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lunes, 19 de julio de 2021

La lucha de clases y el anarquismo


El concepto de la lucha de clases


Marx es, sin duda, uno de los grandes pensadores contemporáneos; su concepto de la "lucha de clases" fue también asumido por el anarquismo, al fin y al cabo una corriente socialista en origen. Sin embargo, bien entrado el siglo XXI, son las ideas anarquistas las que cobran auténtica vigencia y constante renovación al no subordinarse a condiciones objetivas, ni a ninguna suerte de teleología, y dar importancia a la libertad y la actividad de los seres humanos.

La expresión "materialismo dialéctico" fue acuñada por Plejanov (abreviada con el termino Diamat), tantas veces identificada con el marxismo, aunque los expertos aseguran que las diferentes variedades del marxismo hacen esa identificación poco afortunada. A pesar de ello, hay que recordar varias cosas de Marx: que fue un materialista opuesto al materialismo mecanicista; que en su pensamiento hay una fuerte impronta dialéctica, y que acabó confirmando una de las leyes dialécticas, el paso de la cantidad a la cualidad, según el modelo de la Lógica de Hegel. Según Ferrater Mora, Marx es identificable con el "materialismo histórico", noción que veremos más adelante.

La formulación del materialismo dialéctico se encuentra en Engels, siempre en la línea de Marx y tratando de aportar y completar su pensamiento, la cual se incorporó al "marxismo ortodoxo" y a la denominada "filosofía soviética". No obstante, hay que aclarar que es posible sostener el materialismo dialéctico fuera de la ortodoxía marxista, bien para apartarse del marxismo-leninismo o para hacerlo de la razón analítica y positiva (en otras palabras, dejando a un lado la causalidad y primando la dialéctica).

Las intenciones de Engels fueron a apoyarse en Hegel para dar lugar a una "filosofía de la naturaleza" que superara el materialismo mecanicista, tan propia de las interpretaciones filosóficas de la ciencia en el siglo XIX. El modelo mecánico sería demasiado superficial para Engels, no tiene en cuenta el nuevo desarrollo científico (como el de la evolución de las especies), y tampoco el carácter práctico del conocimiento y la cuestión de que las ciencias están vinculadas a las condiciones sociales y al hecho posible de revolucionar la sociedad.

Si el materialismo mecanicista se basa en la idea de que el mundo está compuesto de cosas, de partículas materiales combinadas entre sí de un modo inerte, el materialismo dialéctico dice que los fenómenos materiales son procesos. Hegel diría que esos procesos naturales son manifestaciones del "Espíritu", pero lo que se coloca ahora en la misma base de esos procesos es la materia en cuanto que se desarrolla dialécticamente. Son tres las grandes leyes dialécticas de la naturaleza: ley del paso de la cantidad a la cualidad, ley de la interpenetración de los contrarios (u opuestos) y ley de la negación de la negación (según la cual, un germen da lugar a una flor, la cual acaba muriendo y produciendo otro germen que florecerá). Para Engels, negar que existen contradicciones en la naturaleza es caer en la "metafísica", el movimiento mismo supone estar lleno de contradicciones y los cambios no pueden explicarse sin esa lucha entre opuestos. El carácter de lucha y oposición de contrarios es universal, se manifiesta tanto en la sociedad y en la naturaleza como en la matemática.

Después de Engels, otros autores sostuvieron el materialismo dialéctico modificándolo de alguna manera. Lenin, iniciador del marxismo-leninismo, insistirá menos en el concepto de "materia" como realidad sometida a cambios según los procesos dialécticos. La posición del ruso supone huir del idealismo y del fenomenismo, defendiendo para ello un realismo materialista, aunque insistiendo en el aspecto dialéctico. Lenin equiparará la realidad material con el mundo real "externo" reflejado por la conciencia, la cual copia este mundo mediante las percepciones; estas, serán una especie de "reflejos" de la realidad material misma, lo cual no quiere decir que las percepciones describan el mundo físico tal como es. El verdadero conocimiento es el conocimiento científico, y la percepción no es incompatible con ese conocimiento. Según el ruso, el materialismo dialéctico, así como la epistemología realista y científica propia de él, constituyen la doctrina para la lucha a favor del comunismo; si se puede equiparar con una ideología el materialismo dialéctico, será la "teoría verdadera" que dará lugar a una sociedad sin clases.

En cuanto al materialismo histórico (Hismat, de nuevo según Plejanov), sí puede considerarse característico del pensamiento de Marx. Según no poco autores, es posible sostener el materialismo histórico sin apoyarse en el dialéctico. En cambio, a la inversa resulta francamente difícil. Tampoco parece fácil dejar al margen a Engels de la elaboración del materialismo histórico, aunque habitualmente se vincule con Marx y con el marxismo. Una de las ideas principales es la de transformar el mundo material por medio del trabajo. En la sociedad capitalista, el trabajador enajena su trabajo al convertirse en un producto de compra y venta. La causa de ello está en los modos y relaciones de producción, y entender éstos supone hacerlo también de la formación de las sociedades. La historia de los hombres, como historia de las sociedades, se entiende entonces tomando como base el mundo material y lo que realizan los seres humanos con él; los cambios en las condiciones materiales de existencia son, así, el fundamento de los cambios sociales e históricos. El resto de actividades humanas y sus consecuencias (Estados, leyes, cultura...) se hallan subordinados a los modos de producción.

La verdadera preocupación de Marx está, no tanto en la naturaleza humana (que sería una abstracción), sino en lo que esta hace con el mundo (realidad concreta, que cambia y evoluciona). Se trata de comprender los mecanismos de la formación de las sociedades y los cambios que se operan en ellas, los cuáles son de naturaleza dialéctica al producirse en las sociedades conflictos que se resuelven gracias a transformaciones en la estructura. Se trata de una dialéctica "real" que permite comprender que en la historia, al producirse la "lucha de clases", existen negaciones de una clase por otra. Una clase dominante, impulsora de los modos de producción, cae víctima de una serie de tensiones y contradicciones intrínsecas, cediendo su lugar a una clase desposeída que asume el mando de los modos de producción. En cualquier caso, creo que puede decirse que esta situación no se produce de manera mecánica ni, totalmente, gracias a unas condiciones objetivas. Es necesaria la voluntad humana, la actividad revolucionaria de la clase desposeída para acabar con los privilegios de clase; en caso contrario, la historia parece estancarse.

Una de las cosas rechazables en Marx, es la subordinación que realiza de la acción humana a unas determinadas condiciones objetivas, para él las relaciones de producción se definen de manera independiente a la voluntad del hombre. Para el marxismo, "el modo de producción en la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales de la vida". Ello ha supuesto que numerosos autores afirmen que, según el materialismo histórico, la economía constituya la base de la historia y de todas sus estructuras. No obstante, no hay una subordinación de todos los sectores sociales a uno solo, lo que ocurre es que en todas la actividades humanas están presentes los modos y relaciones de producción material. El materialismo histórico trata de proporcionar una explicación concreta de la formas básicas de las estructuras sociales humanas, y de las condiciones y leyes que rigen sus cambios en el curso de la historia.

A pesar de que Bakunin (padre del anarquismo moderno, con permiso de Proudhon) adoptó, en gran medida, la concepción materialista de la historia y aunque el objetivo para el anarquismo es también una sociedad sin clases (una de las características obvias de una sociedad antiautoritaria), la visión ácrata se aparta inevitablemente, casi desde su origen, de Marx y sus herederos. No hablamos esta vez de diferentes medios sociales y políticos para lograr un fin, la simple idea de una voluntad subordinada y víctima de unas leyes de la historia resulta, creo que cualquier anarquista estará de acuerdo, odiosa a un espíritu libertario.

La lucha de clases está en gran medida asumida, y no solo por las ideas anarquistas, pero el enriquecimiento de estas se produce con factores que corresponden al plano de la actividad humana: el apoyo mutuo como importante factor evolutivo, la solidaridad como indispensable presencia social, la libertad como muestra de dignidad humana... El deseo de acabar con toda institución coercitiva, que obstaculice el desenvolvimiento de una sociedad libre, hace que no puedan verse unas simples condiciones objetivas (aunque la idea antiautoritaria constituye, en sí misma, un atractivo motor de evolución social), se entiende que la libre experimentación en las relaciones económicas es uno de los factores importantes para los objetivos. Para el anarquismo, es mi opinión, es la acción humana frente a toda resistencia autoritaria, algo propiciado por la voluntad, conciencia y deseo de las personas, un elemento indispensable para el cambio social.

La lucha de clases hoy y el anarquismo

¿Qué podemos decir hoy sobre la lucha de clases? La propia aclaración, por parte de algunos anarquistas, de que ellos sí están a favor de la lucha de clases es una invitación ya al debate, siempre saludable desde la perspectiva libertaria.

Desde sus orígenes, el anarquismo se ha opuesto a la sociedad de clases, y ha combatido cualquier forma de alienación y explotación; es así, por ser una variedad del socialismo, que confía plenamente en la libertad y espontaneidad de las personas, lo que le diferencia de otras corrientes. La cuestión es si esta visión tradicional sobre la explotación y la lucha de clases se ha visto tan influenciada por el marxismo, y su visión de que los trabajadores se vuelven inevitablemente revolucionarios, que hoy es un obstáculo primordial para la transformación social. El anarquismo no se limitó nunca a señalar solo la explotación económica, por lo que el antagonismo de clase bien se podría sustituir (o, mejor, extender) a la lucha por acabar con la dominación. Es cierto que este análisis, tal vez demasiado elemental, lo realiza a priori la mayor parte de los anarquistas, pero bien merece la pena insistir en ello una vez más.

Nos gustan demasiado las etiquetas, y los apelativos que acompañen a la palabra anarquista, por lo que tratemos de observar el asunto desde una perspectiva amplia. Cuando se realiza esta crítica, no estamos diciendo que la clase trabajadora hoy, bien entrado el siglo XXI y en lo que algunas llaman sociedad posmoderna y posindustrial, ya no existe. Sería una soberana estupidez afirmar tal cosa, lo mismo que asegurar que el poder tampoco; no existe el poder al modo tradicional, al menos no de una manera obvia, ya que ha sufrido su propia evolución integrando en él a las personas (el Estado "democrático" es eso). Lo mismo ocurre con el capitalismo y con la clase trabajadora, o más concretamente con el proletariado; ha habido muchos cambios, económicos y sociopolíticos, desde esa visión socialista que consideraba que sería el sujeto protagonista de la revolución. Insistiremos en que el anarquismo marcó la diferencia, pero es posible que gran parte de él sí se viera influenciado por esa visión. Seguir pensando que los trabajadores, los explotados, en su antagonismo de clase pueden acabar generando una conciencia revolucionaria (y, más importante, libertaria) resulta hoy ingenuo.

El anarcosindicalismo, o el sindicalismo revolucionario, parece hoy más una idea romántica que una posibilidad material con algo de futuro. Por supuesto, no decimos que no sea muy loable la existencia de sindicatos independientes y combativos, a diferencia de los directamente integrados en el Estado, pero sencillamente hay que cuestionar si ello es la vía para trabajar por la sociedad libertaría. Estaremos de acuerdo, al menos, en que no puede ser la única vía. Por ello, los cambios hoy para el modelo organizativo hacen que existan ciertas redes difusas en un nuevo escenario sociopolítico y tecnológico. No obstante, hay anarquistas, muy influenciados por el anarquismo clásico, que continúan insistiendo en esa perspectiva obrera para realizar el cambio social, ya que son los trabajadores los que más sufren la explotación capitalista y los más interesados en acabar con ella (algo que, por otra parte, afirma cualquier socialista revolucionario). Otros, aseguran que los sindicatos, incluso los más combativos, incluyendo los que enarbolan banderas anarquistas y tienen en su programa la autogestión económica, acaban siendo en definitiva mediadores entre el Trabajo y el Capital, por lo que entran en el juego del sistema.

El propio concepto de "lucha de clases", el protagonista de este texto, está tan contaminado por la visión marxista (aunque ya existiera con anterioridad a Marx) que es también digno de reflexión. Los anarquistas, creemos que estarán de acuerdo todos, están obligados a combatir la opresión en cualquiera de sus formas; ello, al margen de que la misma tenga una obvia connotación de clase o se produzca en otros ámbitos. Los estudiantes, por ejemplo, no integrados todavía en el mercado de trabajo, resultan una magnífica esperanza para combatir toda forma de dominación e ir perfilando un horizonte libertario. No es casualidad que el Mayo francés constituyera, creemos posible llamarlo así, un cierto cambio de paradigma para las ideas libertarias. Lo que es evidente es que el mundo del siglo XXI es ya muy diferente del de hace décadas, por lo que los anarquistas estamos obligados a analizar y buscar respuestas ante los nuevos escenarios. La lucha de clases tradicional, junto a otros valores originarios de la modernidad (donde el socialismo fue importante, pero no olvidemos que es el capitalismo es el sistema que se ha ido consolidando, por lo que es inevitable asociarlo a esta época), como la razón y el progreso, son bellos ideales que no pueden, de ninguna manera, ser rechazados sin más. Lo que se critica es su subordinación a un sistema que continúa siendo jerarquizado y explotador, si bien con la capacidad de integrar y colonizar la conciencias de gran parte de las personas (incluyendo las de los mayores explotados).

La sociedad autoritaria ha demostrado una gran habilidad para integrar las nuevas luchas; las que se desarrollan en la actualidad, subversivas, solidarias, horizontales y con el horizonte de la autogestión, también deben cuidar su independencia para no contribuir a asentar nuevos mecanismos de dominación. Una de las grandes características de las organizaciones anarquistas es que, en su seno, llevan ya la sociedad que les gustaría vivir; esta sociedad, por supuesto, se caracteriza por la la inexistencia de explotación ni dominación (una sociedad sin clases). Otro rasgo de los múltiples proyectos locales anarquistas, es la ausencia de una visión rígida y sistematizada sobre las ideas y la sociedad. Es por eso que una visión inmovilista sobre la lucha de clases no es tampoco asumible y parece propia de organizaciones de masas, al estilo de la CNT de antaño, que hoy parece sencillamente imposible. La lucha de clases, vista de esa forma, como en otras corrientes socialistas como el marxismo, parece suponer una desesperada respuesta a los problemas sociales y económicos, un factor que acabaría empujando a la deseada sociedad sin explotadores ni explotados. La realidad es algo más compleja, por lo que merece la pena extender nuestro trabajo por una sociedad libertaria a otros ámbitos.

Capi Vidal

http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com.es/


viernes, 16 de abril de 2021

Socialismo libertario e individualismo solidario

Resulta curioso que, si bien existe una manera de observar la historia del anarquismo en la que está claro que es una corriente socialista, los primeros anarquistas no dudaban en hacer suyos a autores que, tal vez, hoy consideraríamos más cerca del liberalismo (si bien, su crítica furibunda al Estado y a cualquier forma de dominación o, lo que es lo mismo, su naturaleza antiautoritaria se hace muy atractiva). Hay que considerar al anarquismo mucho más que un tipo de socialismo o colectivismo, una especie de filosofía vital que busca la emancipación en todos los ámbitos de la vida y el desarrollo de los valores más nobles del ser humano; por su propia idiosincrasia hace que tenga necesariamente que apostar por un modelo social y económico cooperativo y por dar predominancia a la solidaridad por enciman de cualquier otro valor.

Podríamos decir que el anarquismo, el moderno al menos, nace como una corriente socialista y, tras toda una rica tradición de heterodoxia doctrinal y una continua puesta al día de su premisas, vuelve una y otra vez a buscar sus raíces, ya que no puede renunciar a un pasado del que no tiene que avergonzarse. Autores como Rocker consideraban el anarquismo como la gran síntesis entre socialismo y liberalismo, otra atractiva definición que define las posibilidades para el futuro de las ideas libertarias. Síntesis, y no enfrentamiento, a pesar de dos concepciones que parecen antagónicas, es el mayor atractivo de esas dos, supuestas, vertientes históricas del anarquismo. A pesar de ello, resulta evidente en la lectura de algunos autores, esa diferenciación radical entre el individualismo y el anarquismo entendido principalmente como una ética comunitaria (definición, pese a todo, atractiva). Si atendemos al concepto de individualismo solidario, que no tiene que ser un oxímoron necesariamente, tal vez lleguemos a un acuerdo en el que queda aclarado de una vez que anarquismo no tiene nada que ver con el socialismo autoritario, ya que que se enfrenta de igual manera a cualquier forma totalitaria de la sociedad como a un individualismo basado en la explotación y en el "sálvese quien pueda" (léase, capitalismo).

Carlos Díaz es un autor que escribió algunos libros interesantes en los años 70, parece ser que en la actualidad aboga por un personalismo comunitario (que, seguramente, tampoco será un oxímoron). El caso es que la lectura de este hombre deja entrever una concepción religiosa del anarquismo y muestra una, razonada, todo hay que decirlo, obcecación en una supuesta vertiente individualista (que llega a definir como patológica) del anarquismo. Y decimos que muestra ese tono religioso, no peyorativamente, simplemente que insiste, de manera excesiva en nuestra opinión y a costa de otras influencias atractivas, en la interpretación del anarquismo como el advenimiento de una especie de Edad de Oro. Individualismo a ultranza es, sencillamente, una sinrazón, el ser humano acaba pactando con sus semejantes y, a ser posible como desea el anarquismo, empatizando y cooperando con ellos. Individualismo liberal puede definirse como "mi libertad acaba donde empieza la de mis semejantes", y es posible que algunos autores hayan estado más cerca de esa concepción, pero hoy en día tiene que ser conocido que el individualismo anarquista se basa en "mi libertad se completa con la libertad de mis semejantes". Y lo seguimos considerando individualismo, ya que el personalismo de Díaz o Mounier se nos antoja demasiado místico (se aleja del plano humano para adquirir una dimensión trascendente más que cuestionable), no hay porque otorgar una concepción peyorativa a un concepto con demasiadas lecturas y que en la tradición ácrata solo puede ser visto de manera positiva.

Lo individual no tiene por qué resultar opuesto a lo comunitario, si atendemos a una tensión permanente no sintetizada en una instancia superior que sucumba a alguno de los dos extremos (totalitarismo o individualismo insolidario). Los escritos anarquistas de Díaz se producen en pleno auge del anarquismo epistemológico de Feyerabend, al que reduce peyorativamente a una especie de dadaísmo (es decir, negación de los cánones establecidos e irracionalidad). Esta propuesta de Feyerabend, que podemos llamar nihilista en su deseo de sospecha permanente frente al conocimiento (identificado con el poder) instituido, quiere verse como contrapuesta a un anarquismo militante basado en la honestidad, la disciplina y la fraternidad (nociones muy humanas, y muy saludables para el desarrollo físico y mental, por las que cualquier tipo de anarquismo debería apostar). Pero no hay tal antagonismo, la crítica permanente a lo instituido se realiza en aras de la mejora de cualquiera y de todos, del progreso, de la ampliación de horizontes. Como se ha afirmado en ocasiones, el nihilismo tiene, también, una vertiente positiva, va apartando a la religión y liberándonos paulatinamente de la jerarquía. Volvemos a lo mismo, Stirner (e incluso Nietszche) pueden hacer de contrapeso filosófico a los valores humanos preconizados por el anarquismo, que solo adquieren sentido en la praxis individual y social. Los anarquistas no han abandonado, en absoluto, su ideal emancipatorio, sino que se protegen con coraza ante las críticas realizadas a una modernidad que no ha cumplido sus postulados, apostando por una crítica permanente a lo instituido (es decir, negación de la perfección en busca del auténtico progreso que supone perseguir la utopía).

Reflexionando sobre el individualismo, se plantean algunas cuestiones interesantes y no resueltas, y es posible que no lo estén nunca. Se ha dicho que autores individualistas, como Stirner o Armand, han querido ver la preexistencia del individuo frente a la sociedad, y ver a ésta como una simple adición de aquellos. Es una visión que, incluso, se opone a otras anarquistas que hablan de cierto determinismo social. En cualquier caso, es una controversia en nuestras opinión irrelevante y hay que ver, en la idea anarquista, la que con mayor fuerza profundiza en la noción de libertad para buscar un equilibrio entre el individuo y la sociedad. Apelar a la prioridad de una parte, el individuo, frente al todo resulta prácticamente una quimera; el individuo nace inserto en una sociedad y solo después de un desarrollo, intelectual y moral, y una concurrencia de múltiples factores, podemos hablar de un sujeto formado, y en parte determinado, por un entorno. Todo lo demás, en torno a una naturaleza humana, se me antoja simplista o místico, lo mismo que cualquier teoría sociopolítica contractualista (un supuesto contrato realizado por individuos en "estado natural", que aquí no ha hecho nadie que sepamos). Podemos decir, entonces, que individuo y sociedad forman un conjunto con dos polos en equilibrio y sin ruptura por ningún lado (lo que desemboca en algún tipo de desastre para algunos o para todos). La búsqueda del desarrollo propio, de nuestra individualidad, se antoja una tendencia atractiva como contrapeso a cualquier tendencia doctrinaria que nos convierta en una mera pieza del engranaje, pero de ningún modo estamos hablando de una tendencia que niegue el societarismo. Es posible mencionar diversas teorías filosóficas y científicas, que están en la línea de una subjetividad interrelacionada con el mundo externo, por lo que la idea de un individuo autárquico resulta complicada, máxime en una propuesta libertaria que da predominancia a la solidaridad (que, de un modo u otro, está relacionada con la cooperación).

Emile Armand hablaba de "crítica permanente e irreductible respecto a las instituciones", algo que no hay que observar aislado de cualquier praxis (actitud constructiva y cooperativa), es al menos la postura por la que apostamos. Existen también anarquistas que niegan la posibilidad de una educación libertaria, ya que el propio modelo educativo implica según ellos dominación. Podemos encontrar en esto un paralelismo con un supuesto asocietarismo individualista, y la gran cuestión es si esto coduce a alguna parte (sobre todo, si conduce a una sociedad libertaria). La crítica permanente hacia lo instituido se realiza enfrentada a una práctica libertaria continua, con todos los límites que pueda suponer una actividad humana que busca otorgar sentido a las ideas de libertad y solidaridad (completadas una con la otra). Somos consciente de que son bellas palabras, pero la cuestión es esa, convertirlas en una realidad en nuestra vida cotidiana (en la que lo individual está plenamente relacionada con lo social). Por el contrario, la idea de un individualismo autárquico, ni siquiera es utópica, es más bien algo apartado del plano de actividad humana (incluso, aunque hablemos de aislacionismo). En el ámbito económico, observar la propiedad privada de los medios de producción como una garantía de libertad personal nos acerca a un terreno similar, en el que hay que preguntarse si esto es posible respetando al mismo tiempo la libertad de los otros (y aquí podemos reducir libertad a la misma idea de propiedad privada). Los dos polos pueden ser individuo/sociedad o individualismo/socialismo (nunca totalitarismo, concepto que alude obviamente a la intervención continua por parte de una instancia coercitiva), estaremos de acuerdo en que la autonomía individual, en el ámbito económico y en cualquier otro, es un bello punto de partida que solo adquiere sentido en una sociedad libertaria (en la que se ha desterrado la coerción y la explotación) si hablamos de cooperación.

Adelanto algunas críticas, de postulados supuestamente anarquistas que niegan el socialismo. Y yo reafirmo la idea de un anarquismo en equilibrio entre los dos polos, pero que de ninguna manera abandona la idea de unos medios de producción colectivizados y de una economía dirigida al bienestar de todos los miembros de la sociedad. El individualismo de autores como Emile Armand (discípulo de Stirner, aunque considerado ya anarquista) resulta, en nuestra opinión, cuestionable en muchos puntos, pero de ninguna manera creo que haya que identificarlo con un mero negativismo o relacionarlo con la idea de libertad liberal y burguesa. Cuestionar las nociones abstractas que se oponen a la libertad individual, como Dios o Estado, es un sano ejercicio intelectual y moral que se completa perfectamente con la crítica concreta a tal o cual religión (o visión metafísica o trascendente) y al expolio social que tiene una organización social basada en la jerarquía (aquí, se puede ser más lúcido y concreto que al hablar de "contrato social"). Creemos importante la capacidad de abstracción, para entre otras cosas no caer simplemente en un juego simplista y maniqueo, y en aras de no subordinarse a ninguna instancia superior más allá del plano de actividad del ser humano, pero no hay que perder de vista la complejidad de esa misma práctica humana. Egoísmo es un concepto tal vez inherente al ser humano, y que tantas veces conduce a muchos autores a la desesperanza, pero la búsqueda del desarrollo del yo, en autores asumidos por la tradición ácrata, puede completarse perfectamente en la idea de la libertad como conquista también social. No es un deseo de salvar cualquier visión anarquista, sino de completarlas y enriquecerlas, de no condenar o idealizar apriorísticamente al ser humano por una supuesta (falsa) concepción de la naturaleza humana maligna (egoísta) o beatífica (solidaria). No creo que exista tal naturaleza previa, por lo que trasladamos todo desarrollo posterior a una práctica individual y social. La idea de vivir plenamente, de alcanzar la felicidad, solo puede alcanzarse de verdad si profundizamos en nuestro campo de actividad humana y una noción importante en ello es el reconocimiento del otro (una moral que no tiene porque enfrentarse al ego y sí completarse con él). El egoísmo, o mejor denominarlo el desarrollo del yo, al igual que la libertad, no encuentra sus límites en el ego de los demás, sino que puede completarse con él. Lo dicho anteriormente, bellas palabras que encontrarán numerosos escollos en la realidad, pero que resultan una nítida propuesta alejada del individualismo burgués exento de valores y con la premisa indignante del "sálvese el que pueda".

Capi Vidal


lunes, 9 de noviembre de 2020

El viejo y nuevo internacionalismo


Las ideas anarquistas, a diferencia de otros corrientes socialistas, que en origen también fueron internacionalistas, nunca abandonó esa aspiración moral y política; la vía y el trabajo de los libertarios han estado siempre en la construcción de una libertad e igualdad, estrechamente vinculadas, junto a una hoy más necesaria que nunca fraternidad universal.

Como es sabido, en el siglo XIX el nacionalismo se identificaba con la emergente clase burguesa, mientras que el internacionalismo era propio de la clase trabajadora. Las cosas han cambiado, al menos en cómo se quieren ver las cosas, hasta el punto de que algunos han identificado el nacionalismo con la legítima aspiración de ciertos pueblos a liberarse de alguna opresión. Así, se ha querido vincular en algunos casos el patriotismo con una actitud más conservadora, en el sentido de querer conservar cierta tradición e incluso herencia familiar, mientras que el nacionalismo sí podría tener esa connotación emancipadora. Desde mi punto de vista, se trata de una falacia, ya que es una mera cuestión de matices lo de patriotismo o nacionalismo, ya que ambos, aunque pudieran tener una primera fase de legítima aspiración liberadora, no tardan en consolidar e instituir una nueva dominación política. Las ideas anarquistas, como parte de sus convicciones y de su filosofía social, y a pesar de nacer en la modernidad, es posible que hundan sus raíces en la Antigüedad con el cosmopolitismo de cínicos y estoicos, para a través de la herencia ilustrada aspirar a esas visión de la humanidad como un todo moral. El patriotismo, desde nuestro punto de vista, no deja de ser la consecuencia de un nacionalismo instituido, que a la fuerza supone la construcción de un Estado. Si la visión de la humanidad, se quiere ver tantas veces como el progreso hacia el moderno concepto de Estado-nación, el anarquismo aporta una alternativa histórica y social: la federación de pueblos libres, donde se respetan por supuesto costumbres y lenguas diversas, pero se trabaja por afinidades y aspiraciones comunes. La antigua, y esperemos que nueva, fraternidad universal, basada en la solidaridad y la libre asociación, así como en la expansión de la cultura, desde lo local a lo global.

La visión libertaria sobre el nacionalismo, desde nuestra opinión, ha sido siempre negativa. Por eso, duele ver como se etiqueta como neoanarquistas a los que van de la mano de otras fuerzas nacionalistas. Por supuesto, no se trata de ser categóricos, ni de querer repartir identidades auténticamente anarquistas, pero queremos insistir en esa aspiración moral libertaria, que nada parece tener que ver con la independencia de una territorio para administrar sus intereses.Detrás del nacionalismo, solo podemos observar alguna voluntad de poder; no podemos dejar de comprobar que la idea abstracta de la nación tiene como consecuencia la construcción del Estado, o tal vez a la inversa, pero ambas parecen nacer del mismo tronco. Este guerra de nacionalismos que sufrimos últimamente en España, de personas abrazadas a una u otra bandera empujadas por un determinado imaginario social y político, no deja de ser un fortalecimiento de un espíritu o identidad nacional, que parece la antítesis de la emancipación social, tal y como la entienden las ideas anarquistas. No es casualidad que el nacionalismo se quiera ver como una especie de religión de Estado, plagado de dogmas, que relega al individuo a la categoría de sujeto colectivo y lo reduce a una condición histórica y cultural muy estrecha. Por supuesto, nacionalismos emergentes y nacionalismo consolidados, el mal es el mismo. Por muy complicado que nos parezca a día de hoy, hasta extremos utópicos, hay que trabajar por ese internacionalismo y esa fraternidad universal, como una superación de fronteras a nivel no solo físico, también moral y psicológico.

Los anarquistas debemos poner el foco en la cuestión social, mientras que los nacionalistas (o los que les hacen el juego), aunque se llenen la boca de libertad e independencia, priman esa identidad nacional (que, en cualquier caso, observamos como negativa). Por supuesto, que creemos en los vínculos comunitarios, en la búsqueda de factores comunes, pero desde la solidaridad y el respeto a la diversidad, no desde la homogeneización y la imposición al otro (que siempre es cosa del poder). Como ya hemos insistido, estamos seguros de la sinceridad de muchos revolucionarios, incluso libertarios, en observar un proceso independentista como una oportunidad. Sin embargo, insistiremos de nuevo en verlo como un error, ya que toda tentación identitataria a nivel colectivo desemboca, más tarde o más temprano, en una institución estatal y en la creación de una nueva frontera. No queremos ser acusados de dogmáticos, pero llamamos la atención, precisamente, sobre toda visión estrecha y parcelaria. Explicado de un modo excesivamente simple, el internacionalismo libertario, de condición flexible y siempre descentralizadora, puede apoyarse en instancias autónomas con el nombre que se desee (región, municipio o barrio), libremente federadas entre sí con el vínculo de la solidaridad. Ya el término 'nación' ocasiona un problema a nivel etimológico, y no es casualidad que el movimiento socialista se denominara en sus orígenes como Internacional. Todas esas corrientes socialistas, a excepción del anarquismo, acabaron abrazando de un modo u otro el concepto de Estado-nación, por lo que colaboraron finalmente en la fusión de dominación política y explotación capitalista.

Insistiremos en que detrás de todo "lo nacional", como podemos observar una y otra vez en la práctica, existe alguna voluntad de poder. Libertad, igualdad y fraternidad son las tres grandes conceptos emergentes en la modernidad, pero no únicamente para figurar en bellos libros de historia o incluso en modernas constituciones nacionales. Para que tengan un sentido auténtico, lo que entendemos como emancipación social en las ideas anarquistas, hay que comprender su importancia, lo estrechamente vinculados que se encuentran y todos aquellos factores que los imposibilitan. El nacionalismo, un ideal romántico que se enfrentó en ocasiones legítimamente a viejos imperios y concepciones, ha sufrido su propio desarrollo en la modernidad, perviviendo a día de hoy con una retórica similar. Sin embargo, el desarrollo de la modernidad no puede verse como un mero enfrentamiento entre imperialismos y nacionalismos, o entre unos nacionalismos con otros (que no deja de ser la sustitución de una dominación por otra). Afortunadamente, existen también las ideas anarquistas, que insisten en la cuestión social, en la expansión cultural y en la ética antiautoritaria, tratando de hacer realidad esos conceptos de libertad, igualdad y fraternidad universal.

Capi Vidal

miércoles, 12 de agosto de 2020

La enajenación del poder y la justificación del Estado


Para el anarquismo, la libertad no es una abstracción anterior al hecho social. Por lo tanto, al contrario de lo que afirman los liberales partidarios del contrato social, los seres humanos no ceden parte de su libertad para dar lugar a la sociedad; no se produce enajenación alguna, al menos no por la la propia voluntad de los individuos.

La libertad se construye sobre la base de la igualdad y de la solidaridad colectiva, de todos los miembros de la sociedad. Tanto la libertad, como la dominación, para los anarquistas, son producto de la actividad social, por lo tanto, contingentes, se pueden producir o no. Si el poder político se hace independiente de la sociedad, nace el Estado y, consecuentemente, se produce un abismo insalvable entre libertad e igualdad. El principio del Estado supone la heteronomía de la sociedad al mismo tiempo que justifica la jerarquía y la dominación. Esto explica las críticas anarquistas a toda teoría del contrato, que no funda la sociedad, sino el Estado; se trata de una diferencia considerable con el liberalismo, por mucho que tantas veces se enmascare este último como una forma de nuevo anarquismo. El liberalismo, tal y como se produce a partir del siglo XVII, acaba dando lugar al principio del Estado-nación, una consecuencia lógica del contrato social.

El anarquismo, por el contrario, considera la instancia política como parte de la sociedad en su conjunto; concibe lo político como una estructura social compleja, nunca definitiva, en conflicto permanente y basada en la reciprocidad y en la autonomía del sujeto en acción (es decir, la negación de una parcelación del poder que enajene al conjunto de la sociedad). La anarquía no niega lo político, sino que ofrece una alternativa al Estado con una estructura no jerárquica en la que el poder no es expropiado por una parte de la sociedad. En toda la filosofía política moderna, solo el anarquismo ha ofrecido una propuesta no dependiente del principio político del Estado. No estamos hablando de mera teoría política, ni de simples abstracciones, tanto el Estado como el anarquismo tienen su justificación histórica y empírica.

En su versión moderna, el Estado posee una legitimación metafísica. Es decir, el principio del Estado es considerado como una idea imperativa y trascendente a la voluntad de los individuos, que presupone el sometimiento de todos los miembros de la sociedad. El poder político no es ya, como antaño, un tirano incluso caprichoso, sino que posee rasgos racionales y abstractos, que queda enmarcado por la ley y el derecho. Por supuesto, estas leyes no son producto de un ser superior, sino que nacen del propio poder político formado por hombres, por lo que hay que buscar una primera crítica y falta de legitimación en esa cuestión. Al menos, desde finales del siglo XVIII, en la teoría política es posible una primera crítica a esa contrato social que funda y legitima el principio del Estado.

Sin embargo, pensadores anarquistas más recientes han considerado que el Estado, como entidad real y existente, no puede reducirse al conjunto de sus aparatos: (gobierno, administración, ejército, policía, escuela) y tampoco a la continuidad institucional en el tiempo. Llevado a un terreno lingüístico y semántico, el Estado existe en gran medida por la creencia de una mayoría de ciudadanos en él. Así, la posición anarquista puede considerarse como "descreimiento"; el ácrata no piensa en la existencia del Estado, no cree en él, y por lo tanto no lo justifica en su mente ni en su corazón. El imaginario colectivo está compuesto por una serie de representaciones, imágenes, ideas y valores, que en el caso del Estado suponen la justificación de un poder central supremo diferenciado de la sociedad civil e incluso legitimado por el uso de la fuerza. En la Historia, el proceso de formación del Estado ha sido largo, y es posible que se haya completado cuando, como sistema simbólico de legitimación del poder, ha logrado atraer una mayoría de voluntades.

Si entendemos que las sociedades humanas, como estructuras complejas e inestables, se regulan en base a la creación de ese sistema simbólico (es decir, de significados, normas, códigos e instituciones), podemos comprender el proceso legitimador del Estado. No es que el imaginario colectivo haya dado lugar al Estado, sino que es la alienación del poder que sufre la sociedad, con el nacimiento de la dominación o poder político, la que determina esa situación. Se trata de una expropiación de la capacidad simbólico-instituyente por parte de una minoría, clase mediadora o grupo especializado. De esa manera, la instancia política se autonomiza y nace el Estado. Para el anarquismo, el poder nace de la sociedad, como resultante de la diversidad y de todas las fuerzas en conflicto, no a la inversa. El Estado, en sus diversas formas, también el moderno democrático, no es más que un paradigma, una forma histórica particular. Resulta contingente, no necesario. Para el futuro, el reto es conquistar la sociedad libertaria, sin Estado, sin dominación.

Capi Vidal 
Reflexiones desde Anarres

lunes, 13 de enero de 2020

Creencias enfrentadas


Como ya hemos dicho en otras ocasiones, el nacionalismo no deja de ser una forma de creencia religiosa secularizada. Al igual que la religión, en la que solo hay una y verdadera, el nacionalismo sustituye a la divinidad por el Estado, del cual mana toda ley sagrada; así, podemos ver por parte de muchos españoles, en estos días de enfrentamientos entre creencias nacionalistas, aludir a la Constitución como si fuera la 'verdad revelada' para siempre. Por supuesto, se olvidan los intereses muy terrenales que se encuentran detrás, por parte de una minoría dirigente y privilegiada, por no hablar de la historia reciente de este país (sí, hay que hablar del franquismo, ya que lo que somos en la actualidad es un producto de lo ocurrido en el pasado, muy obvio). Volvamos al nacionalismo, con su lenguaje patriótico, grandilocuente, mítico y redentor, que al igual que la religión, nutre los deseos, ilusiones y personas de los seres humanos dejando a un lado la realidad, que está detrás, de toda opresión política y explotación económica. Este análisis, debería no ser necesario decirlo, es válido tanto para todo Estado consolidado, como es el Reino de España, como para aquellas naciones que aspiran a construirlo, como sería el caso de una República de Cataluña. Un amigo mío, lúcido él como pocos, considera que el nacionalismo ajeno, cuando enerva de forma irracional a tantos es porque tienen otra creencia nacionalista que defender. No podemos estar más de acuerdo cuando apelamos, en nuestra crítica al nacionalismo (a todo nacionalismo) a una visión amplia de las comunidades humanas, cosmopolita y fraternal. Al igual que con la religión, no se trata de decidir cuál es mejor o el verdadera Estado-nación, sino cuestionar si son o no perniciosos al dividir a las personas y encubrír la opresión política.

Como insinuamos anteriormente, la historia es importante para dilucidar la verdad (o, al menos, acercarnos a ella). En este país, se manipula la historia, por unos u otros, o se fomenta el olvido apelando, de nuevo como religión, a temores comunes que no deberían tener demasiado calado en personas concienciadas y decididas. Si se quiere anular el conocimiento sobre la ocurrido recientemente, para consolidar el status quo, qué decir sobre la creación de ese leviatán conocido como Estado-nación. El común de los mortales considera el Estado, si no una deidad a la que adorar, sí una autoridad suprema necesaria para la convivencia social, olvidando que su origen se encuentra en factores perversos como son la conquista, la guerra o los impuestos. Lo que caracteriza el Estado moderno, basado en gran medida en toda la mitología nacionalista, es que ha tenido la capacidad de obtener la lealtad de una mayoría social en base a un sentimiento de pertenencia junto a sanciones e impuestos directos. Así, el Estado moderno, aunque no deja de ser una nueva forma para viejas estructuras autoritarias, no necesita recurrir constantemente a la fuerza o a la amenaza gracias a un consentimiento voluntario de las personas, que se consideran representados por una minoría de dirigentes gracias a parlamentos y asambleas. No se trata de una democracia directa, ya que las decisiones se delegan en otros, lo cual no deja de encubrir una instancia imperativa, como es siempre el Estado, que se encuentra por encima de toda voluntad individual. Insistiremos en que el Estado-nación se sustenta gracias a la creencia de las personas, lo que los expertos llaman un imaginario social: representaciones, imágenes, ideas o valores, que legitiman ese poder centralizado de carácter supremo bien diferenciado de la sociedad civil.

Volvamos a la cuestión de España y Cataluña, dos creencias en un determinado imaginario sociopolítico enfrentadas. Podemos hablar de factores muy concretos, como es la represión del Estado español, apelando a la "ley sagrada" y mostrando así su verdadera faz (lo cual no deja de alimentar la creencia ajena), o la manipulación por parte de la clase dirigente catalana, fomentando durante años el sentimiento mítico-nacionalista de las personas. Igualmente, no hay que simplificar actitudes entre uno u otro imaginario como si fueran creencias irracionales o dogmáticas sin más, ya que unos pueden considerar sinceramente que se está rompiendo la "convivencia social", mientras que otros pueden pensar honestamente que la posibilidad de la "independencia" es una oportunidad para una comunidad mejor. Sin embargo, hay que insistir en la denuncia de tanta falacia si verdaderamente creemos en el cambio social (que nada tiene que ver con lo nacional), muchas veces producto de un pensamiento demasiado simple, y recordar que para una u otra clase dirigente no hay nada mejor que fomentar la creencia en las personas. A pesar los matices, lo que se está fomentando es la creencia en una "soberanía nacional" (consolidada o aspirante a serlo), como si fuera una instancia superior que va a aportar color y contenido a cada vida, cuando la realidad es que se trata de una estructura jerarquizada y autoritaria. Si antes la subordinación era hacia una abstracción llamada Dios, ahora lo es a algo llamado Estado-nación (ya que consideramos ambos conceptos estrechamente relacionados).

¿Es Dios quién da lugar a la religión o al revés? Análogamente, ¿la nación da lugar al Estado a la inversa? Dejemos esas disquisiciones, producto de diversas épocas históricas, para campos que nos son ajenos. Lo cierto es que se acaba fomentado una mítica patriótica, de un tipo o de otro, que acaba enfrentando a las personas refugiándose en creencias dogmáticas, por no hablar de los intereses de minorías privilegiadas que se encuentran detrás de todo edificación "nacional". Así, hay que hablar más bien de credulidad, en lugar ya de creencias, cuando las personas aluden a conceptos como "intereses nacionales", "espíritu nacional" o, todavía más terrible al encubrir la explotación económica, "capital nacional". Como en cualquier creencia religiosa, con su lenguaje trascendente y metafórico, se esconden problemas muy reales, en base a deseos y temores humanos por un lado, y a los privilegios de unos pocos por otro. De ese modo, detrás de toda veleidad nacionalista, una especie de religión secularizada, hay una ambición de poder, el poder centralizado del Estado sobre un territorio, por lo que el imaginario social se alimenta de esa estructura jerarquizada para la que no existen aparentemente alternativas. La realidad es que si el poder se retroalimenta, y afianza en el individuo el sentimiento de ser sometido o de ser sometedor, es posible una cultura que otorgue al ser humano una conciencia diferente, auténticamente liberadora. Una conciencia en la que no exista la posibilidad de dominar o ser dominado, y se sea consciente del potencial creativo de la humanidad junto a una concepción de la libertad y la cultura todo lo amplia posible. En resumen, un nuevo imaginario social, ya que ninguno es necesario y cualquiera es contingente, en el que no se fomente la apropiación por parte de una minoría, en base a creencias míticas de carácter nacional, del poder que debe ser de la sociedad para decidir por sí misma.

Capi Vidal 
Libre Exámen 
1/10/2017

domingo, 11 de diciembre de 2016

Recordando a Darwin, revitalizando a Kropotkin

Recordamos con este texto la falsa controversia entre las tesis de Darwin y de Kropotkin, que no se enfrentan entre sí, sino que se complementan; como es sabido, la erudita obra del anarquista ruso se esfuerza en demostrar que en la evolución, tan importante o más que la competencia, resulta primordial la sociabilidad y el apoyo mutuo.
Se ha comentado ya mucho sobre aquel viaje de Charles Darwin, iniciado en 1831, por América del Sur e islas del Pacífico, que le permitió recoger un impresionante caudal de datos geológicos, botánicos y zoológicos. Pasarían varios años, con la consecuente ordenación y sistematización de esa información, para que elaborara su teoría de la evolución. Durante algunos años, se pensó que Darwin llegó a sus conclusiones a partir de la lectura de Malthus y su famosa teoría sobre el crecimiento de la población humana, mayor que los recursos necesarios para la subsistencia, lo cual generaría una "lucha por la existencia".
Hoy, se piensa que lo que Darwin sacó de Malthus es que el proceso de selección natural ejerce una presión que fuerza a algunos a "abandonar la partida" y a otros a "adaptarse" y a "sobreponerse". En cualquier caso, un año después de aquel famoso viaje, Darwin empezó a crear la teoría de que todas las especies podrían provenir de un tronco común. La "selección natural" se produciría por las alteraciones orgánicas engendradas por la lucha por la existencia, en el curso de las cuales sobrevivirán solo los más aptos.
Darwin dejó muy claro que la selección natural no induce a la variabilidad, sino que implica solamente la preservación de las variaciones que aparecen y que son beneficiosas para el ser en sus condiciones de vida; esas variaciones adquiridas serán transmitidas a los descendientes.
Las tesis de Darwin fueron presentadas en El origen de las especies, en 1859, obra con sucesivas revisiones en los años posteriores. El darwinismo suscitó la lógica oposición entre los medios teológicos, los cuáles consideraron la teoría como un ataque a sus creencias y a su interpretación literal de la Biblia. Otros, vieron el cuerpo de doctrinas de Darwin como la expresión de un pensamiento radical y revolucionario y una importante lucha contra el tradicionalismo y el Ancien Régime. [...]

Capi Vidal


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lunes, 4 de agosto de 2014

El pensamiento ético y político de Kropotkin

Como es sabido, Kropotkin fue geógrafo de profesión. Destacó, en ese aspecto, por los descubrimientos efectuados en el curso de dos expediciones en Siberia y Manchuria (1864), y en Finlandia y Suecia. Como gran interesado en cuestiones políticas y sociales, con 25 años se afilió en Suiza a la Primera Asociación Internacional de los Trabajadores como defensora de los principios socialistas, aunque su adhesión al anarquismo le obligó, finalmente, a abandonarla. Así, acabaría convirtiéndose en un gran filósofo, en un meticuloso investigador social y en uno de los pensadores libertarios más representativos.
Nacido en 1842, en el seno de uno noble y rica familia, pasó su infancia en Moscú y en el campo. Si sus primeros años fueron los de un aristócrata, llegando a ser paje del emperador, terminaría teniendo una vida agitada y aventurera: fue oficial del ejército, estudiante revolucionario, escritor sin recursos, explorador en tierras desconocidas, secretario de sociedades científicas, revolucionario perseguido...
En 1874 fue encarcelado en Rusia para fugarse de modo espectacular dos años más tarde, y trasladarse a Londres y luego a Suiza. En el país helvético, publicó Le Révolté desde 1878 hasta 1881, uno de los órganos anarquistas más importantes de todos los tiempos. De Suiza sería expulsado tras la muerte en 1881 de Alejandro II, para pasar a Francia, donde fue encarcelado como miembro de la Internacional; al cabo de tres años, fue amnistiado gracias a una gran campaña de agitación a su favor extendida por toda Europa. De ahí pasó a Inglaterra, viviendo modestamente cerca de Londres, aunque con un fuerte compromiso con el anarquismo y con la ciencia, colaborando en diversas publicaciones. Creó el periódico Freedom, que se convertiría en el órgano del anarquismo inglés. Cuando se produjo la Revolución Rusa, Kropotkin contaba ya con 75 años y en ese momento retornó a su país. Sus críticas al gobierno bolchevique hicieron que le apartaran de toda actividad política, aunque sería honrado como «viejo revolucionario».
En palabras de su propia hija Sacha, su padre guardó un sorprendente silencio en sus últimos tres años debido tanto a considerar inevitable una evolución de los hechos revolucionarios ajena a toda dirección humana, como a la difícil aprobación de las medidas que se estaban implantando en Rusia, pero también al temor de que los enemigos del progreso pudieran instrumentalizar las críticas. No obstante, existe numeroso material de Kropotkin, en su mayoría cartas dirigidas a los dirigentes bolcheviques, como al propio Lenin, en la que se critican diversos actos del gobierno y excesos que abren el camino a la reacción. Nada de ello fue publicado en su momento al estar la prensa controlada por el gobierno; la editorial anarquista dirigida por el grupo Golos Truda (La voz del trabajo), en la que el propio Kropotkin no quiso publicar sus críticas temiendo que fuera cerrada y sus miembros encarcelados, sería clausurada finalmente en 1921 bajo orden gubernamental, tras la muerte del viejo anarquista ruso, y a pesar de las promesas en sentido contrario; casi todo su material sería destruido (se había encargado de publicar prácticamente todas las obras de Kropotkin). En la notas que publicó su hija tras su muerte, puede leerse que Kropotkin consideraba aquella Revolución, no como la suma de todos los esfuerzos individuales, sino como una especie de fenómeno natural, determinado por numerosas causas previas, que acabaría renovando o destruyendo (o ambas cosas a la vez). Por ello, el propio Kropotkin se veía impotente ante este fenómeno que tomaba falsas directrices y una orientación nefasta, al igual que muchos otros hombres. Forzado a un ostracismo en sus últimos años, solo pudo ver cómo se entronizaba brutalmente el autoritarismo y se exterminaba toda militancia anarquista.

Capi Vidal