esta declaración, están aumentando de manera tan acelerada que se teme que todos los liberales en Rusia, por moderadas que sean sus opiniones, tendrán su turno ante las Cortes Marciales y otros tipos excepcionales de Cortes, de continuar el actual régimen.

Otro rasgo característico del presente estado de cosas, es el gran número de juicios que son resultado directo de la labor de agentes provocadores como el afamado Azeff. Se ha dado, últimamente, bastante prominencia al escándalo de Azeff, y fue, de hecho, notable que se descubriera que el hombre que tomó el rol más activo en la organización de los asesinatos del Ministro del Interior, Von Plehve, en Julio de 1904, del Gran Duque Sergius en 1905, y del General Bogdanovitch en Ufa, haya organizado todos estos atentados con el conocimiento y con el financiamiento parcial de la policía secreta rusa, o al menos, de aquellos elementos de esa policía que tienen por misión especial la Okhrana (“Protección”) del Emperador. Pero el escándalo de Azeff es tan sólo el más impresionante entre una multitud de otros escándalos que han salido a luz recientemente. De hecho, ha sido corroborado gracias a las pruebas presentadas ante la Primera Duma por el Príncipe Ouroussoff, que varios agentes provocadores fueron quienes organizaron los pogromos contra los judíos, el asesinato de intelectuales en Tomsk y Tver, los atentados en contra de los gobernadores de diversas provincias y muchas de las llamadas “expropiaciones” –es decir, extorsionar por dinero bajo amenazas de muerte- que ocurrieron en el período entre 1905 y 1906. Para estos propósitos, los agentes de la policía importaron desde el extranjero enormes cantidades de literatura revolucionaria (como ha sido comprobado en el caso de Azeff), junto a armas y explosivos; también organizaron la manufactura de bombas en la misma Rusia, a veces con dineros facilitados por el jefe del Departamento de Policía, como se reveló en el caso de Lopukhin.

La política del gobierno del Sr. Stolypin ha sido los últimos dos años una política revanchista contra quienes tomaron parte activa en el movimiento de liberación que siguió al Manifiesto del 30 de Octubre, 1905, y es fácil imaginar las masas humanas que han sido arrestadas, llevadas a juicio, deportadas a Siberia, o exiliadas a diversas regiones del Imperio mediante sencillas órdenes administrativas. El resultado de todo esto es que las prisiones están tan hacinadas en estos precisos momentos, que tienen, según datos oficiales, alrededor de 181.000 presos, pese a que la máxima capacidad para que fueron diseñadas es apenas de 107.000 presos. Pero como hay provincias específicas en donde los arrestos fueron particularmente numerosos, sabemos por las denuncias oficiales hechas en la Duma durante la discusión sobre el presupuesto para el sistema carcelario, que existen centros de detención en los cuales el número de prisioneros es tres, hasta cuatro veces mayor que su capacidad. La consecuencia de este sobrepoblamiento es que la administración carcelaria enfrenta una imposibilidad absoluta para otorgar a los reos aún la más mínima de las condiciones sanitarias exigidas por la ley. El tifus se propaga a un ritmo alarmante en las prisiones del Imperio, y su presencia ha sido detectada en 65 de cada 100 provincias. 

En la mayoría de estas prisiones hacinadas, los reos no tienen camas de ninguna especie; y en muchas, ni siquiera existen las plataformas de madera adosadas a los muros que eran utilizadas para este fin. Se duerme en el suelo, sin más cubiertas ni más respaldo que unas ropas viejas y harapientas, literalmente plagadas de roedores, que son entregadas por las autoridades de las prisiones. En tales condiciones, es imposible hablar de condiciones sanitarias. Los infectados por el tifus o el escorbuto se recuestan junto al resto de los prisioneros, y solamente cuando alguno de ellos está a punto de morir, se le lleva a un hospital. Se sabe de casos de pacientes con tifus que han sido llevados en camilla a los tribunales y luego enviados de vuelta por los jueces. Un hombre fue ahorcado mientras padecía de tifus, con temperaturas de 104º [ie., Farenheit].

Todo esto lleva, como es natural, a actos de rebelión por parte de los prisioneros, los cuales, a su vez, conducen a una represión de la manera más abominable, y a ejecuciones al por mayor. La brutalidad de la peor clase de ha vuelto algo habitual en todos los centros de detención, y algunos hechos horrorosos serán discutidos a continuación en los documentos que presento. Aún los hombres que han sido condenados a muerte son salvajemente golpeados antes de ser llevados al patíbulo, de tal manera que en una Corte Marcial de Moscú, un hombre, condenado a la horca, tuvo que solicitar al Presidente de esa Corte su palabra de honor de que no sería golpeado hasta la muerte antes de su ejecución. En este caso se mantuvo la palabra de honor, pero es regla general que las torturas a las cuales son sometidos los condenados a muerte antes de que tenga lugar su ejecución sean tan horrendas que, en un considerable y creciente número de casos, hombres que enfrentaban con calma a la muerte, no puedan soportar las torturas que la preceden, y se suiciden. Respecto al número de penas de muerte pronunciadas por las Cortes Marciales y las ejecuciones, no existe una tendencia decreciente, como informó el Sr. Stolypin al Sr. W.T. Stead en Julio de 1908 [2]. Se mantienen sin variación, aún cuando ha habido una decidida disminución del número de hechos de violencia cometidos por los revolucionarios, y de la criminalidad general.

El verano pasado, tuvo lugar en el Times una discusión sobre el número de exiliados trasladados a diversas regiones del Imperio por Órden Administrativa, y sostuvo un refugiado en Londres que, contrariamente a lo afirmado por el Sr. Stolypin, según el cual su número no sería mayor a 12.000, no hay menos de 78.000 prisioneros en esa situación. La Duma, posteriormente, pidió al Departamente de Policía las cifras exactas, y ellos entregaron la suma de 74.000. El estado de estos exiliados es aún más calamitoso que lo que ha señalado la prensa inglesa. No es exagerado afirmar que en ciertas partes de la Siberia Nor-Oriental la situación de los exiliados es sencillamente desesperada, y no hay que sorprenderse que se realicen actos de rebelión, como los que hemos sabido tuvieron lugar en Turukhansk.

En resumen, si las presentes condiciones deben ser descritas en unas pocas palabras, debe decirse que mientras la población rural y los obreros en las ciudades se han elevado hasta alcanzar una cierta concepción de respeto por sí mismos, y mientras las aspiraciones de un trato más humano y de mayores libertades se han extendido por todo el país, encontramos, por otra parte, entre la burocracia, alta o baja, y entre los agentes menores en los poblados, un verdadero espíritu de odio y de cruel venganza contra la menor manifestación de amor por la libertad, resultando esto en relaciones extremadamente tensas entre la población y la clase dominante en toda Rusia. Del mismo modo, grandes muchedumbres han sido llevadas a la desesperación por los actos arbitrarios de los agentes inferiores del Gobierno en las aldeas y en las ciudades pequeñas de las provincias. Existe, en el presente, escacez de grano en muchas provincias de la Rusia Europea y de Siberia, y se están produciendo hambrunas; pero el Gobierno ha ordenado a todos los morosos en el pago de impuestos y en el pago de de previos préstamos por situaciones de hambruna, que paguen de una vez, y esto se hace en estos momentos, sin importar la hambruna, con una severidad hasta ahora desconocida. Al más mínimo moroso, alguna familia campesina que no debe más que unas cuantas chauchas, se le remata su propiedad, en remates en los cuales las autoridades policiales son los únicos participantes; ganado, caballos, y aún las reservas de grano así como las futuras cosechas, se rematan por un par de chauchas a algún oficial de la policía rural, quien, luego, las vuelve a vender al arruinado campesino a precios tres o cuatro veces mayores.

Más aún, se estima que existen, por lo menos, unos 700.000 campesinos y obreros, solamente en la Rusia Europea, que han sido forzados a abandonar su modo de vida tradicional durante los últimos dos años, como consecuencia de la represión que ha seguido a las huelgas y otros eventos, y quienes en estos precisos momentos son meros vagabundos al margen de la ley que van de una ciudad a otra, forzados a ocultarse bajo identidades falsas, y sin posibilidad alguna de retornar a sus tierras natales a sus ocupaciones previas. Hay casi tres cuartos, de un total de un millón de personas, a quienes una amnistía general les permitiría retornar a su modo de vida tradicional y a sus antiguos ingresos.

Tal es la situación de Rusia, como todo el mundo puede establecer por sí mismo si revisa la numerosa documentación que hemos resumido en las páginas siguientes.

Hacemos un ferviente llamado, en consecuencia, a todos aquellos que aprecian los ideales del progreso humano, para que utilicen todo el peso de su influencia para poner fin a este régimen de Terror Blanco bajo el cual se encuentra el país. Es bien sabido, en base a la experiencia histórica, que el Terror Blanco tal como se vivió en la década del veinte del siglo pasado [ie., siglo XIX] en Francia tras el retorno de los Borbones, en Italia antes de 1859, y más tarde en Turquía, jamás ha devuelto la tranquilidad a un país. Solamente pavimenta el camino para nuevos disturbios, extiende un sentimiento de completo desprecio por la vida humana, induce hábitos violentos, y, más allá de cualquier duda, corresponde al interés de la humanidad en su conjunto, y del progreso en general, que este estado de cosas que prevalece en Rusia, sea llevado a su fin. 

P. Kropotkin

(Extraido de la introducción a “The Terror in Russia –an Appeal to the British Nation”, 4ª. Edición, Julio de 1909, Methuen & Co., Londres, pp.2-8.)

[1] Interpelación al Ministro, 23 de Abril de 1909, por el Partido Constitucional Democrático (Nota de Kropotkin).

[2] William Thomas Stead, periodista investigativo británico.

Fuente: http://www.anarkismo.net/article/19984