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jueves, 17 de octubre de 2019

Siglo XXI nº 51

La causa del cambio climático es el modo de producción y crecimiento capitalista, sea este neoliberal o de Estado. Ser conscientes de lo que está en juego supone enfrentarnos con una realidad en la que estamos implicadas todas, unas con más responsabilidad que otras, desde luego.

A estas alturas del siglo XXI, el grado de destrucción del equilibrio medioambiental es tan cuantioso, que hace que la catástrofe climática sea imparable, desconociendo las características concretas que la van a definir. Nosotras ni nadie puede detener ya el colapso que viene; eso hace que tengamos muchas tareas por delante que ejecutar en los próximos años.

El Estado y el Capital, mientras tanto, permanecen a la expectativa, valorando las posibilidades de negocio que la situación les puede producir. Es más que probable que actúen de dos maneras: una, socializando los costes de adaptación a la misma, maximizando beneficios; y la segunda, aplicando un ecofascismo planetario. Para el Capital, en última instancia, la crisis climática no es más que otra oportunidad de negocio.

Si el sistema de producción capitalista, en cualquiera de sus presentaciones, es el responsable último del desastre ecológico; si, igualmente, este parece imparable, y el Estado con toda probabilidad va a aplicar el ecofascismo como herramienta de equilibrio social, hay que luchar desde hoy mismo para acabar con el capitalismo y con el Estado garante de su funcionamiento. Es necesaria una revolución desde abajo, a todos los niveles, que cimiente formas alternativas de vivir, lejos de la destrucción del medio y las relaciones de dominación. Si no podemos detener el desastre al menos podemos aprovecharlo para levantar una nueva sociedad.

Generalmente, se afirma que eliminada la cusa desaparece el problema originado por la misma. En el caso de la crisis climática, acabar con el capitalismo y el Estado no va a ser suficiente para garantizar una supervivencia digna; es imprescindible prepararnos para el post-colapso medioambiental y social que está en ciernes. ¿Cómo lo hacemos? Generando estructuras de subsistencia basadas en la autosuficiencia, la solidaridad y el apoyo mutuo, siempre respetuosos con el equilibrio de los ecosistemas. Nuestra labor como anarquistas tendría que ir dirigida en varios frentes; uno directamente contra la causa del mal; otro, impulsar la concienciación de la mayor cantidad de personas posibles sobre la emergencia en la que vamos a vivir a corto plazo, así como de la necesidad de organizarse para que el post-colapso sea lo más llevadero y constructivo posible; el tercer frente iría encaminado a levantar una sociedad paralela a la actual, a imagen y semejanza de la que vendrá después cuando el sistema capitalista se vuelva poroso y se desintegre. La batalla empieza ahora.

La Federación Libertaria de Madrid apoya las movilizaciones que se van a realizar el 27 de septiembre bajo el título “Huelga Mundial por el clima”.

LUCHAR CONTRA EL CAPITAL Y EL ESTADO ES LUCHAR POR EL EQUILIBRIO ECOLÓGICO Y LA VIDA PLANETARIA.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Siglo XXI nº 50

Un buen número

Este es el número 50 de Siglo XXI. Hace cinco años era difícil de imaginar que llegaríamos tan lejos. Con su edición hemos crecido a nivel personal y político, a pesar del esfuerzo que ha exigido, con muchas dudas sobre si merecía la pena continuar o no con el proyecto; después de todo, hemos sobrevivido al desgaste y al desanimo. Aunque nuestras fuerzas se agoten “La idea” permanece viva e indesmayable.
A partir de este número pretendemos iniciar una nueva andadura centrada en recoger, reflejar y difundir las actividades que los colectivos libertarios de la Comunidad de Madrid realizan en su territorio, y lo haremos mensualmente.
Somos ambiciosos con nuestro empeño, nos ilusiona esta tarea. Nuestro horizonte es de manera inequívoca la utopía.
Es cierto que en ocasiones nos sentimos solas en nuestro quehacer cotidiano, tal vez porque no hemos sabido visibilizarnos, sobre todo con la hermandad afín que es la familia ácrata. Quizá nos ha faltado algo de atrevimiento y generosidad con aquellas personas que comparten nuestra visión del mundo.
La máxima que nos impulsa hoy es “juntas somos más fuertes”. Estamos en ello.

¡Viva la Anarquía!

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lunes, 19 de agosto de 2019

Siglo XXI nº 49

PSOE-Podemos, más de lo mismo

Buen espectáculo el que hemos presenciado durante el mes de julio en lo que se refiere al reparto de sillones en ese hipotético gobierno de la nación que va a salvar a sus gentes de la zozobra y el desastre. Ricardo Mella se hubiera sentido maravillado ante la magnífica confirmación de sus tesis antiparlamentarias expresadas con acierto en La ley del número contra el parlamento burgués. No vamos a hablar de la izquierda porque esa etiqueta ya no se puede aplicar en nuestro país puesto que no existen partidos anticapitalista y si los hay se encuentran fuera del espectro parlamentario. En cualquier caso, el PSOE –un partido social-demócrata que ni es marxista, ni cuestiona el capitalismo, ni las políticas neoliberales, y, por supuesto, defiende el militarismo, si tiene pocos escaños en el Parlamento hace una política progre (no de izquierdas), con leves mejoras a las políticas sociales (sin tocar al ejército, las leyes represivas, las leyes laborales, a la banca, a la Iglesia, etc.). Si está en mayoría, entonces la cosa cambia radicalmente, en esa circunstancia, apuesta fuerte por el neoliberalismo teñido de rojo, cuando no sigue sin tapujos las directrices del FMI, el Banco Mundial, el BCE o el IBEX35.
Este mes de julio le correspondía el papel de progre desmelenado sin pasarse, claro. Ha prometido una mejora generalizada en las políticas sociales: prometido, porque no tienen parlamentarios suficientes para gobernar; primero han hecho guiños a la derecha pero esta se la tiene jurada por echar a Rajoy con la moción de censura. Además, el PP y Ciudadanos tampoco tienen mucho que ofrecer por lo que su postura más cómoda es acusarles de pactismo y tolerancia con el independentismo (ya no existe ETA) y esperar nuevas elecciones a ver qué pasa. De este modo, el nuevo salvador de los desheredados de nuestra tierra, el Sr. Sánchez, tiene que mirar hacia Podemos con todo el dolor de su corazón. Ya sabemos que Podemos posee otra salvador de la patria, el Sr. Pablo Iglesias; director sin cuestionamiento posible de un partido leninista sin base social, oportunista, aventurero, al que no le ha temblado el pulso a la hora de descabezar los movimientos sociales para montar su maquinaria electoral, hoy en declive. En cuanto alguna persona dentro del partido ha intentado hacerle sombra, la ha eliminado.
El resultado de la negociación entre las dos formaciones ha sido el que ha sido: un viaje a la nada.
Eso sí, a ambas se les ha llenado la boca de españolismo y de tener un programa que mejoraría nuestras vidas con creces. Todo un hito, de producirse, que un partido político cumpla sus promesas una vez alcanza el poder. (“Los programas se hacen para no cumplirse”, Alfonso Guerra.)
Ante estos dislates y trapicheos, la derecha se ha estado frotando las manos con regocijo, sabiéndose ganadora, pase lo que pase. PSOE y Podemos, los progres descamisados, luchan por sobrevivir, mientras ellos mantienen su trabajo diario, aumentando sus beneficios y los de que quienes les auspician.
Del resto de partidos qué podemos decir, unos defienden su terruño y el resto el escaño del diputado que lo ha conseguido.
Esta escenografía no genera sorpresas porque es la propia de la democracia representativa desde el principio de los tiempo, por lo que la acción de las asalariadas, naturalmente debería plantearse un horizonte a largo plazo más atrevido y a corto, asumir que el parlamentarismo no les representa, es un invento del Capital para gestionar mejor la obediencia, apoyado por un aparato represivo siempre bien engrasado.
Hace mucho tiempo se dijo que “La emancipación de los trabajadores y trabajadoras será obra de las mismas o no será”. Importando la frase a nuestros días, si deseamos mejorar nuestra calidad de vida, asegurar la satisfacción de las necesidades básicas y ofrecer a nuestros descendientes un futuro esperanzador, tendríamos que prescindir de las viejas formas de ordenación de la sociedad y utilizar el apoyo muto y la democracia directa como herramientas de de convivencia de los grupos humanos, federados libremente.
Nada está perdido mientras estemos vivos. Solo hay que ponerse en marcha, leer, educar, sumar fuerzas y, sobre todo, luchar sin denuedo y con alegría, si ello es posible.

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jueves, 18 de julio de 2019

Siglo XXI nº 48

Ola de calor

Empezamos de lleno el verano con ola de calor y todo. Hay quien habla de cambio climático y quien matiza que estamos, además, ante una emergencia climática, en el sentido de que las ciudades y los pueblos no están preparados para asumir más de cuarenta grados de temperatura durante el día y veintisiete grados por la noche. Sin ir más lejos, los colegios no tienen aire acondicionado. A pesar de estos datos que se han publicado en prensa, incluso en primera página, parece que el asunto no va con nosotras. O somos personas muy adaptativas capaces de soportar condiciones extremas, o la huida hacia adelante nos puede. En cualquier caso, sobre la mesa está el tema y necesariamente, tarde o temprano, que intervenir sobre él.
Pero hay más cuestiones que exigen nuestra atención de manera urgente: los problemas derivados de la carestía de los alquileres, la precariedad laboral y la fascistización de la sociedad. Nos preguntamos cómo vamos a poder subsistir con salarios de miseria, cómo vamos a afrontar alquileres que se aproximan en algunas capitales españolas al salario mínimo interprofesional. Difícil. Volvemos al Germinal de Balzac, trabajando para mal vivir en habitáculos infectos y con dificultades para cubrir los gastos más elementales. No resulta original decir que necesitamos recuperar unos sindicatos de clase combativos, que pongan freno a la insaciable vorágine capitalista. Solo unidas y organizadas seremos fuertes.
A todo lo anterior se suma el conservadurismo rampante de gran parte de la ciudadanía, que cada día que pasa está más envalentonado, y que defiende a las claras postulados que no solo atentan las leyes vigentes sino valores humanos fundamentales. En los tres primeros puntos que hemos citado –el clima, los alquileres y la precariedad laboral- podemos quedarnos quietas, a la espera de no se sabe bien qué milagro por venir que acabará con el desastre ecológico y una calidad de vida miserable de la mayoría de la población; ahora bien, cuando hablamos de derechos fundamentales: libertad de expresión, de manifestación, de reunión, de pensamiento o libertad sexual, sin ir más lejos, entramos en otro terreno más peliagudo, porque nos jugamos nuestra razón de ser como individuos libres; sin libertad no somos nada.
Sin embargo, nuestra memoria parece más frágil que nunca, hemos olvidado que “la libertad no se pide, se conquista”, que los derechos inalienables que hoy gozamos han sido arrancados a la clase dominante a base de sacrificio y sangre. Este olvido resulta nefasto. Nuestra indiferencia negligente alimenta el fascismo y la estupidez irracional más abyecta.
Ha llegado el momento de marcar una línea roja que no vamos a atravesar. Tenemos que recuperar el protagonismo en las luchas vigentes y las que están por llegar. La vida es lucha, la guerra de clases nunca ha desaparecido, es mentira, está ahí, día a día, destrozando vidas, mientras miramos para otro lado, rezando, quien crea en algo, de que a él o a ella no le toque.
Es hora de volver a organizarse, de tomar las calles, los barrios y en general aquellos lugares que nos pertenecen por derecho propio, porque nosotras somos quienes los sacamos adelante: colegios, universidades, empresas. Sin las desheredadas de la tierra, de momento, no hay sociedad, no funciona nada, entonces, ¿por qué soportamos esta ignominia a la que nos someten?

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lunes, 17 de junio de 2019

Siglo XXI nº 47

¿Y qué vas a hacer ahora?

Buena pregunta para propios y extraños. Las crédulas gentes de este país ya han votado, ahora el cuestionamiento que está sobre la mesa, es cómo piensan coaccionar a las listas electorales que han apoyado para que cumplan sus programas. Bien es sabido, como dijo esa mente deslumbrante que es Alfonso Guerra, que “los programas electorales se hacen para no cumplirse”. De ese modo parece sensato pensar que dependemos de nuestras propias fuerzas y capacidades para conseguir esos propósitos que proporcionan calidad a nuestra vida cotidiana. Es una obviedad decir que tras el proceso electoral, al recoger el campo de batalla, generalmente, la ciudadanía de izquierdas no tiene a dónde regresar porque ha partido de un supuesto básico que no es más que una cortina de humo: la democracia representativa. Cuando la derecha, como bloque de dominación, se plantea un proceso electoral, lo hace bien pertrechada, sabiendo lo que quiere y dispuesta a ganar por encima de todo; asumiendo a priori que si es derrotada puede regresar a sus bases que permanecen intactas e intocables. Suba al poder o no siempre gana porque el tablero de juego es suyo y las reglas del mismo las ha puesto ella. ¿Y nosotras, las personas asalariadas y más desfavorecidas? Fácil. Nosotras ni hemos puesto reglas ni tan siquiera nos hemos planteado cambiarlas o abolirlas, es decir, acabar con las relaciones de dominación. Para jugar partimos del hecho catastrófico de aceptar sin condiciones dichas reglas; así funciona la democracia burguesa.

Nosotras tenemos poco que decir porque hemos abandonado las ideas fuerza de “revolución”, de “socialización”, en sí, de acabar con el sistema capitalista. En el momento del reflujo post electoral, ¿a dónde vamos? Hoy por hoy no hay a dónde volver, no estamos organizadas, no poseemos estructuras de base, ni sindicatos de masas capaces de hacer frente al Capital. Así, de primeras, el porvenir parece negro, da la impresión de que solo nos resta esperar un “milagro” pendiente de definir.

La derecha, por el contrario, lo controla todo: la banca, la educación, el negocio de la sanidad, la vivienda, la energía, el transporte, el ocio. Ellos lo tienen todo y nosotros estamos desnudos, sin un horizonte “transformador” hacia el que dirigirnos. Ese horizonte es el que marca la diferencia. El conocimiento de su existencia es antiguo, aunque parezca que lo hemos olvidado. La Internacional se organizó para combatir al Capital con su misma táctica, haciendo un frente global que enfrentara en todas las naciones la explotación del hombre por el hombre.

Aunque parezca que estamos desarmados, no es así, poseemos potentes ideas, esas que inspiraron a generaciones enteras que sufrían una existencia mucho más difícil que la nuestra: la democracia directa, la solidaridad, el apoyo mutuo, el anarcosindicalismo, el federalismo. Con estas armas podemos subvertir el “sistema” y trabajar desde este momento por la Revolución Social.
 
Si no nos enfrentamos al Capital de todas las maneras posibles a nuestro alcance, contribuimos a su mantenimiento, por tanto la lucha continua, la autoorganización, la creatividad revolucionaria y una visión a largo plazo del mundo que deseamos, son imprescindibles para reagruparnos primero, organizar la resistencia después, para más adelante pasar a la ofensiva; y cuando llegue el momento, ese en el que el Estado se vuelva poroso, destruirlo hasta sus cimientos.

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lunes, 13 de mayo de 2019

Siglo XXI nº 46

Filosofía de la confusión

Estos dos meses de elecciones y parabienes “democráticos” han dado mucho de sí en lo que se refiere a poner sobre la mesa de la escena interna anarquista nuestra “visión” del mundo, nuestras estrategias y nuestra táctica o tácticas. El asombro cuando no la decepción, me han situado en el justo contexto de una realidad ácrata en crisis, a pesar de que seamos más visibles que hace una década. Hablando con personas de la escena libertaria he recibido opiniones de lo más variopinto sobre temas importantes que afectan a la base del pensamiento y trayectoria anarquista. Citaré algunas de estas opiniones que pienso definen bien diversos aspectos de las dinámicas que se producen en los grupos de afinidad libertarios. La primera de ellas parte de un par de compañeras durante una asamblea que tocaba el tema de si “organizarse o no”. Pues bien, estas dos personas, que pertenecían a grupos de afinidad, se manifestaron contrarias a cualquier tipo de organización, afirmando que incluso los grupos de afinidad tendían a destruir al individuo. Proponían, en consecuencia, la “espontaneidad” como táctica fundamental. Interesante punto de vista, al menos filosóficamente hablando, pero ineficaz; no lo digo yo, lo dice la historia de la lucha de clases. A partir de la suma de apoyos podemos afrontar las luchas con un mínimo de solvencia.

Otra experiencia interesante fue la derivada de otra conversación a nivel privado con una persona que militaba en el ámbito anarquista, sobre el tema de “votar o no votar”. Cuando me comentó que había acudido a las urnas en las últimas elecciones y le pregunté el porqué, me respondió taxativamente que “la realidad social así lo exigía”. A partir de ese punto entramos en un debate clásico sobre el valor del voto en la “democracia representativa” en contraste con la “democracia directa”. Yo apelé a los valores universales anarquistas, a la “propaganda por el hecho”, ha situarnos ante la sociedad con valores morales fundamentados en el apoyo mutuo, en la honestidad y en la horizontalidad, en suma, valores que se posicionan por sí mismos por encima del mercadeo mentiroso de las elecciones. Mi interlocutora, muy sorprendida por mi discurso anarquizante, me espetó que ella no era anarquista sino libertaria. En ese instante la sorpresa cambió de lado. Parece que los anarquistas también estamos cambiando el lenguaje y dos palabras que históricamente han sido sinónimas resulta que ahora poseen significados diferentes. Llego a la conclusión de que este tipo de maniobras, lingüísticas o tácticas, como se quieran ver, lo que están justificando son miedos y conductas confusas con las bases de nuestra filosofía.

Pero sigamos adelante. Es algo constatado que en las últimas elecciones muchas personas que se autodefinen como libertarias o anarquistas, no solo mi interlocutora, han participado en la ceremonia de las urnas. Considero que en el ámbito privado, individual, son libres de hacer lo que deseen si sus convicciones personales así lo evidencian; ahora bien, lo que resulta sangrante es que después de presentarnos como defensores de La Idea lo manifestemos públicamente sin sonrojo ni vergüenza, tratando de hacer válida una decisión que es solo personal, ajena al anarquismo militante.

Por último, otro exabrupto chocante y pernicioso es que en Madrid haya habido cuatro manifestaciones diferentes convocadas el Primero de mayo por organizaciones que se autodenominan anarcosindicalistas en las que militan magníficas y entrañables compañeras con las que compartimos a diario luchas y proyectos.

Después de las polémicas suscitadas por la participación en plataformas electorales de algunas compañeras en la era post 15-M, del apoyo dado por otros sectores libertarios al nacionalismo catalán con movilizaciones y discursos que el paso del tiempo ha puesto en su sitio, hoy nos toca pelear con la participación en elecciones generales y con la confusión del lenguaje. Evidentemente, las anarquistas estamos en peligro de extinción. No va a hacer falta que el Estado nos elimine, nosotras mismas estamos sentando las bases de nuestra desaparición como corriente revolucionaria transformadora. Dentro de poco también seremos “transversales”. En un futuro, tal vez, sobreviva La Idea en los libros y sea retomada por una generación dispuesta a mirar al futuro desde el “progreso” y no desde el “posibilismo” y el “retroceso”. Hoy por hoy nuestra práctica nos condena al ostracismo, a la confusión y al ridículo. Si aún queda tiempo, nos deberíamos detener a reflexionar sobre lo que estamos haciendo y la imagen que estamos transmitiendo.

A estas alturas resulta patético tener que plantear la necesidad de buscar la confluencia, la unificación de criterios estratégicos y tácticos, quizá aprender de cómo obraron las personas que nos antecedieron, para evitarnos la imagen deleznable que estamos ofreciendo sobre todo a aquellas gentes de nuestro entorno inmediato a las que hemos intentado convencer durante años para que abracen nuestros postulados de vida y práctica. Si consiguiéramos una mínima unificación de criterios ideológicos, que no uniformización, nuestro camino posible sería la aproximación y el dialogo entre anarcosindicalistas y anarquistas para llegar a plantear a medio plazo una confluencia táctica. Y por añadidura, perseguir que nuestra praxis sea coherente con nuestra moral y pilares filosóficos. Nuestras acciones deben ser un ejemplo a imitar, una lección continua. Nuestra “visión” sobre la sociedad que soñamos debe guiar nuestros pasos al margen de aventurerismos políticos que solo logran enmarañarnos con los oportunistas de la escena institucional.

Tenemos algo que decir que es diferente y es valioso por sí mismo, pero para que nuestras ideas calen, la coherencia en la práctica y la firmeza de nuestro pensamiento debe ser nuestra mejor enseña. Si sumamos fuerzas e ideas claras podremos mirar al futuro con alegría y esperanza.

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martes, 23 de abril de 2019

Siglo XXI nº 45

El sueño de la libertad

¡Elecciones! Claman arrogantes los padres de la patria. La fiesta de la democracia se anuncia a bombo y platillo con discursos altisonantes y apretones de manos cómplices. Los portavoces del Poder se aúnan en un cóctel colectivo que celebra que siguen en sus puestos de gestión, inamovibles, absorbiendo riqueza, lo mismo que las sanguijuelas succionan la sangre de las víctimas que parasitan. Es la “democracia”, la oportunidad, generalmente cuatrienal, de elegir a nuestros verdugos, a esas figuras incuestionables que decidirán nuestros destinos siempre con nuestro beneplácito sufragio. ¿De qué nos quejamos?

Votamos y mantenemos la ensoñación de que somos libres, de que estamos ejerciendo un derecho inalienable, de que el acto en sí es valioso. Votar no mejora nuestras vidas pero nos convierte en demócratas respetables, orgullosos de poseer el privilegio de introducir un pedazo de papel en una urna de cristal, obviando que el resultado del acto es semejante a si lo arrojáramos a una papelera o a un retrete.

Algunas personas no votamos porque no va con nosotras ceder nuestra voluntad a profesionales de la demagogia y la extorsión, y se nos reprocha ese acto incívico. Quizá nuestra abstención les da miedo porque nos sitúa al margen de sus mentiras, distanciandonos de sus acechanzas depredadoras. Nosotras no les tememos más de lo esperado según el tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Gane quien gane perderemos, votemos o no el resultado será el mismo o parecido. En todo caso cambiarán las formas, el discurso y la presentación de los engaños. Estamos preparados para ello. Desde nuestra convicción irreductible, conformes en nuestro afán de lucha emancipadora, enarbolamos una bandera que nos inspira y conduce hacia el sueño de la libertad, con una consigna de progreso que cruza el aire como un poderoso canto guerrero, la de la revolución social.

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jueves, 14 de marzo de 2019

Siglo XXI nº 44

8 de marzo: La lucha continúa

Esta fecha no es una casualidad, es un símbolo de una lucha que se inicia el día que la primera mujer se plantó ante las relaciones de dominación a que estaba sometida por el patriarcado. Es decir, hace mucho tiempo.

¿Por qué el 8 de marzo? A nivel planetario fue la ONU en 1952 quién proclamó esa fecha como Día Internacional de la Mujer. Pero como la mayoría de las celebraciones que realiza este organismo, lo hizo más bien para la galería, es decir, para lavarse la cara. La realidad es que hay muchas fechas que forman parte de la historia de la lucha de las mujeres por su liberación. Por ejemplo, se podría haber elegido una fecha relacionada con la Revolución francesa. Es en ese momento histórico donde se manifestaron abiertamente exigencias de igualdad de derechos políticos y ciudadanía para la mujer. En esos términos queda constatado en la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, redactado por Olympe de Gouges en 1791, texto inspirado en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano que pasó a la historia el 26 de agosto de 1789. La Declaración es considerada como uno de los documentos más importantes en los inicios de la reivindicación femenina de la igualdad de derechos y su equiparación jurídica con respecto al hombre.

También se podría haber elegido el 3 de mayo de 1908, conmemorando la organización de un acto político en el teatro Garrick de Chicago bajo el slogan Día de la Mujer, en el que hablaron importantes mujeres socialistas como Gertrude Breslay-Hunt y Corinne Brown. Otra fecha interesante sería el 28 de febrero de 1909, ese día se celebró por primera vez en Nueva York el Día Nacional de la Mujer, organizado por las Mujeres Socialistas, rememorando una huelga textil de mujeres que se produjo un año antes, durante la cual cerca de quince mil trabajadoras se manifestaron en Nueva York, con las reivindicaciones de reducción de la jornada laboral, mejoras salariales y el derecho de sufragio. También en 1909 hubo otra huelga memorable de mujeres a la que la prensa tituló como la huelga de las camiseras que movilizó a veinte mil trabajadoras.

Durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague en 1910 ya se proclamó el 8 de marzo como el Día Internacional de la mujer, a propuesta de la socialista Clara Zetkin.

Otra fecha para la historia de la lucha de la mujer fue el 25 de marzo de 1911, día en el que aconteció el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York en el que murieron ciento veintitrés mujeres y veintitrés hombres. Cuando la fábrica comenzó a arder el personal que se encontraba en el interior de la misma no pudo abandonarla porque las puertas que daban al exterior estaban cerradas, según justificó después a dirección de la empresa, para evitar los robos de prendas de ropa, algo que era bastante habitual.

En vísperas de la Primera Guerra Mundial colectivos de mujeres de Rusia celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de 1913. Un año después, en 1914, en Alemania, Rusia y Suecia se celebró también el día 8 de marzo.

Un hito en la lucha de las mujeres trabajadoras aconteció en Rusia durante la Primera Guerra Mundial el 3 de marzo de 1917, fecha en la que la factoría Putilov cerró sus puertas, lo que llevó a la desocupación y al hambre a cerca de treinta mil trabajadores, hombres y mujeres. Pues bien, cinco días después, el 8 de marzo se produjo una gran agitación en Petrogrado en la que participaron miles de mujeres con mítines y manifestaciones espontáneas de tal envergadura que condujeron al fin de la dinastía zarista, a la salida de la guerra de Rusia y a la Revolución rusa, más conocida como Bolchevique.

En resumen, tenemos una fecha reconocida internacionalmente y otras muchas que podrían haberlo sido. Todas las fechas son importantes, la del 8 de marzo también lo es, pero lo más trascendental no es una fecha concreta sino la voluntad férrea de modificar el estado de las cosas, de combatir al patriarcado y a las relaciones de dominación, vengan de donde vengan, en todos los ámbitos de la vida cotidiana, desde nuestras casas, el vecindario, nuestras amistades, nuestros trabajos, los medios de comunicación o las instituciones.

Apelando a la consigna “La libertad no se pide, se conquista”, diré que la lucha es diaria, depende de nosotras, nadie nos va a liberar, será nuestra determinación y capacidad de organización la que marque el presente y el futuro de la mujer en el mundo.



lunes, 18 de febrero de 2019

Siglo XXI nº 43

Educar para ser libres

José Ramón Palacios, presidente de la FAL (Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo) manifestaba en una entrevista realizada por La Marea, publicada en el número de febrero de 2019, que no entendía el comportamiento del electorado español de más de cincuenta años, es decir, de ese colectivo amplio que ha vivido directamente los cambios sociopolíticos del territorio español, en el intervalo que transcurre entre los años ochenta hasta nuestros días. Desde luego, tiene toda la razón. La entrevista es magnífica y no tiene desperdicio. Parece que no hemos aprendido de la historia reciente, ni tampoco de la historia anterior, la historia contemporánea, a la hora de afrontar la realidad social.
Pienso fehacientemente que la conducta humana siempre tiene explicación, aunque no logremos vislumbrarla, bien por carencias comprensivas, bien por carencias tecnológicas. Existen factores biopsicosociales que en conjunto justificarían cada acto humano, conocerlos es otra cuestión. Podríamos intentar emprender la tarea de comprender dichas premisas, esas que subyacen a nuestro pasar por la vida, pero quizá sea algo inabordable ―los psicólogos conductistas lo han intentado sin éxito― y, por consiguiente, sea más interesante y práctico abordar otras vías de indagación o de reflexión sobre el mundo y sus circunstancias.
Si no podemos explicar por qué hacemos lo que hacemos, sí podemos, elucubrar sobre las variables que deberíamos tocar para modificar esas conductas perniciosas que nos complican la existencia. A estas alturas parece claro que la explotación del hombre por el hombre no es una propiedad de la materia sino una elección del mismo como forma de relación.
Desde este enfoque, podemos situar en el centro de nuestra atención una cosa cualquiera y pensar sobre ella desde una metodología científica que necesariamente tiene que ser complaciente con el individuo pensante y también con las personas que le rodean; las soluciones individuales no sirven para generar cambios colectivos. De este modo, por poner un ejemplo, podemos poner en la palestra de nuestro análisis al autoritarismo.
Nos preguntamos: ¿de dónde viene?, ¿posee una raíz biológica?, ¿es una conducta aprendida?, ¿hay factores educativos y sociales que facilitan su manifestación? Es francamente difícil responder con un mínimo de responsabilidad a estos interrogantes, pero podemos asumir la hipótesis de que existen estructuras originadas en la educación y en la convivencia social que favorecen la aparición del mismo y su mantenimiento. Por tanto, combatiremos dichas estructuras ―generando otras alternativas― y educaremos a las nuevas generaciones en el principio elemental de que la Libertad es el pilar básico del progreso humano.
Vivir de una manera autoritaria, sometiendo o siendo sometido, genera una tensión que nos hace enfermar. El respeto al otro, a nuestro igual, nos relaja; su respeto nos hace sentir seguridad. El amor a la Libertad es incompatible con el autoritarismo, la intolerancia y las relaciones de dominación. La Libertad como bien supremo nos conduce a rechazar toda autoridad que no provenga de la moral, el esfuerzo o el intelecto. ¿Esto a dónde nos lleva? A empatizar con el mundo sensible. Nuestro goce de la libertad tiene que ser compatible con otras libertades presumibles que toman forma a nuestro alrededor.
La conclusión final, a partir de este ejemplo particular, es que el mejor medicamento contra el autoritarismo es el desarrollo de la libertad y la práctica del apoyo mutuo. No entendemos por qué las gentes humildes apoyan mediante su simpatía o el voto a sujetos o partidos como Trump, Bolsonaro o Vox, por citar algunos, que son precisamente el máximo exponente de la opresión y el aumento exponencial de las diferencias de clase. Pero sí conocemos que reafirmarnos en la conquista de una libertad plena y la práctica del apoyo mutuo son antagónicos con dichos sujetos y partidos.
Por tanto, educar en la libertad y el análisis racional, y generar redes de apoyo mutuo, es en sí mismo garantía de conductas coherentes con formas de ver el mundo basadas en la solidaridad y la justicia social. Así mismo, el apoyo a partidos ultraderechistas, fascistoides, mesiánicos religiosos o populistas de cualquier tiempo, por parte de la clase obrera, indica una gran ignorancia y desinformación. Han olvidado o no conocen el significado de la lucha de clases. En la definición del problema se encuentra la solución. Será la toma de conciencia, de la comprensión de las relaciones de explotación y dominación que gobiernan nuestras sociedades, lo que hará que el posicionamiento ante el hecho mismo del voto, sea más selectivo cuando no táctico o simplemente abstencionista.
Acabamos como empezamos. Hay muchas cosas y hechos que no entendemos pero sí sabemos o pensamos que sabemos, cuál es el camino posible para avanzar hacia el futuro con dignidad y justicia social: educar para ser libres.

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martes, 15 de enero de 2019

Siglo XXI nº 42

Que así sea

El año 2018 termina y nace uno nuevo con una certeza que viene bien que miremos cara a cara, ya sin el uso de subterfugios neurolingüísticos distractivos: vivimos en un país, territorio o región del globo terráqueo, en el que los fascistas campan a sus anchas; existen desde hace mucho tiempo pero ahora se están quitando la careta y nos muestran lo que son y siempre han sido. Nada nuevo bajo el Sol. Los generales golpistas de 1936 dijeron que iban a acabar con la izquierda en España para que no levantara cabeza durante cuarenta años, aunque tuvieran que fusilar para ello a media población. Se equivocaron en el pronóstico, su trabajo fue excelso, llevamos ochenta años de fascismo, primero dictatorial, luego encubierto, gestionado a través de las traicioneras urnas, auténticos somníferos de voluntades, el escaparate falaz de una democracia que existe solo de nombre pero que poco tiene de tal. ¿Dónde está el gobierno del pueblo y para el pueblo?
Tras los primeros cuarenta años de gestión de Franco ―puro fascismo―, su régimen necesitó de una operación de maquillaje especial para venderse a nivel internacional, ahí surgió la famosa Transición, donde el Movimiento Nacional Español cambió las camisas azules de sus miembros por otras blancas; también, por supuesto, se modificaron sus modales y sus símbolos, que pasaron a estar en la sombra, como el saludo a la romana. Pero su aparato represivo permaneció intacto. Mas había que dar un paso adelante para que el nuevo Régimen surgido en el año 79 fuera todavía más creíble, para ello se permitió que la representación teatral alcanzara todo su esplendor con el ascenso a los cielos de un nuevo Mesías: Felipe González Márquez y su maquinaria electoral, el PSOE, esa bacteria anodina que sobrevive incólume a todas las catástrofes políticas, siempre lamiendo la mano de los poderes fácticos. El sevillano, con sonrisa golfa y ademanes campechanos, gobernó el país durante catorce años, a golpe de talonario de la social democracia europea, hay quien dice que modernizándolo, nosotros decimos que preparando sus estructuras de gestión de capital para la Europa de los mercaderes. Naturalmente, fue muy eficaz en la consolidación de un aparato represivo que nada tuvo que envidiar al franquista, digamos que le dio continuidad y lo superó con creces. Lo demás es bien conocido y asquea repetirlo
Elecciones que se suceden, partidos que nacen, se transforman o mueren; nuevas generaciones de fascistas que ocupan los puestos significativos de las instituciones; aceptados públicamente, correctos casi siempre en su lenguaje y gestos; sin que el pueblo haya puesto objeción alguna, comportándose como un espectador ciego.
Así hasta que hemos llegado a un punto, después de recortes, represión sin cuento y complicidades políticamente correctas, en que los fascistas de cuello blanco han sido conscientes de que ya no es necesario que se oculten porque no hay un adversario al que temer. Toda la denominada casta viaja en el mismo barco, por tanto si alguien de la misma la ataca, se ataca a sí mismo.
Ahora abundan los discursos grandilocuentes sobre el fascismo emergente, que siempre ha estado, puro formulismo para cubrir el expediente y, desde luego, innecesarios porque el cuerpo social de nuestro país tiene integrado en su ADN los genes fascistas, y poco le importa las consecuencias de su envalentonamiento. La suma de ignorancia, manipulación mediática y actitud sumisa, conforman el carácter de las generaciones vivas que desfilan ante la historia presente, obedientes, silenciosas, ajenas a todo lo que no venga derivado del consumo y bienestar inmediato.
Poco hay que decir más; nos queda esperar y observar, con los sentidos alerta, manteniéndonos firmes en nuestros castillos íntimos, favoreciendo nuestra revolución interior, de momento la colectiva está más que lejana.
No sabemos qué quedará de todo este deslizarse hacia el desastre en el que participamos sin remedio; desconocemos qué horizonte nos espera al otro lado del abismo que se anticipa. Tantas veces la historia nos ha colocado en esta tesitura que ya ni poseemos la capacidad de sorprendernos ni atemorizarnos. El hoy histórico es un deja vu, repetido hasta la saciedad que no tiene capacidad de provocarnos reacciones emocionales intensas. El escepticismo nos aplasta como una losa insalvable.
El número 2019 no dice nada porque no hay nada bueno que esperar de él, salvo miedos enquistados que pueden tomar forma. Hasta los sueños parecen relegados a naufragar en un océano de desesperanza. ¿Qué hacer entonces? ¿Alguien puede responder a esta pregunta?
Que cada persona busque sus respuestas y si tiene fuerzas para ello, las sume a otras afines. Es una hipótesis factible que alguna semilla lúcida, racional y utópica sobrevivirá al fascismo que nunca se ha ido, y que será esta la que de nuevo empezará a escribir una nueva página en la historia cargada de ilusión. Que así sea.


martes, 11 de diciembre de 2018

Siglo XXI nº 41

Los pobres heredarán la tierra

Según el Nuevo Testamento, Jesucristo dijo algo así como que los «mansos heredarían la tierra» (Mateo 5.5). Con el paso de los siglos la frase del nazareno ha tenido diversas representaciones orales dirigidas a consolar a los desesperados, transformándose el «manso» inicial en el «pobre» universal.
Hay que alegrarse por ello, pronto llegarán las navidades y se celebrará en gran parte del orbe el nacimiento del redentor. Esta fiesta hermana a los seres humanos sin que se tenga en cuenta la riqueza o la pobreza representativa de la condición económica y social de cada persona. Por una noche —la nochebuena— somos hermanos y hermanas, y la guerra de clases desaparece. Se gesta así una gran familia sin grietas ni reproches. Esto es lo que dice la Iglesia, los curas y los creyentes; también el Estado, por muy laico que se autodenomine, desea que nos creamos semejante aseveración o escenario idílico.
Si observamos con la debida precaución el asunto descubrimos que el lema citado no cuadra. Se supone que como consecuencia de la fraternidad cristiana, en un futuro lejano los desposeídos heredaríamos la tierra. Lo cierto es que parece poco probable esta predicción porque así de primeras no nacemos iguales a ningún nivel. Entonces ¿cómo vamos a heredar algo que no es nuestro? En última instancia, ¿qué tierra heredaríamos?, ¿dónde se encuentra esa tierra de promisión? El cuestionamiento que surge de inmediato está referido a los acontecimientos que tienen que producirse para llegar a ello. ¿Dios va a hacer un milagro y acabará con las clases sociales de un plumazo, del mismo modo que creó el mundo en seis días sin ir más lejos? ¿Los ricos van a renunciar a sus posesiones voluntariamente? ¿Los pobres van a convencer a los ricos con buenas palabras para que compartan sus riquezas? ¿Los pobres van a eliminar a los ricos y a socializar sus bienes? Es difícil responder a estos interrogantes. Hace mucho tiempo que no hay milagros, y que los ricos renuncien por las buenas a sus prebendas no parece probable a corto plazo. Además, los pobres ni siquiera intentan convencerles ya de ello, saben que es una batalla perdida. Entonces, ¿por qué se repite hasta la saciedad el mantra, siempre que hay ocasión, que los pobres tienen ganado el reino de los cielos de antemano o que heredarán la tierra? La respuesta más sensata es que se trata de una metáfora interesada, una especie de trampa verbal, axiomática, que se transmite de generación en generación para que la correlación de fuerzas sociales se mantenga equilibrada, y las clases desfavorecidas se consuelen con una esperanza mítica y milenaria.
Desde luego, hay que ser muy crédulo y muy ingenuo, aparte de un poco ignorante, para aceptar este tipo de creencias sin sonrojo. Con examinar por encima los hechos de la Historia nos damos cuenta que la bonanza de unos pocos significa la escasez de la mayoría. Estas frases sedantes no son más que artimañas para acallar inquietudes. Las clases existen porque un sector de la sociedad oprime a otro mediante la fuerza bruta. Claro que si me quiero conformar, puedo coger un texto bíblico, adecuado para el momento, leer un par de párrafos y, aunque mi hambre siga firme, emocionalmente me sentiré mejor; soñaré con que al final de mis días obtendré mi justo premio a tanta templanza y sumisión. No está mal la idea. Pensar en lo que nos vamos a encontrar después de la muerte es turbador y con un poco de pensamiento mágico y una mirada contrita a la efigie doliente de turno pues me quedo conforme.
Si nuestro análisis trasciende al conglomerado irracional y se centra en los argumentos científicos actuales, nos encontramos con un panorama bastante deprimente: los pobres cada vez son más pobres, la tierra cada año que pasa está más deteriorada y la clase dominada no parece que esté dando pasos para liberarse de la clase dominante; con este escenario nuestro porvenir como desposeídos parece aciago.
Además, dentro de ese pandemónium que es el pensamiento mágico muchos pobres votan o apoyan a la derecha, o a la extrema derecha, considerándoles como sus hipotéticos salvadores ―el éxito de las tres organizaciones fascistas en Andalucía es un buen ejemplo―. Llegar a la conclusión de que el Capital y sus gestores van a resolver la injusticia social y las desigualdades, es llegar lejos, es creer en el paraíso terrenal, en el más allá o en los dioses del Olimpo. Ahora bien, desde el momento en que hablamos de creencias y no de hechos científicamente comprobados todo es posible. Los pobres, ilusos y desmemoriados, ignoran la Historia y se sumergen en una ensoñación fantástica populista que les eleva socialmente, en teoría: les convierte en aspirantes a futuros privilegiados. Me temo que la caída va a ser muy dura.
Groucho Marx dijo hace tiempo una frase lapidaria interesante: «Partiendo de la pobreza hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria». Así lo constata la sociedad precaria del presente histórico que vivimos. Esto pronostica, lamentablemente, la negación radical del aserto religioso con que abríamos este texto; los pobres no va a heredar la tierra, eso resulta obvio, los pobres, si heredan algo, van a heredar la mierda.

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SUPLEMENTO Arqueología a Contracorriente

II ENCUENTRO: 26, 27 Y 28 DE OCTUBRE, MADRID


Reproducimos las actas de las mesas de Arqueología y resistencias en el espacio rural; Arqueología, resistencias y memoria histórica; y Arqueología y resistencias en el espacio urbano.

martes, 13 de noviembre de 2018

Siglo XXI nº 40

A dónde vamos

Es otoño, en muchos aspectos, quizá en el movimiento libertario es invierno, una estación que nos mantiene congelados, aletargados; tal vez somos el reflejo de la sociedad en la que vivimos: deshumanizada, insolidaria, estéril. No es fácil sobreponerse a este desierto de sensibilidades en la que flotamos, con una deriva vital plana, sin horizontes halagüeños, con el fatalismo como bandera. 
Las fuerzas que gobiernan nuestras conciencias son poderosas, no podemos negarlo, el Estado, la Iglesia, el Capital, pilares de un forma de vida irracional que marcha inexorable hacia la destrucción de todo lo que conocemos. Fuerzas que nos dominan, que nos emponzoñan hasta el punto no solo de convertirnos en un engranaje más de la máquina productiva, sino en satisfechos esclavos sin conciencia de serlo. Así, nuestras pasiones elementales nos conducen por senderos alienantes, desnaturalizados, nuestras conductas diarias se vuelven inconscientes, incoherentes, carentes de cualquier reflexión crítica. Esta forma de estar en el mundo nos aleja de cualquier posibilidad de encontrarnos con una vida buena y justa. La lucha entre potencias antagónicas no nos empuja hacia el progreso, como decía el viejo Marx, sino hacia el ostracismo y la barbarie. Por supuesto, estas dinámicas podrían ser diferentes si asumieramos que tenemos la obligación de convertirnos en seres que reflexionan sobre cómo quieren estar en la tierra. Para ser persona y trascender la máquina tenemos que recuperar la voluntad perdida y revisar el sentido que damos a todo lo que nos rodea. De ese modo, tal vez, cambiaríamos el rumbo de la historia y el retroceso imperante podría transmutar en progreso. Esto es una hipótesis, claro. No podemos predecir el futuro, la práctica definirá lo acertado de la tesis.
Empujar a las personas que nos acompañan en nuestro viaje existencial hacia ese cambio de paradigma, es nuestro trabajo como propagandistas. Siempre, desde los principios del anarquismo, ha sido así. Nuestro objetivo prioritario ha consistido, de manera fehaciente, en despertar las mentes, abrirlas hacia la autonomía de pensamiento y a la libre elección.
La sociedad evolucionará de una manera positiva y justa en la medida en que se sumen a la lucha diaria ingentes cantidades de personas librepensadoras. Somos una minoría, eso no debe arredrarnos. El sentido de nuestro existir reside en vivir la anarquía a diario, predicando con nuestro ejemplo.
Probablemente nunca conformemos la mayoría que anhelamos, es casi seguro que tal circunstancia no la conoceremos de ser posible, mas con que a lo largo de nuestra vida individual consigamos impregnar con nuestra filosofía a una decena de personas, es suficiente, La Idea sobrevivirá a los periodos de debacle y depresión social, y mantendrá las puertas abiertas hacia nuevas formas de concebir las relaciones humanas, tanto materiales como emocionales.
Tal vez algún día, una generación de ilusionados luchadores, igualitarios, sin género, personas que han elegido como principio básico de sus desarrollo personal la libertad, darán los pasos necesarios para construir el nuevo mundo. A partir de ese germen se irán construyendo mayorías que impulsarán la formación de otras mayorías multicolores, espontáneas y plásticas, rebosantes de un amor universal imparable. La búsqueda de libertad es nuestro sostén, nuestros cimientos, que en muchas ocasiones entra en contradicción con la propia práctica. Ese afán libertario aplicado a todas las áreas de la esfera humana, no solo libera mentes alienadas sino que provoca reacciones efervescentes enriquecedoras en lo personal y en lo colectivo.
Deseo pensar que estamos en marcha, que ese es nuestro camino, nuestra utopía y nuestro quehacer cotidiano, que nada nos va a detener en este enérgico impulso revolucionario. Si una generación sucumbe a la represión o al desánimo, otra recogerá el testigo.



SUPLEMENTO Arqueología a Contracorriente

Arqueología a Corriente es una red de apoyo mutuo entre proyectos autónomos y profesionales que luchan por abrir espacio a formas alternativas de gestionar el mundo de la arqueología.
Partimos de la idea de que no existe separación alguna entre teoría y práctica, entre pensamiento y acción, de que no existe crítica sin afirmación. Y entendemos, que dicha afirmación, nace de quienes habitamos el territorio, de quienes somos herederos de un conocimiento ancestral, de quienes respetamos la voz de la tierra.
Por ello cuestionamos de raíz el mundo fragmentado por la burocracia y los intereses particulares que caracterizan cada uno de los espacios en los que hoy en día se ejerce nuestra profesión. En un mundo como el actual, cuyo acceso al conocimiento está cada vez más hegemonizado por la ideología de mercado, la arqueología puede abrir un marco de conocimiento fundamental y absolutamente útil para recuperar saberes y espacios en los que generar alternativas materiales reales. Ya basta de que el conocimiento arqueológico esté controlado por aquellos que destruyen nuestro legado material y nuestras memorias.
El trabajo arduo y complicado no nos asusta, nos hemos juntado grupos con un interés común: hacer que la gestión de nuestro pasado material esté en manos colectivas a través de un espacio de propuestas abierto y alternativo.
Arqueología a Contracorriente funciona de manera asamblearia y trabaja en los siguientes ámbitos:
· Feminismo en el mundo de la arqueología.
· Investigación, teoría y práctica del mundo de la arqueología
· Profesión y sindicalismo en el mundo de la arqueología
· Educación y socialización de los conocimientos y saberes derivados de la arqueología
Estamos abiertos a cualquier persona o colectivo interesado que se quiera acercar a conocernos y a participar en nuestra red desde cualquier ámbito relacionado con el mundo de la arqueología y el legado material.

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viernes, 19 de octubre de 2018

Siglo XXI nº 39

¡Ya tenemos tren bala!

En el mes de septiembre ha habido tres noticias que nos han hecho reflexionar, las tres muy diferentes pero que proporcionan una buena lectura del momento histórico en el que vivimos. La primera ha sido la del «Tren bala». Adif y Virgin han firmado un acuerdo para desarrollar dicho tren en nuestro país. Según parece se va a construir en Málaga, lo que ha emocionado a la presidenta de Andalucía, Susana Díaz. Ha habido también bastante alborozo en el resto del país al saberse que dicho tren podría atravesar la Península Ibérica en una hora. La noticia nos ha impresionado porque las buenas gentes de Extremadura lo tienen difícil para salir de su región con los trenes que en estos momentos poseen. Lo mismo podría decirse de los trenes de cercanías de la periferia de Madrid, o los que proceden de Murcia, entre otros. El Estado español ha iniciado una huida desesperada hacia ningún sitio, obviando lo más elemental, lo más próximo. El tren bala es una nueva cortina de humo que los próceres políticos utilizan para presentarnos lo bien que va el país y lo avanzados que estamos. Que se lo digan a las personas que cogen el AVE y casi siempre suelen llegar con retraso, lo que presupone las consiguientes indemnizaciones que hace que muchas de sus líneas sean deficitarias. Para la población en general el hecho en cuestión o ha pasado desapercibido o la ha dejado indiferente, como con casi todo. La indiferencia es en extremo peligrosa porque puede significar un asentimiento por omisión.
Otro tema sangrante procede de la noticia más que relevante sobre el candente tema de la fabricación de armamento en España. Nos referimos al contrato de Navantia con Arabia Saudí y las célebres corbetas. La noticia ha sido trascendente porque una parte importante de plantilla de la empresa se ha movilizado para denunciar cualquier tipo de injerencia del Gobierno en el espinoso asunto de la producción de armas, porque podría poner en peligro sus puestos de trabajo. Los sindicatos mayoritarios han apoyado las movilizaciones; dignamente Autonomía Obrera y CGT han denunciado tal movilización y emitido un comunicado. El hecho en sí es digno de reflexión porque nos está haciendo cuestionar quién es el «sujeto revolucionario» en este periodo del siglo XXI. Bien es cierto que la clase trabajadora tiene la capacidad de paralizar la producción pero detalles como este o el de los electores norteamericanos de la clase trabajadora, votando a Trump y apoyando sus sandeces, nos hace detenernos ante los planteamientos revolucionarios clásicos y preguntarnos sobre ellos. Quizá el sujeto revolucionario actual sea una persona que quiere acabar con la explotación o las relaciones de dominación, vengan de donde vengan, que está dispuesta a renunciar a sus privilegios si los tiene, y a participar en la creación de una nueva sociedad igualitaria, justa, ecológica, desmilitarizada, anticapitalista y antipatriarcal. Estaríamos hablando de una persona nueva, evolucionada, que pone su vida a disposición de un cambio global de progreso. Nos tememos que la plantilla de Navantia no está compuesta por ese tipo de gentes. El tema queda abierto para el debate.
Por último nos queda comentar el ascenso vertiginoso de Vox. A nadie debería de sorprenderle a estas alturas. La extrema derecha siempre ha existido en este país, auspiciada por los poderes del Estado, protegida por estos y utilizada cuando les ha parecido conveniente. Por Europa vuelve a marchar el monstruo del fascismo, España no podía ser menos, de hecho la dictadura de Franco, después de la de Salazar en Portugal, ha sido la más larga y consentida por las democracias occidentales, sus nietos están en el poder y los monumentos que la ensalzan siguen en pie.

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lunes, 17 de septiembre de 2018

Siglo XXI nº 38

Levantemos la alfombra del capitalismo

Algunos analistas financieros barruntan que la bonanza económica de nuestro país va a iniciar un declive que concluirá a corto plazo en otra recesión más o menos larga. Según ellos, los indicadores macroeconómicos informan que nuestra economía cortoplacista, basada en el sector servicios y en la precariedad laboral, no da para más. El ciclo infernal capitalista de expansión recesión se va a reproducir ante la indiferencia de todas las partes implicadas, incluida la asalariada. Es muy probable que en el siguiente ciclo recesivo nos encontremos en un contexto parecido al que ya vivimos en el 2008, sin organizaciones de base y sin capacidad de resistencia; volveremos al sálvese el que pueda consabido.
Uno de los puntos más débiles de nuestra subsistencia ―anterior, actual y futura― será nuestro acceso a una vivienda digna; de facto, al día de hoy, se está convirtiendo en un suceso casi imposible alquilar una casa en aquellas ciudades que presumen de un cierto bienestar, generalmente debido al turismo. Con la precariedad laboral y los bajos salarios hemos retornado al hacinamiento, a vivir varias personas en pisos, en escasas ocasiones preparados para dicha convivencia.
Los desahucios de viviendas alquiladas se han disparado en el primer semestre del año. Primero fueron los desahucios de hipotecas impagadas, ahora le toca el turno a los alquileres. Naturalmente, la ocupación de viviendas de bancos, de la SAREB o de fondos buitre es una alternativa que está sobre la mesa y que se utiliza siempre que se puede. Lo que dicen los datos de los juzgados en base a los alzamientos que realizan, es que están disminuyendo los desahucios de pisos ocupados. O bien se ocupa menos o bien el Estado y el Capital son más permisivos. Dudo mucho el segundo aserto.
Quizá deberíamos ir planteándonos dejar de ocultar nuestros problemas de subsistencia; si no somos capaces de organizar la resistencia al menos podríamos dejar bien a la vista la miseria de la vida cotidiana. Por ejemplo, que no tenemos suficiente dinero para llevar una alimentación saludable, pues acudimos a los ayuntamientos pacíficamente a pedir de comer todos los días, y no nos movemos de allí hasta que nos aseguren un menú diario y en buenas condiciones. Que nos arrojan de nuestras viviendas, pues actuamos en consecuencia también, y acampamos como lo que somos: refugiados del Sistema, en los espacios públicos, sean estos jardines, paseos, parques y demás. En conclusión, que nuestra pobreza se convierta en un arma arrojadiza digna a esgrimir ante la demagogia permanente de la clase política y sus jefes del IBEX 35.

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sábado, 25 de agosto de 2018

Siglo XXI nº 37

¿Qué hacemos con el Valle de los Caídos?

Para el Valle de los Caídos solo hay una solución acorde con el sufrimiento que representa: volarlo. Es obvio que nadie va a poner la suficiente voluntad política sobre la mesa para tomar una determinación semejante. Para ello habría que definir claramente lo que sucedió en el año 1936 cuando el Capital, la Iglesia, los militares y la sociedad civil fascista rompieron con la legalidad vigente ―que no beneficiaba precisamente a la clase trabajadora― y la combatieron con las armas en la mano.
Hubo una guerra civil porque dos partes del país se enfrentaron desde dos concepciones del mundo totalmente diferentes. Los agresores se convirtieron en vencedores, apoyados directa e indirectamente por las potencias extranjeras, que sacrificaron al pueblo llano ante la amenaza revolucionaria, no querían que el mal se contagiara.
Reconocer todo esto, condenar a los golpistas y a los que les empujaron al levantamiento, anular los juicios sumarísimos, recuperar los nombres de las víctimas, reconocer la apropiación de bienes republicanos, ilegalizar cualquier tipo de manifestación fascista y acabar con los privilegios de la Iglesia Católica solo sería el primer paso a dar. El siguiente seria la desaparición de ese símbolo ostentoso y repugnante que es el Valle de los Caídos, teñido con la sangre de los inmolados durante su construcción. No queremos que se convierta en ningún centro de interpretación de la guerra civil, ni en un museo sobre la misma, anhelamos que desaparezca, sin más, para que nuestros muertos puedan descansar en paz. Esa cruz ignominiosa es un insulto para cualquier persona librepensadora que tenga memoria de lo acontecido desde 1936 hasta nuestros días; porque en España sigue dominando el fascismo, para eso se hizo la Transición; ejerce su poder desde los púlpitos, desde la Bolsa y desde los bancos y el IBEX-35.
Si queremos inician un auténtico proceso renovador de la sociedad española empecemos por quitar todos los signos inmundos de los crímenes de la dictadura franquista; si no el odio intergeneracional seguirá creciendo; yo no viví la guerra, ni siquiera la posguerra, nací en la Transición y, sin embargo, he heredado el recuerdo intenso de aquella experiencia criminal y a la vez heroica. Mi abuelo sí la vivió, también mi padre y mi madre, y mis tíos y mis tías. Todas ellas ya se han reencontrado con la tierra pero sus herederos seguimos con la memoria bien viva y transmitiremos aquellos hechos a las generaciones siguientes para que nunca se olvide por si llega el momento de pedir cuentas. Los crímenes de lesa humanidad no prescriben nunca, al menos en la historia de la lucha de clases. Ni perdonamos ni olvidamos. 



lunes, 16 de julio de 2018

Siglo XXI nº 36

Incógnitas

Desde que empezó el 15M decenas de miles de personas se movilizaron en España. Hasta ahí bien. La primera pregunta que me surgió entonces, y que me sigue obsesionando, fue ¿por qué tan pocas? El país estaba en la ruina y lo sigue estando —al menos para esa mitad de la población que le cuesta llegar a fin de mes o que directamente no llega—. Las instituciones de gobierno se encontraban y se encuentran en manos neoliberales o en manos corruptas, de derechas o denominadas de izquierdas, quizá sea lo mismo, al menos el resultado final sí lo es. Entonces, qué ha sucedido y qué sucede. ¿Por qué las personas que se manifiestan no son millones?
Racionalizar lo que se dice racionalizar —analizar racionalmente— se puede racionalizar todo. Incluso la idea de un dios es razonable. Muchas personas llegan a la conclusión lógica de que dios tiene que existir porque la vida que les toca en suerte es detestable, aunque no sea de las peores. Por eso afirman que tiene que haber un paraíso que les compense de tanto sufrimiento en la vida terrenal, si no están «jodidos». Yo, particularmente, pienso que hagan lo que hagan están «jodidos», pero me apunto al dicho: «Mejor morir de pie que vivir de rodillas.»
En esa línea elucubro que aunque en las manifestaciones, asambleas y concentraciones —pasadas y presentes— hay todo tipo de personas, desde criaturas hasta jubiladas, falta mucha gente de diversos sectores de la población que de manera directa sobrelleva los rigores de los ajustes capitalistas. Cito a algunos.
Primero, los hombres y mujeres en paro. Es evidente que no están participando en las luchas de manera masiva. Una incógnita. Segundo, las personas con contratos precarios son legión, sin embargo les parece innecesario organizarse y ejercer unos mínimos de resistencia ante la explotación creciente. Tercero, las trabajadoras con puesto fijo, que permanecen impasibles ante una reforma laboral que en la práctica no solo elimina derechos sino que deja las manos libres a las empresas para despedir a quien quiera, cuando quiera y a bajo coste; lo que significa que en cualquier momento pueden estar en la calle; en los últimos tiempos hacen alguna que otra huelga pero siempre relacionada con incrementos salariales y de manera aislada. Cuarto, la población universitaria no ha ocupado ni movilizado las facultades a pesar de que la enseñanza cada vez va a ser más restringida para las clases desfavorecidas y, lo que es peor, cuando terminen sus carreras, después del esfuerzo realizado, se van a incorporar a las filas del desempleo, y si trabajan lo harán con un contrato miserable. Pero sigamos con el repaso. Quinto, ¿qué pasa con el funcionariado en general? Estos poco se van a mover, parece la única salida de vida estable en el país. Su comodidad les convierte en conservadores, les derechiza, da igual su ideología, el mantener su estatus está por encima de todo. Sexto, ¿dónde está el profesorado? También están bajo la nómina del Estado. Hasta hace no mucho eran bastante combativos. Se han abandonado a la abulia general y se olvidan del personal interino, de la privatización de la enseñanza y del menoscabo de la educación pública. Séptimo; como aparte de mano de obra también somos padres y madres —los que lo sean, claro—, me pregunto si no estamos preocupados por el porvenir de nuestros vástagos. Pues parece que no. También he echado en falta a esa parte de la población «con papeles» de otras nacionalidades que brillan por su ausencia, a pesar de tener unas condiciones de vida mucho peores que el resto de la ciudadanía. Tampoco he visto a los «sin papeles» y eso que en cuanto les coge la policía les interna en un «centro de concentración» para más tarde expulsarlos. Me faltan las abuelas y abuelos, y estos sí, con buen criterio se están cuestionando el porvenir de sus familias y se manifiestan con constancia. Yendo más lejos, dado el precio de la vivienda, comprada o alquilada, tendríamos que ocupar la calle en defensa de un techo digno como derecho inalienable; pues tampoco. En fin, como se ve, mucha tiene motivos para «cabrearse», sin embargo parece que no es así.
Analicemos por qué. Pueden existir varias explicaciones para cada caso. No se descarta una tara genética de nacimiento en la mayoría de la población mundial que nos impulsa a la sumisión. También puede que seamos simplemente felices y por tanto nos conformemos con lo que el poder nos da porque no necesitamos más. Pero razonemos antes de llegar a simplificaciones arriesgadas.
Tal vez la gente en paro no protesta porque quiere dejar de estarlo y piensa que si acosan demasiado a los poderosos la situación va a ser peor; así que a aguantar hasta que lleguen tiempos mejores, es decir, la siguiente burbuja especulativa, o acabar en la indigencia durante la espera. Las personas con contratos precarios es posible que callen por temor a que los echen aunque las sucesivas reformas laborales implican que todos los contratos son ya precarios. Aquellas con contratos fijos quizá cierran los ojos y los oídos a la realidad, y sueñan con que la dirección de turno no considere la posibilidad de pérdidas a corto plazo, quiera mantener el beneficio de la empresa a toda costa y se cuestione reducir la plantilla para prevenir ese riesgo. Con respecto a la masa universitaria, lo más probable es que esté dominada por una fantasía de triunfo antes de los treinta años sin más consideraciones, y eviten como la peste la visión de los contratos en prácticas, el «becariado», y el hecho fehaciente de que vivirán con los padres por tiempo indefinido.
En lo que respecta al personal de enseñanza, su filosofía es rotunda: «De aquí no hay quien me eche». ¿Que la enseñanza no tiene calidad?, la culpa es de los padres, o del ministerio o de cómo está el mundo. A fin de cuentas, el sueldo lo cobran todos los meses. Pedagógicamente hablando, no tienen ninguna función, la obvian. La desidia les ha liberado de tal responsabilidad.
Del resto de funcionarios se puede decir algo parecido con la salvedad de que ignora que en cuanto Macri en Argentina subió al poder, despidió a miles de funcionarios; «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar», dice el refrán. ¿En unos años su estatus de seguridad estará en riesgo? Tal vez. En cualquier caso, de momento pueden aguantar.
Si hablamos de los padres y madres y de la deuda moral que tienen ante sus hijos, de dejarles un mundo mejor, está claro que hace tiempo que han tirado la toalla por muchas de las razones ya expuestas, sea cual sea su posición social. Viven al día, temerosos de perder lo poco que tienen, aunque muchos de ellos no posean nada porque lo deben todo.
Las personas «inmigrantes» bastante tienen con sobrevivir; el problema es que cada vez la situación va a ir a peor y perderán hasta el derecho a tener derechos. No obstante, también sueñan con que las cosas cambiarán para bien. ¿Por qué no?
En el fondo, todos estos sectores desmovilizados, esperan «el milagro de los panes y los peces» porque no existe otra explicación. Se encomiendan al altísimo (inclúyase también a PP, Cs, PSOE, Podemos, PNV) y confían en la máxima de que «dios premia a los buenos y castiga a los malos». ¿O era «dios premia a los malos y castiga a los tontos»?
Si nos damos cuenta, en toda esta argumentación hay una construcción irracional: desear que las cosas mejoren porque sí, que la situación cambie por arte de magia, o confiar en que instituciones, partidos o personas, nos mejoren la calidad de vida sin pelear. Nos hemos olvidado de la máxima: «La libertad no se pide, se conquista».
Llegados aquí queda responder a algunas preguntas, quién pueda: ¿Somos conscientes de que nos autoengañamos? ¿Estamos tarados o tenemos algún tipo de déficit intelectual que nos hace permanecer inmunes a las agresiones de quienes nos oprimen, siempre los mismos? ¿Somos felices a pesar de los pesares? Evidentemente, no tengo las respuestas y eso me aturde. Solo puedo añadir lo que un conocido cercano, de intelecto agudo, me comentó un día sobre la felicidad lo siguiente: «En este mundo solo los gilipollas son felices».


jueves, 14 de junio de 2018

Siglo XXI nº 35

El colonialismo salvaje del turismo

El grado de alienación del ser humano ha llegado tan lejos, se ha vuelto tan sofisticado, que convertimos en objeto de consumo hasta otras formas de vida de nuestra propia especie. En realidad esta conducta no es nueva. Colonizamos a la naturaleza, la exprimimos hasta destruirla; colonizamos a otras especies hasta extinguirlas; colonizamos a otras etnias y naciones pobres para extraerlas hasta la última gota de riqueza; en el siglo XXI seguimos haciendo lo mismo, el turismo es una herramienta de colonización más que convierte la historia de un pueblo en objeto de consumo y su cultura en un parque temático que se explota sin piedad.
Lo mismo que Cuba fue en el siglo XX el gran casino de los EEUU, España hoy en día se ha convertido en centro de ocio por excelencia de todas aquellas personas, a nivel mundial, que se pueden pagar el viaje. Este ocio inconsciente está destruyendo nuestra forma de vida y pone en grave riesgo la calidad de la misma, por eso dirigimos este manifiesto a quienes visitan nuestro país de una manera irreflexiva, ausentes a la auténtica realidad de nuestra condición de individuos colonizados y mancillados en nuestros derechos más elementales.
Estas letras son para ti, turista ciego, que caminas en fila como un inmenso gusano sin cerebro, abanderado por un guía generalmente mal pagado, que lleva una existencia precaria. El año pasado habéis sido ochenta y dos millones quienes habéis desembarcado en nuestra tierra, para mayor regocijo de las multinacionales. Vuestra diversión es nuestra miseria, esto tenéis que conocerlo. Los colonizados hoy escribimos, mañana gritaremos, nuestra reacción futura está por ver.
Deberíais tener claro, nosotros también, que el turismo forma parte de la expansión del capitalismo hasta el último rincón del mundo. El turismo no es un simple viaje inocente sin trascendencia, lo mancilla todo, es una plaga irracional, cortoplacista, de corta visión que bajo la lógica del mercado considera que todo se puede comprar y vender. Para que tú disfrutes de una semana de vacaciones, yo pierdo mi derecho a vivir en mi ciudad, tengo un trabajo mal pagado, y soporto tu presencia en mis calles; haces que desaparezcan los referentes urbanos de mi vida. Tu diversión es mi pobreza, tu goce mi dolor. Este país posee gentes simpáticas, receptivas, colaborativas, pero nos estáis poniendo en una situación difícil cuando imponéis vuestra presencia. Ya no os vemos con curiosidad, no queremos interactuar con vosotros, sois una masa informe sin personalidad, sin pensamiento crítico; desgraciadamente, os habéis convertido en parte del enemigo, o, si queréis, en un instrumento del enemigo. Debéis saberlo porque el sufrimiento que causáis con vuestra presencia se puede volver en vuestra contra en cualquier momento.
Pensad que cada vez más convertís nuestras ciudades en un zoo humano en que nuestras vidas quedan al desnudo bajo vuestras insaciables cámaras. Queréis captar el momento. Mirad en nuestros corazones y preguntaos por los resultados de esa foto mezquina.
En tanto llegáis a los aeropuertos el Capital de nuestro país se enriquece con maniobras inmobiliarias especulativas que dejan a miles de personas sin casa o las desplazan a las periferias de las ciudades. Esta abundancia de dinero fácil aumenta la corrupción y el clientelismo político. España no sería nada sin el turismo pero tampoco lo es con él. Podemos decir que el Estado recibe ingresos pingues a través de vuestra presencia, que le sirven para satisfacer a sus mentores del IBEX-35 y mantener de paso su estructura de amiguetes, da igual el color de la bandera que ondeen sus partidos políticos.
Os lo pasáis muy bien en nuestras playas, viendo nuestros monumentos, comiendo en nuestros restaurantes, gozando de un folklore inventado y humillante de «charanga y pandereta»; mientras, nosotros padecemos los más altos niveles de explotación laboral, trabajamos jornadas interminables bajo pésimas condiciones, con salarios que se encuentran en el umbral de la pobreza.
Todo esto no ha empezado ahora, se inició hace mucho tiempo, a principios de los años sesenta. Al capitalismo español siempre le ha gustado el dinero rápido, cuanto más mejor, sin importarle demasiado las condiciones de vida de la clase trabajadora. No discuto que defienden sus intereses, es nuestra labor defender los nuestros. Manuel Fraga fue el artífice que convirtió a los turistas en dinero contante y sonante. Hemos llegado hasta tal extremo que producimos muy poco, creamos menos y nuestra esperanza por una vida digna se dibuja en un sector servicios inescrutable, oscuro, un auténtico pozo de opresión que nos sitúa en una posición muy delicada a la hora de planificar nuestras vidas.
Los turistas, hombres y mujeres, sois partícipes imprescindibles en la maquinaria de la explotación capitalista, y por tanto tenéis una responsabilidad que en un momento dado se puede volver en vuestra contra.
Si realmente respetáis nuestra cultura, nuestros usos y costumbres, nuestros ecosistemas, no vengáis, dejadnos forjar nuestro destino desde la condición que nos corresponde de desposeídos sin tierra, sin casas, sin futuro.

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martes, 8 de mayo de 2018

Siglo XXI nº 34

A los ciegos, a los sordos y a los mudos
¡Viva el primero de mayo!


Nos gusta esta época de nuestra historia reciente, la de nuestra nación de naciones. Nos gusta porque es transparente en el sentido en que las reglas del juego sociopolítico están más claras que nunca. El Capital siempre ha apuntado maneras, sin reprimirse, más bien al contrario, ahora para nada se oculta. En los últimos diez años se ha quitado la careta del todo y se presenta sin ambages ante ese gran público que le sostiene, que aparentemente ni ve, ni oye, ni tiene nada que decir salvo alguna explosión puntual de indignación que otra; a los hechos nos remitimos. El orden social está fundamentado en la «claridad de intenciones» de aquellos que detentan el poder político, económico y judicial, su mensaje es meridiano y contundente: «a quien se mueva le aplasto». En los campos de exterminio nazi la consigna falaz era que el trabajo hacía libres a los detenidos; el trabajo no exactamente, pero las cámaras de gas y los hornos crematorios sí, aunque fuera convertidos en humo.
Hoy en día, el discurso mediático, manipulador, nos dice que votar nos hace libres, que aceptar trabajos indignos nos hace libres; callar, por supuesto, es respetar la libertad general, por tanto también nos hace más libres; obedecer, en sí, nos hace libres. Algo, evidentemente, no va bien si nos creemos semejantes mensajes, opresivos en sí mismos.
El Capital obtiene beneficios cuantiosos, mientras el número de personas que viven próximos al umbral de la pobreza o con dificultades para llegar a fin de mes crece día a día; la sanidad y la enseñanza públicas degeneran estrepitosamente, mientras las privadas crecen de manera exponencial. Los tribunales se manifiestan como el antiguo Tribunal de Orden Público franquista, reprimiendo derechos fundamentales ― la libertad de expresión por ejemplo― o dando sentencias claramente antipatriarcales. Se castiga a raperos y se esculpa a los urdangarines de turno. La corrupción mina la estructura del Estado y sus instituciones. Y la palabra de la policía adquiere valor de ley, sin que tenga necesidad de probar sus acusaciones contra los detenidos. Así las cosas, la actitud de la mayoría de la población es seguir esperando que el Estado solucione sus problemas porque cree que este se encuentra al servicio del pueblo, y, evidentemente, no es así. El Estado está al servicio del Capital, es su instrumento de gestión del orden social. Nunca a través de la Historia se ha conseguido una mejora en la situación de los desposeídos sin una lucha enconada previa, y, por añadidura, sin sangre. Nada se ha logrado en las urnas más que promesas incumplidas. Es la auto organización de las luchas y una determinación firme a la hora de perseguir objetivos de progreso lo que facilita el éxito de los mismos.
Estamos en mayo, un año más, y conmemoramos a los mártires de Chicago que murieron en pro de la jornada de ocho horas en 1887: «Al mediodía del 11 de noviembre de 1887 sus carceleros los vinieron a buscar para llevarlos a la horca. Los cuatro ―Spies, Engel, Parsons y Fischer― compañeros de lucha y de sueños emprendieron el camino entonando La Marsellesa Anarquista en aquel día que después fue sería conocido como el viernes negro.» (CNT). Estos luchadores se sacrificaron por un mundo diferente en el que se pudiera vivir con dignidad. Ahora parece que estemos desmemoriados, esperamos y esperamos a que la vida mejore por sí misma, a que los violadores y maltratadores dejen de violar y matar mujeres; a que los empresarios compartan sus beneficios y sean sensibles a la precariedad laboral a que someten a sus empleados (hombres y mujeres); a que los políticos se vuelvan honestos de la noche a la mañana y defiendan los intereses de aquellos que les han votado; a que policías y militares se conviertan en personas. Aspiramos a que se produzcan milagros y estos no existen sino en nuestra pobre imaginación de esclavos modernos. Ignoramos la auténtica cara de la explotación; asumimos con la maldita frase: «es lo que hay», la baja calidad de nuestras vidas y peor futuro; no deseamos absorbemos las palabras ponzoñosas de los poderosos y sus servidores, cargadas de mentiras y traiciones; no nos atrevemos a hablar para no nos consideren terroristas y nos sancionen o nos metan en la cárcel. Somos la mejor representación del miedo, de la cobardía, en sí, de la desolación informe que nos conduce al matadero. Al final, quizá llegue el día en el que por fin seamos libres, pero no como lo soñaban los Durruti, los Ascaso y los Jover, entrañables combatientes del pasado, sino a través del humo que sale por la chimenea de un horno crematorio anónimo.

sábado, 14 de abril de 2018

Siglo XXI nº 33

Cada año la Semana Santa ―hoy más santa que nunca― nos castiga con sus desfiles procesionales trasnochados y absurdos, con sus penitentes, sus disfraces coloristas, sus imágenes dolientes o su exaltación del crucificado; y como cada año, algunas personas luchamos por escapar de ese sinsentido de incienso, marchas fúnebres, y estupidez colectiva. No es fácil lograrlo, lo aseguro, como no te eches al monte. No existe rincón del orbe español en el que no se celebre un homenaje a ese cuento en base al cual se construyó toda una religión con millones de seguidores en el mundo. En dos mil años qué poco ha evolucionado la especie humana, salvo en lo tecnológico, seguimos encadenados al pensamiento mítico, buscando respuestas en la magia y en la superstición, ya que no somos capaces de construirlas desde el análisis racional. Lo mismo nos da adorar a un palo con pelo largo y barba, a un maniquí con rostro lloroso vestido de oro y perlas, que al político de turno, en el que depositamos una fe ciega.
Siempre estamos a vueltas con las revoluciones y ese nuevo mundo que está en ciernes, pero por lo que se ve no nos está luciendo mucho el trabajo de esclarecimiento y concienciación ideológica, porque la Iglesia Católica y su parafernalia infantil nos están ganando también la partida. Siendo realistas, nos están derrotando en todos los frentes: en el cultural, en el sindical, en el religioso, en el ecológico, en el antimilitarista, en el de las necesidades básicas, ¿me dejo alguno?
Es imprescindible que seamos conscientes de todo este panorama devastador a la hora de realizar nuestros planes de trabajo diario. Necesitamos cambiar muchas cosas pero una de ellas, tal vez la más importante, es la forma de procesar la realidad de las gentes que nos rodean. Esa labor es dura, significa hablar y hablar, hasta el hastío, cuestionar, avanzar y retroceder, para volver a empezar. Pero es necesario. La religión, el futbol y Tele 5 (sirve cualquier otro medio de comunicación) forman un magnífico tándem difícil de superar; sin embargo eso no debe arredrarnos, somos anarquistas, pedimos lo imposible para así conseguir lo posible.
A ver si para el año que viene ya no tenemos Semana Santa. Eso sería todo un logro y un placer.

Sumario: