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jueves, 16 de septiembre de 2021

La peste religiosa - Joan Most

La peor de todas las enfermedades mentales que embrutecen al hombre es la peste religiosa.

Como todo tiene su historia, esta epidemia no deja de tener la suya: solamente tiene de particular que es muy perniciosa, aparte de lo que tiene de bufa. El viejo Zeus y Júpiter tronante eran unos dioses muy decentes y, podemos añadir, esclarecidos si se les compara con la ridícula Trinidad del árbol genealógico del buen Dios, cuyos personajes no son menos crueles, brutales y ridículos que los primeros.

Por otra parte no queremos perder el tiempo con los dioses caducados, puesto que en la actualidad no causan perjuicio alguno, sino que sólo criticaremos a esos charlatanes fabricadores de la tempestad y del buen tiempo, en plena actividad actualmente, y a estos terroristas del infierno.

Los cristianos tienen una Trinidad, es decir, tres dioses; sus antecesores, los judíos, se contentaron con uno solo. Esto aparte, los dos pueblos constituyen una civilización muy divertida. El Antiguo y el Nuevo Testamento son para ellos la fuente de toda sabiduría, y por eso es preciso leer de buen o mal grado estas santas escrituras si se desea ponerlos en ridículo.

Examinemos simplemente la historia de estas divinidades y veremos, desde luego, que suministra materiales suficientes para caracterizar al conjunto. He aquí, pues, la cosa expuesta sucinta y brevemente.

Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. Él se encontró desde luego en medio de la nada, lo cual debía de ser bastante triste para que el mismísimo Dios se aburriera de tal situación. Pero como que es una bagatela para un Dios esto de hacer los mundos de la nada, creó el cielo y la tierra como un charlatán sacude los huevos y las monedas en el interior de su manga. Más tarde se dedica a fabricar el sol, la luna y las estrellas. Ciertos herejes, a los cuales se conoce por astrónomos, han demostrado, hace ya muchísimo tiempo, que la tierra no es ni ha sido jamás el centro del universo; que no ha podido existir antes que el sol, alrededor del cual continuamente da vueltas. Estas gentes han demostrado que es una gran barbaridad esto de hablar de la creación del sol, de la luna y de las estrellas después de la tierra, como si ella, comparada con el sol, la luna y las estrellas, fuese alguna cosa especial y extraordinaria. Hace mucho tiempo que los niños que concurren a las escuelas saben que el sol es un astro, que la tierra es uno de sus satélites y que la luna, para así decirlo, no es más que un subsatélite; saben igualmente que la tierra, en comparación con el universo, está muy lejos de desempeñar un papel superior, antes por el contrario, no es más que un grano de polvo en el espacio. Pero ¿es tal vez que este Dios se dedica a la astronomía? Él hace esto y todavía más, y se burla de la ciencia y de la lógica. Es por esta razón por la que después de fabricar la tierra hizo la luz y, en seguida, el sol.

Un hotentote sabe perfectamente que sin el sol la luna no puede existir; pero Dios… por lo visto, no llega a concebir lo que sabe el hotentote.

Vayamos más al fondo de la cuestión. La creación andaba perfectamente; pero no había todavía vida en ella y, como el Creador deseaba divertirse, hizo al hombre. Solamente haciéndole, prescinde de uno de los aspectos particulares de su manera de proceder. En lugar de hacer esta creación por un simple mandato, se encuentra de sobra perplejo y, tomando un prosaico puñado de barro, modeló al hombre a su imagen y semejanza; luego sopló… y le dio un alma. Como que Dios es todopoderoso, bueno, justo, en una palabra, la complacencia y amabilidad en su esencia, vio en seguida que Adán (con ese nombre bautizó a su escultura de barro) si estaba solo se aburriría desmesuradamente y maldeciría su insoportable existencia; para evitarlo le fabricó entonces una joven, una encantadora Eva.

Seguramente la experiencia le habrá demostrado que lo de fabricar muñecos de barro era ya un trabajo muy impropio para un Dios; así pues, prescindió del barro y empleó otro método. Tal vez se dedicó a otros experimentos, pero debemos hacer constar que la Biblia no nos dice nada sobre este particular. La cuestión principal es que arrancó una costilla a Adán y la convirtió inmediatamente en una hermosa mujer; inmediatamente decimos, porque la velocidad en hacer las cosas no debe de ser un arte de brujería para un dios. Además, tampoco nos cuenta la Biblia si le causó dolor a Adán el que le arrancaran una costilla, ni si ésta fue sustituida posteriormente por otra, o si debió de contentarse con las que le quedaron después de la divina operación quirúrgica.

Las ciencias modernas han demostrado que tanto los animales como las plantas, formadas de un conjunto de simples células, han ido adquiriendo paulatinamente, durante el transcurso de millones de siglos, las formas que actualmente tienen.

Ellas han establecido, además, que el hombre no es más que el producto más perfecto de este larguísimo y continuo desenvolvimiento y que no solamente hace algunos millares de años que el hombre no hablaba todavía y se acercaba mucho al tipo animal, en la verdadera acepción de la palabra, sino que debe descender de los animales más inferiores de la escala zoológica, puesto que toda otra suposición es inadmisible. Partiendo de esta premisa, la historia natural nos hace considerar a Dios, cuando fabrica al hombre, como un charlatán ridículo; pero ¿para qué insistir en esto? Seguramente que esto que decimos no es del agrado de los corifeos de este Dios.

Que sus historias tengan o no un sello científico, no importa; es indispensable creer, si no sucede así, Dios os enviará a buscar por el diablo (su competidor), lo cual supongo que no debe de ser muy agradable, pues en el infierno reinan no solamente las lágrimas y los continuos rechinar de dientes, sino, lo que es peor todavía, quema el fuego eterno, un gusano insaciable os roe y la pez ardiente os envuelve en aquel antro.

Después un hombre sin cuerpo, es decir, un alma, será asada; su carne será tostada, sus dientes rechinarán todavía más, llorará sin ojos y respirará sin pulmones; los gusanos roerán sus huesos enterrados eternamente en la fosa y aspirará su nariz el olor sulfuroso… todo esto eternamente. ¡Maldita historia!

Fuera de esto, Dios, como dijo él mismo en su crónica, la Biblia, especie de autobiografía, es excesivamente caprichoso y ávido de venganza; en fin, un déspota de primer orden.

Apenas Adán y Eva fueron creados, ya fue ya preciso gobernar la raza humana; por esta causa, Dios emitió un código con esta prohibición categórica:

"No comeréis del fruto del árbol de la ciencia".

Desde entonces no ha existido ningún tirano, coronado o sin corona, que no haya lanzado, a su vez, esta prohibición a la faz de los pueblos.

Pero Adán y Eva desobedecieron esta orden y Dios los expulsó del paraíso, condenando a ellos y a sus descendientes para siempre a los más rudos trabajos. Además los derechos de Eva le fueron suprimidos y ella fue declarada sirvienta de Adán, a quien debía prestar obediencia.

La severidad de Dios hacia los hombres no sirvió de nada; al contrario, cuanto más aumentaba más le desobedecían. Se puede uno formar idea de la fuerza de su propaganda cuando se lee la historia de Caín y de Abel, hasta que Caín mató a su hermano. Caín se fue a un país extranjero y tomó mujer. El buen Dios no nos dice ni de dónde venía ni dónde estaba ese país, ni las mujeres que contenía, lo cual no debe asombrarnos si tenemos en cuenta que puede haberlo olvidado cuando estaba sobrecargado de trabajos de toda especie, o se dedicaba a arrancar costillas para hacer mujeres.

En fin, cuando la medida estuvo llena, Dios resolvió el exterminio de todo el género humano por medio del agua.

Solamente escogió una familia para hacer un último ensayo, y debemos hacer constar que anduvo con poco tino en la elección, a pesar de toda su sabiduría, puesto que Noé, el jefe de los supervivientes, se mostró prontamente como un gran calavera, divirtiéndose con sus hijos. ¡Qué podía salir de tal padre de familia!

El género humano se esparció de nuevo y produjo muchos "pobres pecadores". El buen Dios habría hecho bien haciendo estallar su divina cólera al ver que todos sus castigos ejemplares, como la destrucción de ciudades enteras, Sodoma y Gomorra, por el azufre y el fuego, no servían de escarmiento.

Entonces él ya había resuelto exterminar a toda esta canalla, cuando un acontecimiento de los más extraordinarios le hizo variar de intento; sin esto la humanidad ya habría desaparecido.

Un día se apareció cierto "Espíritu Santo" a una joven desposada. El escritor de la Biblia, es decir, Dios, dice que el Espíritu Santo es él mismo. Por consiguiente, en este momento se nos presenta Dios bajo dos formas diversas. Este Espíritu Santo tomó la forma de un pichón y se presentó a una mujer conocida con el nombre de María. En un momento de dulce transporte de gozo, el pichón "cubrió con su sombra" a la mujer y he aquí que ella puso en el mundo un hijo, sin que todo eso fuera en menoscabo de su virginidad. Hay que advertir que esta mujer era ya casada.

Dios, desde entonces, se llamó Dios padre, cuidándose muy bien de hacernos saber que él no tuvo más que un hijo, no solamente bajo la forma del Espíritu Santo, sino también por la parte del hijo. ¡Sublime consideración! El padre es su propio hijo, del mismo modo que el hijo es a la vez su padre, y los dos a la vez son el Espíritu Santo. Con este soberbio galimatías se forma la Santísima Trinidad.

¡Y mientras tanto, pobre cerebro humano, tente quieto, puesto que por el acto de pensar te podrías ganar inmensas penas! Nosotros sabemos por la Biblia que Dios padre había resuelto exterminar a todo el género humano, lo cual causó inmensa pena al Dios hijo. Entonces el hijo (que, como ya sabemos, es uno mismo con su padre), tomó todas las culpas sobre sí (el hijo, como ya sabemos, con el padre son una misma cosa), y para aplacar la cólera de su padre se hizo crucificar por aquellos mismos a los cuales quería salvar del exterminio proyectado por las iras paternas.

Este sacrificio del hijo (que es a la vez su padre) fue tan del agrado del padre, que publicó una amnistía general, la cual está todavía en vigor en los tiempos que corren.

Trataremos también del dogma de las recompensas y del castigo del hombre en el "otro mundo".

Hace ya muchísimo tiempo que está probado científicamente que no hay otra vida que la del cuerpo, y que el alma -lo que los charlatanes religiosos denominan alma- no es otra cosa que el órgano del pensamiento, el cerebro, el cual recibe las impresiones por los órganos de los sentidos y que, por lo tanto, el movimiento del cerebro debe cesar necesariamente con la muerte corporal. Pero los enemigos jurados del progreso y de la libertad humana prescinden de los resultados de los experimentos científicos, los que penetran asaz lentamente en el pueblo.

Es de este modo como predican la vida eterna del alma. ¡Infeliz de ella en el otro mundo si el cuerpo que la aprisionaba no ha seguido puntualmente en esta vida las leyes de Dios! Además, estos buenos sacerdotes nos lo aseguran; Dios, tan bondadoso, tan justo, tan magnánimo, se ocupa de los más mínimos pecadillos de cada uno y los registra en sus libros de actos (aquí, lo que admiro es el trabajo de comprobación y de contabilidad). Al lado de esto, ved el lado cómico de sus exigencias:

Mientras exige que los recién nacidos sean remojados con agua fría (bautizados) en honor suyo, con evidente peligro de que un resfriado los lleve a la tumba; mientras aprueba con gran placer que numerosas ovejas creyentes le canten sus letanías y que los más fanáticos de su partido le canten sin interrupción piadosísimos himnos solicitándole toda suerte de cosas, desde la más sencilla a la más imposible; mientras se mezcla con los guerreros sanguinarios haciéndose inciensar y adorar como "Dios de las batallas", se pone furioso cuando un católico come carne un viernes de cuaresma o no va regularmente a confesarse, y se irrita igualmente cuando un protestante es irreverente con los huesos de los santos, o con las imágenes y otras reliquias de la virgen casada que concibió a su hijo; o por si algún fiel deja de hacer su peregrinación anual con el espinazo doblado, las manos juntas y los ojos entornados hacia el cielo. Si un hombre muere "en pecado", el buen Dios le inflige una pena horrenda, al lado de la cual los azotes, todos los tormentos de las prisiones y destierros, todas las penas sentidas por los condenados a presidio y todos los suplicios inventados por los tiranos aparecen como un agradable entretenimiento. Este buen Dios supera en crueldad bestial a todo lo que pueda concebirse de más malvado sobre la tierra. Su cárcel se denomina infierno, su verdugo es el demonio y sus castigos duran eternamente.

Pero, por ligeras faltas, y a condición de que el delincuente muera católicamente, le concede el perdón de sus pecados mediante una condena más o menos larga en el "purgatorio", que se distingue del infierno como en Rusia se diferencia la cárcel del presidio.

El que está en cuarentena en dicho purgatorio no es transportado sino después de una residencia relativamente corta, disfrutando de una disciplina no muy despótica. Los supuestos "pecados mortales" no son castigados en el purgatorio; lo son en el infierno. Entre estos últimos es preciso incluir los blasfemos de palabras, en pensamiento y en escrito. Dios no tolera no sólo la libertad de prensa y de expresión, sino que impide y prescribe los pensamientos e ideas en ciernes que pudieran disgustarle.

Vencidos los déspotas de todos los países y de todos los tiempos, superados dichos tiranos por escogimiento y duración del castigo, este Dios, pues, es el monstruo más horroroso que uno pueda llegar a figurarse. Su conducta es aún más infame si se tiene en cuenta que en el mundo entero, toda la humanidad, tiene reguladas sus acciones por su divina providencia.

En consecuencia, él castiga las acciones de los hombres, de los cuales es el único inspirador. Los tiranos de la tierra de todos los tiempos, tanto pasados como presentes, son buenos y amables comparados con este monstruo. Pero si place a este Dios que alguien viva en su gracia, entonces le castiga antes y después de su muerte, puesto que el paraíso prometido es todavía más infernal que el infierno. No se tiene allá ninguna necesidad, antes al contrario, todos los deseos son satisfechos antes que la necesidad sea sentida.

Mas, como no puede haber ninguna satisfacción sin que haya deseo de algo, seguido del cumplimiento de éste, el cielo ha de ser bien monótono e insípido. Se está en el cielo eternamente ocupado en contemplar a Dios; se oyen siempre las mismas melodías tocadas con las mismas arpas; allí se canta continuamente el mismo cántico, que de tanto repetirse ha de hacer el efecto monótono del Mambrú se fue a la guerra. En fin, es la sosería y fastidio llegados al grado máximo. La estancia en una celda aislada, a nuestro modo de ver, sería preferible.

Nada de extraño hay en que los ricos y los poderosos se procuren el paraíso en la tierra y, burlándose del cielo digan, como el poeta Heine: Nosotros dejamos el paraíso a los ángeles y a los payasos.

Y, sin embargo, son justamente los ricos y los poderosos los que dan mayor brillo a la religión. Seguramente ésta forma parte de su oficio. Al mismo tiempo es una cuestión de vida o muerte para la clase explotadora, la burguesía, que el pueblo sea embrutecido por la religión; su poder aumenta o decrece según aumenta o disminuye la locura religiosa.

Cuanto más partidario de la religión es el hombre, más creyente es. Cuanto más cree, menos sabe. Cuanto menos sabe, es más bestia, y cuanto más bestia, más fácilmente se deja gobernar.

Esta lógica fue conocida por los tiranos de todos los tiempos y por eso hicieron alianza con el cura. Algunas divergencias ha habido entre estos enemigos de la libertad del género humano por recabar cada uno para sí la mayor suma del despotismo, pero no ha sido esto obstáculo para que vivieran unidos para embrutecer, oprimir y explotar el linaje humano.

Los curas saben perfectamente que su dominio sobre las conciencias se acabaría el día en que no le prestasen ayuda los tiranos y los ricos. Y los ricos y los poderosos no ignoran que su imperio desaparecería el día en que los curas no embruteciesen moral e intelectualmente a las multitudes. Todos los curas indistintamente, no importa la secta a que pertenezcan, han sembrado con feliz éxito en el seno de las masas la idea de que este mundo es un valle de lágrimas, le han infiltrado al mismo tiempo la idea de respetar y someterse a la autoridad, con la expectativa de una vida más feliz en el otro mundo.

Wendhorst, el jesuita por excelencia, dio a entender muy claramente, en el calor del debate parlamentario, lo que los fulleros y los charlatanes representan a este respecto. "Cuando la fe disminuye en el pueblo -dice- éste se da cuenta de que no puede soportar su miseria y se subleva". Esta frase fue clara y terminante, y debería hacer reflexionar mucho a los trabajadores. Pero ¡qué esperanza! ¡Hay tantos estúpidos, gracias a la ignorancia y al fanatismo, que oyen las cosas sin llegarlas jamás a comprender!

No es en vano que los curas, es decir, los sayones negros del despotismo, se vean obligados a emplear todo su poder para oponerse a la decadencia religiosa aunque, como se sabe ya, se ríen entre ellos y sus amigos de las necesidades y tonterías que van a predicar en pago de la buena remuneración que cobran.

Durante el curso de los siglos, estos relajadores de la inteligencia han gobernado a las masas por el terror, puesto que sin éste, hace muchísimo tiempo que la locura religiosa habría desaparecido. Los calabozos y las cadenas, el veneno y el puñal, el sable y la fuerza, el látigo y el asesinato, puestos en uso en nombre de su Dios y de su justicia, han sido los medios empleados para el sostenimiento de esta locura, lo cual será un negro borrón para la historia de la humanidad. ¡Cuántos millares de individuos han sido quemados en las hogueras de la Inquisición "en nombre de Dios" por haber osado poner en duda el contenido de la Biblia! ¡Cuántos millones de hombres se vieron obligados durante las guerras a matarse entre ellos, a devastar comarcas enteras, dejando luego como rastro la miseria y la peste, después de haber robado e incendiado, para sostener la religión! Los suplicios más refinados fueron inventados por los curas y sus secuaces para mantener el temor de Dios en los que no tenían temor de ninguna clase.

Llamamos criminal al que intenta destruir a un semejante. ¿Cómo llamaremos, pues, a los que atrofian el cerebro de los demás y cuando no se dejan embrutecer los destruyen por el hierro y el fuego, y con la crueldad refinada con que lo hacía la Inquisición?

Es bien cierto que estos malvados no pueden hoy día entregarse a sus innobles instintos de destrucción como otras veces, pero hoy todavía abundan los procesos por blasfemia. En cambio, ellos saben, mientras tanto, introducirse dentro del seno de las familias y embaucar a las mujeres y a los niños, y acaparar y abusar de la enseñanza que se da en las escuelas. Su hipocresía va más en aumento que en disminución. Ellos se apoderaron de la prensa cuando se dieron cuenta de que les era imposible destruir la imprenta.

Hay un antiguo proverbio que dice: "Donde un cura pone el pie, tarda diez años en crecer la hierba", lo cual significa que cuando un hombre se halla bajo el dominio de un cura, su cerebro ha perdido la facultad de pensar, los engranajes de su inteligencia son inservibles y las arañas tejen espesas telas. Entonces el hombre parece un carnero que es presa del vértigo. Estos desgraciados han perdido lo más hermoso de la vida, y lo que es peor todavía, estos infelices son los que forman la masa de los contrarios a la ciencia y la luz, a la revolución y la libertad. Se les encuentra siempre a punto, a causa de su obtusa bestialidad, de ayudar a los que quieren forjar nuevas cadenas para la humanidad y trabajar con los que ponen obstáculos para el progreso cada vez más creciente de la especie humana.

Cuando alguien intenta curar estas enfermedades, no sólo realiza una hermosa obra consigo mismo, sino que contribuye a curar un horroroso cáncer que corroe las entrañas del pueblo, y que ha de ser total y radicalmente destruido si queremos que brille el día en que el hombre sea libre, en vez de ser juguete de los dioses y de los diablos, como ha venido sucediendo hasta el presente.

Por consiguiente, arranquemos de los cerebros las ideas religiosas, y abominemos de los curas. Estos dicen que "el fin justifica los medios". ¡Bien, muy bien! Nuestro deber es desenmascararlos y presentarlos tales como son.

Nuestro objeto es librar a la humanidad de toda clase de esclavitud, es emanciparla del yugo, de la servidumbre y de la tiranía política y económica, y para lograr todo esto se ha de sacudir antes el yugo tenebroso de las supersticiones y las creencias religiosas. Todos los medios que tengamos al alcance debemos emplearlos para conseguir este gran fin, reconocido como justo por todos los amigos de la humanidad, y debe ser puesto en práctica en las ocasiones propicias.

Todo hombre emancipado de la religión comete una falta en sus deberes cuando no hace siempre todo lo que puede para destruir la religión. Todo hombre libre de la "fe" que descuida combatir a los cuervos (curas) es un traidor a su partido.

Propaguemos contra los corruptores y alumbremos a las ovejas que les siguen. No desdeñemos arma de ninguna clase en su contra. Desde la burla más acerba hasta la discusión científica, y si estas armas no producen todo su efecto, empleemos argumentos más decisivos.

Que no se dejen pasar sin poner de manifiesto todas las alusiones a Dios y a la religión que se hagan en las asambleas, en donde sean discutidos los intereses del pueblo. Del mismo modo que el principio de autoridad y su sanción armada, el Estado, no puede encontrar gracia entre los partidarios de la revolución social -lo que está fuera de nuestro campo es naturalmente reaccionario- del mismo modo que la religión, o lo que la representa, no tiene ni puede tener lugar entre nosotros.

Téngase bien en cuenta que todos aquellos que quieren meter su charlatanería religiosa entre las opiniones de los trabajadores, por más que se presenten bajo el aspecto de la mayor respetabilidad y hombría de bien, son peligrosos personajes. Todos los que predican la religión, cualquiera que sea su forma, no pueden ser más que bobos o pícaros. Estas dos clases de individuos no sirven absolutamente para nada para el progreso de nuestras ideas. Éstas, para su realización, precisan de hombres sinceros y convencidos.

La política oportunista en este caso, es no sólo perjuicio, sino un crimen. Si los trabajadores permiten a un cura mezclarse en sus asuntos, no sólo se verán engañados, sino también traicionados y vendidos.

Mientras tanto es lógico que el pueblo dirija sus principales esfuerzos a combatir el capitalismo que le ex y al Estado que le subyuga por la fuerza, pero es necesario también que no se olvide de la Iglesia. Hace falta que la religión sea destruida sistemáticamente, si se quiere que el pueblo venga a razón, puesto que sin esto no podría jamás conquistar su libertad.

Vamos a proponer algunas cuestiones para los que siendo tontos, mejor dicho, embrutecidos por la religión, tengan ganas de corregirse. Por ejemplo:

Si Dios quiere que se le conozca, que se le tema y que se le crea ¿por qué no se presenta?

Si es tan bueno y justo como dicen los curas, ¿qué razón hay para temerle?

Si él lo sabe todo, ¿qué necesidad hay de molestarle con nuestras plegarias y con nuestros asuntos particulares?

Si Dios está en todas partes ¿para qué fin se levantan las iglesias?

Si Dios es justo ¿para qué pensar en castigar a los hombres que él mismo ha creado cargados de debilidades?

Si los hombres sólo hacen el bien por una gracia particular de Dios, ¿qué razón hay para que éste les recompense?

Si es todopoderoso, ¿cómo permite que se blasfeme?

Si él es inconcebible e imponderable ¿por qué permite que nos ocupemos de él?

Si el conocimiento de Dios es necesario ¿por qué razón es un misterio?

Y así podríamos seguir hasta llenar extensos volúmenes. La verdad es que ante tales cuestiones el creyente de buena fe se queda sin saber qué contestar, y el hombre que piensa debe demostrarle que no existe necesidad de la divinidad. Un Dios fuera de la naturaleza no es de ninguna utilidad cuando se conocen las leyes y las relaciones armónicas y variadas de la naturaleza. Y su valor moral no es menos nulo que el material.

No existe ningún país gobernado por cualquier soberano donde su manera de proceder no acarree el desorden y la confusión en el espíritu de sus vasallos. Ellos quieren ser conocidos, estimados, honrados, y el todo contribuye a embrollar las ideas que se pueden formar a su respecto. Los individuos sometidos a la dependencia y a las leyes de la divinidad no tienen, respecto al carácter y a las leyes de su soberano, otras ideas que las que les suministran los charlatanes religiosos, y éstos, a su vez, han de confesar que no se pueden formar ninguna idea clara de su amo, puesto que su voluntad es impenetrable; sus miradas e ideas son inaccesibles; sus lacayos no han llegado jamás a ponerse de acuerdo respecto a las leyes que debían dar de su parte, y ellos las anuncian de una manera diferente dentro de varias comarcas de cada país. Lo cual da por resultado inmediato que se peleen continuamente y se acusen de embusteros.

Los edictos y las leyes que sensatamente promulgan no son más que un puro embrollamiento; son juegos de palabras que no pueden llegar a ser comprendidas por los individuos que deben hacer de ellas su educación y su bandera. Las leyes de este tirano invisible necesitan ser aclaradas y sucede siempre que los mismos que las explican no logran jamás ponerse de acuerdo; todo lo que saben explicar de este tirano invisible es un caos de contradicciones, de manera que no dicen una palabra que no sea o bien una calumnia o bien una mentira.

Se le llama infinitamente bueno y mientras tanto no hay nadie que maldiga sus decretos.

Se le llama infinitamente sabio y sucede que su administración está organizada al revés de los que dicen la razón y el buen sentido. Se glorifica su justicia, y los actos que más se le glorifican sólo son feroces venganzas. Se asegura que lo ve todo, y sin embargo, todo está en el más espantoso desorden. ¿Y por qué, viéndolo todo, permite confusión tanta entre sus lacayos y tantas infamias como a diario cometen? Además, lo hace todo por sí mismo y así ocurre que los acontecimientos se suceden todos perfectamente al contrario de los planes que se le atribuyen, lo cual dice muy poco a favor de su omnisciencia (facultad de verlo y de saberlo todo; de "omnia", que quiere decir todo y "sciencia", conocimiento positivo), y más aún de su facultad de ver lo que sucederá mañana. Y, finalmente, no se deja ofender en vano y se ve obligado a sufrir, sin enojo, las ofensas que a cada cual le viene en gana dirigirle.

Se admira su saber y la protección de sus obras, y sin embargo, sus obras son imperfectas y de corta duración. Y crea, destruye y corrige sin llegar jamás a estar satisfecho de sus obras, no buscando en sus empresas más que su propia gloria, sin aguardar el objeto de ser alabado en todo y por todo. Él trabaja para el bienestar y la felicidad de los mortales, y a la mayor parte nos hace falta lo más necesario. Los que él parece favorecer son, precisamente, los más descontentos de su suerte, y se les ve a menudo sublevarse contra un amo del cual admiran la grandeza, alaban la sabiduría, honran la bondad, temen la justicia y cuyos mandamientos santifican sin cumplirlos jamás.

Este reino es el mundo; este soberano es Dios; sus lacayos son los curas; los hombres son sus esclavos. ¡Hermoso país! El Dios de los cristianos, especialmente, es un Dios que, como ya lo hemos visto, hace las promesas sólo por el gusto de no cumplirlas; envía las pestes y las enfermedades a los hombres para curarlos; un Dios que creó a los hombres a su imagen y que no quiere responsabilidad del mal que él mismo creó; que vio que todas sus obras eran buenas, y luego se dio cuenta de que no valían nada; que sabía de antemano que Adán y Eva comerían del fruto prohibido y no supo evitarlo, por lo cual castigó luego al género humano, un Dios débil que se deja engañar por el diablo, y tan cruel que ningún tirano de la tierra puede comparársele. Tal es el Dios de la mitología judaico-cristiana.

El que crea a los hombres perfectos sin advertir a los que no lo son; el que creó al diablo, sin conseguir dominarlo, es un pastelero, que la religión califica de extraordinariamente sabio; por ella es omnipotente y soberanamente justo, y castiga a millones de inocentes por las faltas de uno solo; que exterminó por medio del diluvio a toda la raza humana, excepción hecha de unos cuantos que constituyeron otra raza peor todavía que la destruida, y que creó el cielo para los tontos de capirote y un infierno para que allí ardieran los sabios que no creen en él.

Es el que se creó él mismo por medio del Espíritu Santo; que se envió como mediador entre él mismo y los otros, quien despreciado y burlado por sus enemigos, se dejó clavar en la cruz como un malhechor cualquiera en la cúspide de una montaña; que se dejó enterrar y resucitó después de muerto y que bajó a los infiernos, y luego subió al cielo, donde está sentado a la derecha de sí mismo para juzgar a los vivos y a los muertos cuando ya no haya más vivos… En fin, el que ha hecho todo esto no es más que un charlatán divino. Es un espantoso tirano cuya horrorosa historia debe ser escrita en letras de sangre, pues ella es la religión y es terror. Lejos, pues, de nosotros, esta horripilante mitología. Abominemos de este Dios de una fe sangrienta y terrorista, inventado por los curas, los cuales, sin su cinismo y ambición no hubieran alcanzado nadar en la abundancia, y no predicarían por más tiempo la humildad de los que han sabido esconder su orgullo con la máscara de la hipocresía. Lejos de nosotros esta cruel trinidad compuesta de padre asesino, de hijo concebido y dado a luz contra natura y de Espíritu Santo sensual que se dedica a hacer concebir hijos a mujeres casadas. Lejos de nosotros todos estos fantoches deshonrosos, en nombre de los cuales se quiere rebajar a la humanidad al nivel de miserables esclavos y que nos quieren mandar, en toda la potencia del embuste, de las penas de esta tierra a las inefables delicias del cielo. Lejos de nosotros todos aquellos que con su demencia religiosa son un estorbo para el bienestar y la libertad… Dios no es otra cosa que un fantasma inventado por el charlatanismo de unos cuantos malvados refinados, los cuales han torturado y tiranizado a la humanidad hasta el presente.

Afortunadamente, este fantasma va desapareciendo a medida que es examinado por la razón a la luz de la ciencia, y las masas desengañadas, después de haberse emancipado de tales aberraciones, arrojan indignadas a la faz de los curas, esta estrofa del poeta: Seas maldito Dios a quien hemos rogado durante el frío del invierno y los tormentos del hambre; pues en vano te hemos esperado largo tiempo y nos has escarnecido, engañado y manteado.

Esperamos que el pueblo no se dejará burlar y mantear más, y que pronto llegará el día en el que los santos y los crucifijos serán convertidos en astillas para encender el fuego en las cocinas, los cálices y joyas convertidos en utensilios de utilidad general, las iglesias convertidas en salones de conciertos, teatros y locales para asambleas, y en el caso de que no pudieran servir para este objeto, en graneros o cuadras para caballos. Y esto sucederá forzosamente cuando el pueblo esté ya cansado de soportar tanta maldad e infamia. Esta manera de proceder, sencilla y eficaz será, naturalmente, la que producirá la revolución social y acabará, a la par que con los curas y sus mentiras, con los príncipes y burócratas y sus privilegios, y con los burgueses y su inicua explotación.

El día en que el pueblo consiga barrer a Dios y a sus lacayos, a los gobiernos y a sus sayones y a los burgueses y a sus perros, ese día será libre y podrá ocupar el puesto que le corresponde en la sociedad y en la naturaleza.

Johann Most

jueves, 14 de noviembre de 2019

¿Raíces cristianas de Europa?


A propósito de las raíces cristianas de Europa oímos demasiado a menudo decir que las instancias políticas que hoy declaran compartir los países europeos, el “pluralismo”, la “pasión por la libertad”, se enraízan en el cristianismo, en el sentirse partícipes de una historia común que ha hecho del cristianismo el foco en torno al que se ha definido Europa, y que Europa es deudora del cristianismo porque, se quiera o no, le ha dado forma, significado y valores.

A quien ama la cultura y el arte, y conoce un poco de historia, estas afirmaciones le parecen falsas y engañosas, lo mismo que las ostentaciones de las propias raíces cristianas por parte de los políticos y gobernantes nada sospechosos de apoyar la libertad y la solidaridad. Basta con abrir cualquier libro de historia antigua para comprobar que el cristianismo se impuso gradualmente sobre tradiciones culturales, como la griega, la romana, las orientales, que durante milenios habían producido obras filosóficas, artísticas y científicas, impulsando el desarrollo de las matemáticas y de la lógica, dado los primeros pasos en las ciencias naturales. Basta con ir más allá de las hagiografías y de las leyendas construidas por el cristianismo mismo y adentrarse un poco en la historia de los descubrimientos, de los escritos y de los documentos para entender que el cristianismo no se desarrolló en una sociedad sin formas, significados y valores, y que por eso mismo, desde el primer momento de su afirmación, impuso sus dogmas irracionales.

¿Qué nos cuenta la Historia? Los documentos y los descubrimientos nos hablan de una cultura nacida en Atenas un milenio antes, difundida en las ciudades más importantes del Mediterráneo a través de las escuelas de insignes filósofos, las obras de famosos escultores y los templos de los grandes arquitectos, y prácticamente anulada por el cristianismo de los primeros siglos. Todavía hoy lamentamos los daños que los Padres de la Iglesia infligieron a la civilización helénica en poco más de doscientos años.

En poco menos de dos siglos, del Edicto de Constantinopla, que legalizaba el culto cristiano, al de Salónica, que lo declaraba culto oficial del Imperio, hasta el de Justiniano, con el que se cierra la antigua escuela filosófica de Atenas, una buena parte de aquel patrimonio cultural fue destruida o entregada a las llamas.

La Historia nos cuenta que apenas entra el cristianismo en los centros de poder, inaugura una violenta intolerancia religiosa, nunca vista antes, hacia tanta cultura “pagana” y contra quienes, pagándolo con la vida, rechazaban adherirse a este nuevo pensamiento absolutista. Muchos de ellos, efectivamente, fueron torturados o asesinados.
Ya con Constantino comenzó una obra de destrucción de templos, de estatuas y de textos de la cultura helenística. Su sucesor, el emperador Constancio, ordenó la pena de muerte para quienes practicaran sacrificios o idolatría. El emperador Flavio ordenó quemar la biblioteca de Antioquía y decretó la pena de muerte para todos los paganos que practicasen el culto antiguo a los dioses ancestrales o la adivinación. Bien pronto se confiscan las propiedades de los templos paganos y se condena a la pena capital a todos aquellos que practiquen rituales paganos, incluso si lo hacen privadamente. Y con el Edicto de Teodosio, que convertía el cristianismo en religión exclusiva del Imperio Romano, prohibiendo las demás religiones, la destrucción de la cultura helenística y la supresión del paganismo se convierten en razón de Estado.

Con la autorización del obispo de Milán, San Ambrosio, para que destruya todos los templos no cristianos y construya iglesias sobre sus cimientos, todo obispo del Imperio está implícitamente autorizado a destruir templos y a perseguir a los “paganos”, a los cristianos heterodoxos, a los apóstatas del cristianismo y a los epicúreos, que sostenían la teoría atomística de Demócrito. En el año 385 se ordenó la pena de muerte para los arúspices; en 391, desde Milán, el emperador Teodosio promulgó un decreto que impedía el acceso a los templos “paganos”, aunque solo fuese para admirar obras de arte: “Nadie viole la propia pureza con ritos sacrificiales, nadie inmole a víctimas inocentes, nadie se acerque a los santuarios, entre en los templos y vea las imágenes esculpidas por mano mortal para que no se haga merecedor de sanciones divinas y humanas”. 
Con los edictos y decretos de los emperadores cristianos sucesivos se asiste a una cruel y despiadada anulación de la cultura existente.

En todas las ciudades del Mediterráneo, en Alejandría, en Constantinopla, en Roma y en Atenas comienzan a proliferar turbas de fanáticos cristianos incitados por personajes que en su mayoría serán declarados santos o Padres de la Iglesia. Piénsese en el papel del obispo Cirilo durante el feroz linchamiento de la filósofa neoplatónica Hipatia, ocurrido en Alejandría en el siglo V a manos de una banda de fundamentalistas cristianos denominados parabolanos, que según diversas fuentes estaban al servicio del obispo elevado después a los altares. Se puede incluso dudar de que haya sido el propio Cirilo quien ordenase el brutal asesinato, pero lo que no se puede negar es que los parabolanos eran los secuaces del obispo en la destrucción de la cultura “pagana”. San Porfirio, obispo de Gaza, demolió casi todos los templos paganos de la ciudad. Así como en Alejandría, bajo el mando del obispo Teófilo, los fanáticos cristianos, con los mismo medios (piedras afiladas y barras de hierro) destruyeron el admirable templo de Serapis, del que Amiano Marcelino había escrito: “Su esplendor es tal que las simples palabras le harían injusticia”.

Una buena parte de la biblioteca más grande del mundo, la de Alejandría, fue destruida. Había sido la primera biblioteca pública y en un tiempo llegó a albergar centenares de miles de textos.

Se ha necesitado más de un milenio para que otra biblioteca pudiese acercarse a tal enormidad. Arquímedes, Euclides, Eratóstenes, Calímaco y Aristarco de Samos, que había propuesto el primer modelo heliocéntrico del sistema solar, habían estudiado allí. Incluso Teón, famoso matemático de la época, y padre de Hipatia, se había formado en aquella biblioteca. En poco tiempo fueron cerradas casi todas las bibliotecas públicas del Imperio, pero no se contentaron con eso: las bandas cristianas incluso irrumpían en las casas de los sospechosos “paganos”. Amiano Marcelino refiere con disgusto y dolor que “innumerables libros y montones de documentos fueron apilados y quemados”. Se destruyeron o eliminaron de la Historia estudios de física, de matemáticas o de ciencias naturales que habrían podido contribuir a ofrecer a la humanidad un futuro diferente de aquel que se bosquejaba: ¡el Medioevo! Ante tanto desastre, Palada, famoso poeta y gramático del siglo IV, se preguntaba: “¿No es seguramente cierto que estamos muertos y que nosotros, los griegos, parece que tengamos solo una sombra de vida (…) o estamos vivos y es la vida la que está muerta?”.

Los escritos de muchos filósofos fueron censurados y sus obras consideradas fuera de la ley y destruidas en su mayor parte.
 El obispo Marcelo aterrorizaba con sus bandas arrasando templos helénicos, santuarios y altares. Entre otros, fueron destruidos el templo de Odesa, el Cabeireion de Imbros, el templo de Zeus de Apamea, el de Apolo en Dídimos y todos los de Palmira. En la reciente incursión fundamentalistas del ISIS en Palmira, Occidente se ha escandalizado por la atrocidad desarrollada, olvidando o ignorando que la gran atrocidad en aquella ciudad ya fue cometida en el siglo V por una banda de fanáticos cristianos. Primero destruyeron uno de los más admirables templos dedicados a Atenea. La estatua fue decapitada, le cortaron la nariz y redujeron a pedazos su característico casco, troncharon sus brazos a la altura de la espalda, arrancaron del suelo el altar y lo destruyeron.

El emperador Valente ordenó una persecución tremenda contra los paganos en toda la parte oriental del Imperio. En Antioquía fueron ajusticiados, junto a otros muchos paganos, el exgobernador Fidustio y los sacerdotes Hilario y Patricio, y torturados o asesinados miles de inocentes que simplemente rechazaban traicionar el culto tradicional de sus antepasados.

Se queman numerosos libros en las plazas de las ciudades del Imperio. Se persigue a todos los amigos del emperador Juliano el Apóstata (Orebasio, Salustio, Pegasio, etc.), último emperador pagano. El filósofo Simónides fue quemado vivo y el filósofo Máximo fue decapitado. El emperador, entre otras cosas, ordenó al gobernador de Asia, Fisto, que exterminara a quienes no se convirtieran al cristianismo, y que se destruyeran todas las obras paganas que se encontraran. La gente, aterrorizada, comenzó a quemar por decisión propia sus bibliotecas para escapar del peligro.

Millares de inocentes paganos en todo el Imperio fueron asesinados en el campo de concentración de Esquitópolis. “Y de las más remotas localidades del Imperio venían encadenados innumerables ciudadanos de toda edad y clase social. Y muchos de ellos morían en el recorrido o en las prisiones locales. Y los que conseguían sobrevivir, acababan en Esquitópolis, una remota ciudad de Palestina, donde estaban emplazados los instrumentos para las torturas y las ejecuciones”, escribe Amiano Marcelino.

Eran barbudos vestidos de negro. Cuando llegaban, aterrorizaban, destruían, mataban y deportaban. Cuando destruían un lugar sagrado, implantaban cerca una fábrica de cal que se aprovechaba reduciendo a polvo estatuas y decoraciones marmóreas. El templo de Venus de Roma en la Vía Sacra tuvo este fin junto a otros muchos. En los museos de todo el mundo no es difícil encontrar obras del gran Fidias o de Praxíteles decapitadas y devastadas por fanáticos cristianos. El mismo San Agustín escribía: “En efecto, que sea suprimida toda superstición de los paganos, Dios lo quiere, Dios lo manda, Dios lo ha establecido”.

Los restos y los documentos sobre la destrucción de templos en los primeros siglos del cristianismo cuentan cómo en la ciudad de Atenas fue profanada la colosal estatua de la diosa Atenea en la Acrópolis, y que las esculturas y los mármoles del Partenón corrieron la misma suerte. Una gran estatua de Afrodita fue desfigurada con una tosca cruz tallada en la frente, los ojos devastados y la nariz hecha pedazos. En poco más de un siglo desaparecieron las más bellas esculturas.

En Cirene fue profanado el antiguo templo de Démeter. En Esparta se mutiló una estatua colosal de Hera, y la cara se desfiguró con cruces. No fueron respetados ni siquiera los bosques consagrados a alguna divinidad: esos templos naturales de paz fueron destruidos y en muchos casos talados los árboles. En Constantinopla, un antiguo templo de Afrodita fue destruido y adaptado a garaje para las bigas de un burócrata cristiano. En Cartago, el templo de la diosa Juno Celeste, identificada con la antigua diosa Tanit, fue abatido junto a los demás santuarios de la ciudad. Incluso algunos instrumentos musicales fueron censurados y prohibidos, como las flautas, en particular la flauta doble dionisíaca (flauta de Pan), considerada instrumento de los “músicos del diablo”.

Pan, Dionisios, Démeter y todas las divinidades ligadas a la tierra, a la reproducción, al despertar de la primavera y al goce de los sentidos se habían convertido en expresiones del demonio, e impedimento para alcanzar el paraíso del otro mundo. Es útil recordar que en los primeros siglos los cristianos inscribían en sus sepulcros solamente la fecha de su muerte, para demostrar que el único acontecimiento de su vida era la unión con Dios, mientras que los “paganos” ponían los años, meses y días del difunto para revelar las posibilidades que había tenido esa persona para ser feliz.

A pesar de todo, los restos y documentos que poseemos son solo la mínima parte que ha sobrevivido a siglos de devastación. Jamás sabremos cuánto se ha destruido realmente ni cuántas víctimas ha producido realmente el cristianismo; quedan algunas pruebas, pero mucha documentación se ha perdido. Los cristianos no solamente desfiguraban el objeto de su odio, sino que también suprimían cualquier traza de ese mismo objeto; los textos conservados en los templos no tenían un destino mejor. En las hagiografías cristianas, quien guía y alienta estas correrías raramente viene descrito como una figura violenta y brutal: los adjetivos que se emplean son “celoso”, “pío” o “enfervorizado”.

En Alejandría, como sucedía en otras ciudades, las fuentes cristianas relatan que tras la destrucción del templo de Serapis, “muchos paganos, habiendo condenado este error y dándose cuenta de su maldad, abrazaron la fe de Cristo como religión verdadera”. En cambio, los escritores “paganos” afirman que los ciudadanos eran aterrorizados y se convertían por miedo. Libanio, famoso orador de la época, protestó con contundencia: “Hablan de conversiones aparentes, no de conversiones reales. Sus ‘conversos’ en realidad no han cambiado, solo disimulan haber cambiado. ¿Qué ventajas han obtenido cuando la adhesión a la doctrina es una cuestión de palabras privadas de realidad? En casos similares, es necesaria la persuasión, no la constricción”. Pero para la Iglesia las ventajas eran indiscutibles, esa estrategia violenta estaba aumentando de modo exponencial las filas de los conversos. Las altas esferas eclesiásticas, más que preocuparse por la violencia utilizada, temían que los conversos, una vez pasado el miedo, volvieran a sus antiguas religiones. Para mantener estas falsas conversiones se decretó la pena de muerte para quienes fueran sorprendidos en sus antiguos templos una vez convertidos.

Cuando Constantino “vio” la cruz en el cielo, la gran mayoría del pueblo era pagana, y los cristianos eran una exigua minoría. Los cálculos de los historiadores nos dan cifras entre el siete y el diez por ciento del total de la población del Imperio. Apenas dos siglos después, los cristianos eran ya la mayoría. Y si nos preguntamos cómo ha podido una cultura tan importante cambiar sus propias creencias y el propio saber en tan poco tiempo, las conversiones forzadas y las persecuciones estatales parecen, si no la única respuesta, sí en cualquier caso un factor determinante.

En el cuarto concilio eclesiástico de Cartago de 398 se prohibió a todos, incluidos los obispos cristianos, el estudio de los libros “paganos”. Tanto en Oriente como en Occidente, innumerables libros filosóficos y científicos del mundo precristianos perecieron en la hoguera. Muchas obras en pergamino fueron después borradas (en aquel tiempo escaseaba el pergamino) para escribir encima sobre temas teológicos. Una copia de De republica de Cicerón tenía que dejar espacio a una transcripción de los Salmos comentada por San Agustín, un trabajo de Séneca desaparece tras el enésimo Antiguo Testamento, un códice de la Historia de Salustio fue utilizado para un texto de San Jerónimo y así sucesivamente. Los libros de Demócrito, padre de la teoría del átomo, se perdieron. En el siglo V se prohíbe por ley la enseñanza de los filósofos “paganos”: “Prohibimos la enseñanza de cualquier doctrina de quien trafica con la locura del paganismo”, con el fin de evitar que los paganos pudieran “corromper las almas de sus discípulos”. Finalmente, en 529, el emperador Justiniano decretó la clausura de la escuela filosófica de Atenas, fundada por Platón en 387 a. n. e., que había albergado a treinta y seis generaciones de filósofos. En 590, el papa Gregorio, llamado Magno, ordena quemar la biblioteca de Apolo Palatino “para que su extraña sabiduría no pueda impedir a los fieles entrar en el Reino de los Cielos”.

Lo que ha sobrevivido es, de hecho, una mínima parte de cuanto se ha sustraído al pensamiento humano, y hoy todavía la historia de los sufrimientos y los dolores de quienes fueron derrotados por el cristianismo es algo relativamente poco contado y todavía menos recordado. Frente a los kilómetros de libros que se han escrito sobre el papel positivo de los cristianos, poco o nada se encuentra sobre lo que la humanidad ha perdido en su desarrollo con la desaparición de aquel patrimonio cultural que los cristianos, todavía hoy, reducen sumariamente a la palabra “paganismo”.

Los monjes llegaron a copiar mucho, a veces falsificando los textos, pero fue mucho más lo que se perdió. Las obras de Aristóteles sobre Física, Ética y Política, como sabemos, se recopilaron en el Medioevo tardío o en el Renacimiento, a pesar de la aversión y las prohibiciones de la Iglesia, a través de la traducción en latín de los textos originales griegos recogidos, custodiados y comentados por los estudiosos árabes y, en particular, por Avicena en el siglo XI y por Averroes en el XII.

Hoy todos reconocen la contribución inestimable de esos restos culturales que sobrevivieron a la devastación cristiana sobre el pensamiento medieval, el humanismo renacentista, la cultura moderna y la contemporánea. Aquellas culturas “paganas” dieron origen al pensamiento y a la metodología científica, y aun madurando dentro de sociedades basadas en la esclavitud y absorbiendo todas sus contradicciones, sirvieron de modelo para muchos de los ideales de libertad, justicia y tolerancia de los que se nutrió Occidente después, en épocas más modernas, a pesar de la represión de las autoridades religiosas, que hasta el siglo XVIII mantuvieron encendidas sus hogueras. La Inquisición mandó a la hoguera a decenas y decenas de herejes, entre ellos a Giordano Bruno. Galileo fue procesado y tuvo que abjurar para no acabar del mismo modo. Descartes se retiró a Holanda para tener más libertad, e incluso Spinoza conoció la amenazadora hostilidad de las autoridades religiosas. El evolucionismo de Darwin es hoy anatemizado todavía en ciertos ambientes cristianos, y la teoría de la relatividad de Einstein tiene a ojos de la Iglesia un cierto tufillo a herejía.

Incluso a través de los pocos hechos históricos aquí sumariamente mencionados, debería quedar claro que los ideales de democracia, justicia, libertad y solidaridad humana en los que se ha inspirado una parte de la tradición europea en los pasados milenios e incluso hoy, con total hipocresía por parte las clases dirigentes de Europa que dicen inspirarse en ellos, han sido en gran parte formuladas no gracias sino a pesar de nuestras raíces cristianas.

Los ideales de democracia, de libertad y de justicia social proceden, en realidad, de raíces lejanas a nuestra civilización, que surgen en fases anteriores al helenismo, que por suerte cada cierto tiempo resurgen, incluso después de tantos siglos, a pesar del indiscutible absolutismo, la superstición, el fanatismo y las cruentas represiones de la Iglesia.

Franco Celotto 

Publicado en el periódico Tierra y Libertad # 367 (febrero 2019)