Mostrando entradas con la etiqueta Guerra civil española. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra civil española. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de enero de 2021

Habla Durruti (Noviembre de 1936)

El 4 de noviembre de 1936 había mucha expectación por escuchar el imprevisto discurso de Durruti por Radio CNT-FAI, que sería trasmitido a toda España por las emisoras barcelonesas. Ese mismo día la prensa daba fe de la toma de posesión del cargo de Ministro por cuatro anarquistas en el gobierno de Madrid: Federica Montseny, Juan García Oliver, Juan López y Joan Peiró. La Columna Durruti no había conseguido tomar Zaragoza. Las dificultades de aprovisionamiento de armamento eran la principal dificultad del frente. Durruti había recurrido a todos los métodos a su alcance para conseguir armas. Incluso había enviado un destacamento de milicianos, a principios de septiembre, en una expedición punitiva sobre Sabadell, para obligar a que le entregaran las armas que habían sido almacenadas con vistas a la formación de una Columna Sabadell que no había llegado a constituirse. Además, el 24 de octubre la Generalidad había aprobado el Decreto de militarización de las Milicias, que ponía en vigor el antiguo Código de Justicia Militar a partir del uno de noviembre. Tanto amigos como enemigos esperaban con atención qué iba a decir Durruti.

Ya antes de la alocución la gente se aglomeraba en las proximidades de los altavoces instalados en los árboles de las Ramblas, que solían trasmitir canciones revolucionarias, música y noticias. En cualquier lugar de la ciudad de Barcelona donde hubiera una radio se esperaba con impaciencia que el locutor anunciara: "Habla Durruti".

El Decreto de militarización había sido apasionadamente discutido en la Columna Durruti, que había decidido no admitirlo, porque no podía mejorar las condiciones de lucha de los milicianos voluntarios del 19 de julio, ni resolver la crónica falta de armamento. Durruti firmó, en nombre del Comité de Guerra, un escrito de rechazo a la militarización que dirigió al "Consejo" de la Generalidad, fechado significativamente en el Frente de Osera ese mismo uno de noviembre en el que se reponía el odiado Código Militar monárquico. La Columna negaba la necesidad de una disciplina de cuartel a la que oponían la superioridad de la disciplina revolucionaria: "Milicianos sí; soldados nunca".

Durruti, como delegado de la Columna, quiso hacerse eco de la indignación y protesta de los milicianos del frente de Aragón ante el curso claramente contrarrevolucionario que se estaba abriendo paso en la retaguardia. A las nueve y media de la noche empezó a radiarse el discurso de Durruti:

"Trabajadores de Cataluña: Me dirijo al pueblo catalán, a ese pueblo generoso que hace cuatro meses supo deshacer la barrera de los militarotes que querían someterle bajo sus botas. Os traigo un saludo de los hermanos y compañeros que luchan en el frente de Aragón a unos kilómetros de Zaragoza, y que están viendo las torres de la Pilarica.

A pesar de la amenaza que se cierne sobre Madrid, hay que tener presente que hay un pueblo en pie, y por nada del mundo se le hará retroceder. Resistiremos en el frente de Aragón, ante las hordas fascistas aragonesas, y nos dirigimos a los hermanos de Madrid para decirles que resistan, pues los milicianos de Cataluña sabrán cumplir con su deber, como cuando se lanzaron a las calles de Barcelona para aplastar al fascismo. No han de olvidar las organizaciones obreras cuál debe ser el deber imperioso de los momentos presentes. En el frente, como en las trincheras, hay un pensamiento, sólo un objetivo. Se mira fijo, se mira adelante, con el sólo propósito de aplastar al fascismo.

Pedimos al pueblo de Cataluña que se terminen las intrigas, las luchas intestinas; que os pongáis a la altura de las circunstancias; dejad las rencillas y la política y pensad en la guerra. El pueblo de Cataluña tiene el deber de corresponder a los esfuerzos de los que luchan en el frente. No tendrá más remedio que movilizarse todo el mundo; y que no crean que se han de movilizar siempre los mismos. Si los trabajadores de Cataluña han de asumir la responsabilidad de estar en el frente, ha llegado el momento de exigir del pueblo catalán el sacrificio también de los que viven en las ciudades. Es necesaria una movilización efectiva de todos los trabajadores de la retaguardia, porque los que ya estamos en el frente queremos saber con qué hombres contamos detrás de nosotros.

Me dirijo a las organizaciones y les pido que se dejen de rencillas y de zancadillas. Los del frente pedimos sinceridad, sobre todo a la Confederación Nacional del Trabajo y FAI. Pedimos a los dirigentes que sean sinceros. No es suficiente con que nos envíen cartas al frente alentándonos, y con que nos envíen ropa, comida y cartuchos y fusiles. Es necesario también darse cuenta de las circunstancias, prever el avenir. Esta guerra tiene todos los agravantes de la guerra moderna y está costando mucho a Cataluña. Se tienen que dar cuenta los dirigentes de que si esta guerra se prolonga mucho, hay que empezar por organizar la economía de Cataluña, hay que establecer un Código en el orden económico. No estoy dispuesto a escribir más cartas para que los compañeros o el hijo de un miliciano coma un trozo de pan o un vaso de leche más, mientras existen consejeros que no tienen tasa para comer y gastar. Nos dirigimos a la CNT-FAI para decirles que si como organización controlan la economía de Cataluña, deben organizarla como es debido. Y que no piense nadie ahora en aumentos de salarios y en reducciones de horas de trabajo. El deber de todos los trabajadores, especialmente los de la CNT es el de sacrificarse, el de trabajar lo que haga falta.

Si es verdad que se lucha por algo superior, os lo demostrarán los milicianos que se sonrojan cuando ven en la Prensa esas suscripciones a favor suyo, cuando ven esos pasquines pidiendo socorro para ellos. Los aviones fascistas nos tiran en sus visitas, diarios en los que pueden leerse listas de suscripciones para los que luchan, ni más ni menos que hacéis vosotros. Por esto tenemos que deciros que no somos pordioseros y, por lo tanto, no aceptamos la caridad bajo ningún concepto. El fascismo representa y es, en efecto, la desigualdad social, si no queréis que los que luchamos os confundamos a los de retaguardia con nuestros enemigos, cumplid con vuestro deber. La guerra que hacemos actualmente sirve para aplastar al enemigo en el frente, pero ¿es éste el único?: no. El enemigo es también aquel que se opone a las conquistas revolucionarias y que se encuentra entre nosotros, y al que aplastaremos igualmente.

Si queréis atajar el peligro, se debe formar un bloque de granito. La política es el arte de la zancadilla, el arte de vivir [como zánganos], y éste debe suplantarse por el arte del trabajo. Ha llegado el momento de invitar a las organizaciones sindicales y a los partidos políticos para que esto termine de una vez. En la retaguardia se ha de saber administrar. Los que estamos en el frente queremos detrás una responsabilidad y una garantía, y exigimos que sean las organizaciones las que velen por nuestras mujeres y nuestros hijos.

Si esa militarización decretada por la Generalidad es para meternos miedo y para imponernos una disciplina de hierro, se han equivocado. Vais equivocados, consejeros, con el decreto de militarización de las milicias. Ya que habláis de disciplina de hierro, os digo que vengáis conmigo al frente. Allí estamos nosotros que no aceptamos ninguna disciplina, porque somos conscientes para cumplir con nuestro deber. Y veréis nuestro orden y nuestra organización. Después vendremos a Barcelona y os preguntaremos por vuestra disciplina, por vuestro orden y por vuestro control, que no tenéis.

Estad tranquilos. En el frente no hay ningún caos, ninguna indisciplina. Todos somos responsables y conocemos el tesoro que nos habéis confiado. Dormid tranquilos. Pero nosotros hemos salido de Cataluña confiándoos la Economía. Responsabilizaos, disciplinaos. No provoquemos, con nuestra incompetencia, después de esta guerra, otra guerra civil entre nosotros.

Si cada cual piensa en que su partido sea más potente para imponer su política, está equivocado, porque frente a la tiranía fascista sólo debemos oponer una fuerza, sólo debe existir una organización, con una disciplina única.

Por nada del mundo aquellos tiranos fascistas pasarán por donde estamos. Esta es la consigna del frente. A ellos les decimos: "¡No pasaréis!". Y a vosotros os corresponde gritar: “¡No pasarán!""

Al cabo de unas horas de haber escuchado a Durruti se seguía comentando lo que había dicho con su acostumbrada energía y entereza. Sus palabras resonaron con fuerza y emoción en la noche barcelonesa, encarnando el genuino pensamiento de la clase trabajadora. Había sido una voz de alarma que recordaba a los trabajadores su condición de militantes revolucionarios. Durruti no reconocía dioses en los demás, ni la clase obrera en él. Daba por supuesto que los milicianos que se enfrentaban al fascismo en los campos de batalla no estaban dispuestos a que nadie escamotease su contenido revolucionario y emancipador: no se luchaba por la República o la democracia burguesa, sino por el triunfo de la revolución social y la emancipación del proletariado.

No hubo en toda la arenga una frase demagógica o retórica. Eran trallazos para los de arriba y los de abajo. Para los obreros y para los jerarcas cenetistas apoltronados en cientos de cargos de responsabilidad, para los ciudadanos de a pie y para los consejeros de la Generalidad o los flamantes ministros anarquistas. Una diatriba contra las derivaciones burocráticas de la situación revolucionaria creada el 19 de Julio, y una condena contra la política del gobierno, con o sin confederados al frente del tinglado. En la retaguardia se confundía lamentablemente el deber con la caridad, la administración con el mando, la función con la burocracia, la responsabilidad con la disciplina, el acuerdo con el decreto y el ejemplo con el ordeno y mando. Las amenazas de “bajar a Barcelona" reavivaron el terror de los representantes políticos de la burguesía, aunque ya era demasiado tarde para enmendar el inexcusable e ingenuo error de julio, cuando se aplazó la revolución "hasta después de la toma de Zaragoza", por carencias teóricas y falta de perspectivas del movimiento libertario. Pero al poder no se le amenaza en vano: sus palabras, dirigidas a sus hermanos de clase, tenían todo el valor de un testamento revolucionario. Testamento, y no proclama, porque la suya era una muerte anunciada, que el endiosamiento póstumo convirtió en enigma.

La consecuencia inmediata del discurso radiofónico fue la convocatoria por Companys al día siguiente, el 5 de noviembre a las once de la noche, de una reunión extraordinaria en el Palacio de la Generalidad de todos sus consejeros, ampliada a los representantes de todas las organizaciones políticas y sindicales, para tratar la creciente resistencia al cumplimiento del decreto de militarización de las milicias, así como al de disolución de los comités revolucionarios y su sustitución por ayuntamientos frentepopulistas. Durruti era causa y diana del debate, aunque todos evitaban pronunciar su nombre. Companys planteó la necesidad de acabar con "los incontrolados", que al margen de cualquier organización política y sindical "lo deshacen todo y a todos nos comprometen". Comorera (PSUC) afirmó que la UGT expulsaría de sus filas a quienes no acataran los decretos, e invitó al resto de organizaciones a hacer lo mismo. Marianet, secretario de la CNT, tras ufanarse del sacrificio demostrado por los anarquistas con su renuncia a los propios principios ideológicos, se quejó de la falta de tacto al aplicar de forma inmediata el Código de Justicia Militar, y aseguró que tras el decreto de disolución de los comités, y gracias al esfuerzo de la CNT cada vez habría menos incontrolados, y que se trataba no tanto de grupos a los que expulsar como resistencias que vencer, sin provocar rebeliones, y de individuos que convencer. Nin (POUM), Herrera (FAI) y Fábregas (CNT) alabaron los esfuerzos realizados por todas las organizaciones para normalizar la situación posterior al 19 de julio, y fortalecer el poder del actual Consejo de la Generalidad. Nin medió en la disputa entre Sandino, consejero de Defensa, y Marianet sobre las causas de la resistencia al Decreto de militarización, diciendo que "en el fondo todos estaban de acuerdo" y que existía cierto temor entre las masas "por perder lo que han ganado", pero que "la clase obrera está de acuerdo en formar un verdadero ejército". Nin veía la solución al actual conflicto en la creación de un comisariado de guerra en el que estuvieran representadas todas las organizaciones políticas y sindicales. Comorera, mucho más intransigente que Companys y Tarradellas, afirmó que el problema fundamental radicaba en la falta de autoridad de la Generalidad: "grupos de incontrolados continúan haciendo lo que quieren", no sólo en la cuestión de la militarización y la dirección de la guerra o el mando único, sino también en cuanto a la disolución de comités y formación de ayuntamientos, o en lo que afectaba a la recogida de armamento en la retaguardia, o en la movilización, para la que auguraba un fracaso. Falta de autoridad que Comorera extendía incluso a las colectivizaciones "que continúan haciéndose a capricho, sin someterse al Decreto que las regula". Companys aceptó la posibilidad de modificar el Código Militar y crear un comisariado de Guerra. Comorera y Andreu (ERC) insistieron en que era necesario cumplir y hacer cumplir los decretos. La reunión concluyó con un llamamiento unitario al pueblo catalán al disciplinado acatamiento de todos los decretos de la Generalidad, y al compromiso de todas las organizaciones a declarar su apoyo en la prensa a todas las decisiones gubernamentales. Nadie se opuso a la militarización: el problema para políticos y burócratas era sólo cómo hacerse obedecer.

El 6 de noviembre el Consejo de Ministros de la República decidía, mediante una unanimidad que incluía el voto de los cuatro ministros anarquistas, la huida del Gobierno de un Madrid asediado por las tropas fascistas. El desprecio de la Federación Local de la CNT de Madrid se reflejó en un bellísimo manifiesto público que declaraba: "Madrid, libre de ministros, será la tumba del fascismo. ¡Adelante milicianos! ¡Viva Madrid sin gobierno! ¡Viva la Revolución Social!". El día 15 una parte de la columna Durruti combatía ya en Madrid, al mando de un Durruti que se había resistido a salir de Aragón, convencido finalmente por Marianet y Federica. El 19 de noviembre una bala perdida, o no, le hirió en el frente de Madrid, donde falleció al día siguiente. El domingo 22 de noviembre, en Barcelona, un multitudinario, interminable, caótico y desorganizado desfile fúnebre avanzaba lentamente, mientras dos bandas musicales que no conseguían tocar al unísono contribuían a aumentar la confusión. La caballería y las tropas motorizadas que debían preceder el desfile estaban bloqueadas por el gentío. Los coches que portaban las coronas lo hacían dando marcha atrás. La escolta de caballería intentaba avanzar cada uno por su cuenta. Los músicos que se habían dispersado intentaban reagruparse entre una masa confusa que portaba pancartas antifascistas y ondeaba banderas rojas, rojinegras y atigresadas de cuatro barras. El cortejo estaba presidido por numerosos políticos y burócratas, aunque el protagonismo del acto público fue acaparado por Companys, presidente de la Generalidad; Antonov-Ovseenko, cónsul soviético y Juan García Oliver, Ministro anarquista de Justicia de la República, que tomaron la palabra ante el monumento a Colón para lucir sus dotes oratorias ante la multitud. García Oliver anticipó los mismos argumentos de sincera amistad y confraternidad entre antifascistas que utilizaría en mayo de 1937 para ayudar a aplastar las barricadas de la insurrección obrera contra el estalinismo. El cónsul soviético inició la manipulación ideológica de Durruti al hacerle campeón de la disciplina militar y del mando único. Companys jugó al insulto más ruin cuando dijo que Durruti "había muerto por la espalda como mueren los cobardes... o como mueren los que son asesinados por cobardes". Los tres coincidieron en ensalzar por encima de todo la unidad antifascista. El catafalco de Durruti era ya tribuna de la contrarrevolución. Tres oradores, excelsos representantes del gobierno burgués, del estalinismo y de la burocracia cenetista, se disputaban la popularidad del ayer peligroso incontrolado y hoy embalsamado héroe. Cuando el féretro, ocho horas después del inicio del espectáculo, ya sin el cortejo oficial, pero acompañado aún por una curiosa multitud, llegó al cementerio de Montjuic, no pudo ser sepultado hasta el día siguiente porque centenares de coronas obstaculizaban el paso, el agujero era demasiado pequeño y una lluvia torrencial impedía ampliarlo.

Quizás no sepamos nunca cómo murió Durruti, ya que existen siete u ocho versiones distintas y contradictorias; pero es más interesante preguntarse por qué murió quince días después de hablar por la radio, desafiando con “bajar a Barcelona”. La alocución radiofónica de Durruti fue percibida como una peligrosa amenaza, que halló una respuesta inmediata en la reunión extraordinaria del Consejo de la Generalidad, y sobre todo en la brutalidad de la intervención de Comorera, que apenas fue suavizada por cenetistas y poumistas, que a fin de cuentas se juramentaron en la tarea común de cumplir y hacer cumplir todos los decretos. La sagrada unidad antifascista entre burócratas obreros, estalinistas y políticos burgueses no podía tolerar incontrolados de la talla de Durruti: he ahí por qué su muerte era urgente y necesaria. Al oponerse a la militarización de las milicias, Durruti personificaba la oposición y resistencia revolucionarias a la disolución de los comités, la dirección de la guerra por la burguesía y el control estatal de las empresas expropiadas en julio. Durruti murió porque se había convertido en un peligroso obstáculo para la contrarrevolución en marcha.

Y por esa misma razón a Durruti había que matarlo dos veces. Un año después, en la conmemoración del aniversario de su muerte, la todopoderosa máquina de propaganda del estalinista gobierno Negrín trabajó a pleno rendimiento para atribuirle la autoría de un eslogan, inventado originalmente por Ilya Ehrenburg, y respaldado después por la burocracia de los comités superiores de la CNT-FAI, en el que le hacían decir lo contrario de lo que siempre dijo y pensó: "Renunciamos a todo, menos a la victoria". Esto es, que Durruti renunciaba a la revolución. Ni siquiera nos queda una versión completa y fidedigna de su discurso, radiado el 4 de noviembre de 1936, porque la prensa anarquista de la época dulcificó y censuró a Durruti en vida.

Una vez muerto, Durruti ya podía ser Dios y subir a los altares como El Héroe del Pueblo. Y hasta se le ascendió a Teniente Coronel del Ejército Popular.

Agustín Guillamón 

Publicado en Catalunya núm. 156 (diciembre 2013) 
Catalunya es el órgano de catalán de la CGT catalana 

lunes, 29 de junio de 2020

Piedra Papel Libros publica 'Crónicas del frente de Madrid', de Mauro Bajatierra


Como ya hemos venido anunciando por redes sociales, ya ha salido de imprenta la reedición de las Crónicas del frente de Madrid, de Mauro Bajatierra. Nuestra edición viene acompañada de un prólogo del historiador Julián Vadillo, gran conocedor de la vida y obra del anarquista madrileño.

A partir de ahora ya se puede adquirir y en pocos días irá llegando a nuestros puntos de venta, que podéis consultar aquí: https://piedrapapellibros.com/puntos-de-venta/ Si queréis que el libro os llegue a casa os recordamos que podéis solicitárnoslo a través de nuestro correo electrónico (piedrapapellibros@gmail.com). Los pagos se pueden realizar vía PayPal o transferencia en cuenta y no hay gastos de envío.

Abajo os dejamos las características técnicas del libro.

¡Avanti PPL!

Título: Crónicas del frente de Madrid.
Autor: Mauro Bajatierra
ISBN: 978-84-121882-1-9
Serie Transhistorias, nº 10
Cubierta: Rústica mate.
Alzado: Fresado.
Medidas: 195 mm x 125 mm
Páginas: 250
Precio: 12€
2020

***

Cuando en el año 1937, ediciones Tierra y Libertad decidió publicar una muestra de las crónicas de Mauro Bajatierra en un volumen prologado por Federica Montseny, el autor de las mismas era ya un consagrado escritor de la prensa libertaria y un militante muy conocido en los círculos obreros y anarquistas.

El libro tiene un total de 58 crónicas, divididas en dos bloques. Uno dedicado a la defensa de Madrid, que abarca los meses de noviembre de 1936 y marzo de 1937, y un segundo bloque centrado en la batalla de Guadalajara, librada en ese último año.

Hay coincidencia en que las crónicas de Bajatierra son las más cercanas, las más humanas y, quizá, las mejores del momento.

Julián Vadillo

***

Mauro Bajatierra Morán (1884-1939) fue panadero, escritor, periodista y uno de los militantes más destacados del movimiento obrero madrileño del primer tercio del siglo XX. Su biografía, ajetreada y plena hasta su muerte en marzo de 1939, se desgrana en el prólogo a la presente edición del historiador Julián Vadillo, uno de los mejores conocedores de su vida y obra.

martes, 3 de diciembre de 2019

La prostitución durante el proceso revolucionario y la guerra (1936-1939)


Para la militancia anarquista, la prostitución fue un quebradero de cabeza, tanto antes como después de julio de 1936. El movimiento revolucionario parecía tener claro sobre qué hacer con respecto a la Iglesia o a la no privatización de la tierra, pero tuvo que improvisar con un tema milenario como el de las trabajadoras sexuales.
Ninguna organización tenía un programa claro al respecto y no fue, hasta la aparición de Mujeres Libres, que se empezó a trabajar con unos criterios y objetivos definidos. Fueron las anarquistas quienes iniciaron los debates con el fin de establecer un plan conjunto sobre el devenir de la prostitución en el avance de la revolución.
Años antes de julio de 1936, quienes se preocupaban por el tema eran casos aislados, como por ejemplo Caracremada, conocido por ser el último maqui anarquista en ser asesinado, en el año 1963.
Entre finales de los años veinte y principios de los treinta, la cuenca del Llobregat era uno de los centros obreros donde había más resistencia, produciéndose en 1932 un levantamiento de tipo insurreccional. Revuelta en la que Ramon Vila, Caracremada, tuvo una destacada participación. Antes de este hecho y su posterior encarcelamiento, era frecuente ver entrar a Ramon en los prostíbulos de Berga. Recorría, por caminos de montaña, los más de cuarenta quilómetros que separaban Figols de Berga y, una vez allí, elegía una chica. Le pagaba cinco pesetas para tener su compañía durante una hora. A solas en la habitación, nadie se sacaba la ropa ni acariciaba al otro. Vila dedicaba la hora entera a conversar con su compañera de clase. Le hablaba del anarquismo y de la necesidad de emancipación individual y social. Intentaba convencerla para que dejara el oficio y pasara a ser una obrera organizada y luchadora. Los testigos de la época aseguran que, de tantas arengas, más de una mujer le hizo caso, dejó la prostitución y, posteriormente, participó del movimiento revolucionario de 1936. Esta anécdota me la explicó el historiador y militante Ricard Vargas Golarons quien a su vez la había escuchado de Ramonet Xic y la propia hermana de Caracremada, Pepeta Vila. Josep Clara, en la página 20 de la biografía sobre Ramón, aseguraba, a su vez, que esta labor la hacía junto otros camaradas de lucha: «Se encontraba con otros compañeros de ideal para ayudar a las mujeres de las casas de vicio. Se dice, que predicando la doctrina de la liberación social, había conseguido que alguna dejara el llamado ‘oficio más viejo del mundo’».
Otra de las anécdotas de esa época me la contó el antropólogo José Luis Ruiz Peinado. Corrían los años treinta, militantes de la CNT explicaban a las trabajadores sexuales la necesidad de luchar por sus intereses, exigiéndole a la patronal varias mejoras. Les dijeron que tenían derecho a un día de descanso y que debían cobrarlo y que esto se lo debían reclamar a los chulos o madamas.
Pasaban los días y, como las chicas no se atrevían a comunicar la demanda a los proxenetas –muchos de ellos matones sin escrúpulos–, una mañana aparecieron varios anarquistas armados y se las llevaron «por la fuerza». Pasaron un día de campo en el Baix Llobregat, disfrutando de excursión y picnic.
Tras el estallido proletario del 19 de julio de 1936
Los procesos revolucionarios no solo alteran las relaciones sociales y políticas, también las personales y amorosas. «El mensaje debe ser pan y orgasmo –aseguraba David Cooper– de lo contrario, la revolución, aunque triunfe, no merecerá la pena».
Abel Paz, un testimonio directo de los acontecimientos vividos en Barcelona en julio de 1936, relataba así la situación: «El espíritu solidario y fraternal brotaba espontáneamente: los hombres y las mujeres, liberados de los prejuicios de la ideología burguesa habían ido depositando en ellos durante siglos, rompieron el viejo mundo, marchando hacia un futuro que cada uno imaginaba como la realización de sus más anhelados deseos». Abel Paz, además, recogía la impresión de otros testimonios que hablaban de «gran fiesta liberadora de energía y pasiones» y que presenciaron como un grupo de mujeres desvalijaron una sucursal bancaria y prendieron una hoguera con los muebles y los billetes, riendo satisfechas al ver cómo se quemaba el dinero.
Aunque fuera de una forma un tanto idealista, los protagonistas de aquellos hechos pensaron que, en la medida que las relaciones sexuales fueran más sanas y el salario menos necesario, la prostitución que, según ellos, tanto degradaba a las trabajadoras sexuales, tendería a bajar y, a largo plazo, incluso a desparecer.
«La verdadera libertad no admite esclavos de ninguna especie –afirmaban las militantes de Mujeres Libres– la prostituta es una esclava cargada de cadenas y de miserias […]. El ejemplo más flagrante de la relación existente entre explotación económica y la subordinación sexual de la mujer». Además, de luchar por la abolición del comercio sexual, Mujeres Libres elaboró propuestas innovadoras que condujeran a cambiar la mentalidad, la conducta de género y los patrones sexuales de los hombres.
La trotskista Mary Low, en su libro de memorias Cuaderno Rojo de Barcelona, reproduce la conversación de unos milicianos en el tranvía, tras sorprenderse por un cartel que reivindicaba el fin de la prostitución. Aquellos hombres, al acabar de leer la proclama, de lo primero que se preocuparon era de cómo descargarían sus «impulsos sexuales» si desaparecían las prostitutas. Aunque se ganara la guerra y se llevara a cabo una revolución social, no creían que las mujeres se volviesen «tan libres» como para satisfacer sus ganas continuas de sexo.
No se les ocurrió analizar que en una sociedad que no estuviera centrada en el trabajo ni dividida entre tiempo libre y tiempo laboral ni que los seres humanos estuvieran desposeídos, de los medios de alimentación y producción y que, en definitiva, las relaciones humanas fueran más compañeras, cómplices y satisfactorias, las mujeres podrían llegar a tener las mismas ganas, o más, de hacer el amor que ellos.
Desconocerían las crónicas de la conquista de América, realizadas por unos escandalizados colonizadores, que aseguraban que la población indígena pasaba gran parte del día practicando sexo.
Mary Low explica que los milicianos siguieron la charla preguntándose qué harían con las putas que ya existían si se prohibía la prostitución. Dudaban de si habría forma de cambiarlas, de si aceptarían un trabajo en una fábrica. Uno de ellos propuso que se convirtieran en enfermeras o que fueran al frente. A lo que otro replicó afirmando que muchas ya habían estado allí pero que, como no había ningún tipo de control, muchos soldados se habían contagiado de enfermedades venéreas.
Trabajadoras sexuales combativas
La película Libertarias justamente narra la irrupción en un prostíbulo de un grupo de militantes de la CNT, el cierre del mismo, el escarmiento a La Madama y a los clientes y el discurso de una anarquista contra la prostitución y por la revolución. La acción se traslada al frente, donde militantes y antiguas prostitutas del burdel clausurado, luchan codo a codo, con otras milicianas y milicianos.
La implicación de prostitutas en la lucha social no sorprendió al resto del proletariado. Años atrás, muchas de ellas, habían participado en algunas de las principales revueltas de Barcelona. Por ejemplo, en 1918, durante la revuelta del pan, o en 1909, durante la denominada (para la burguesía) Semana Trágica; en la que las prostitutas llegaron a tener un papel preponderante en la insurrección, dirigiendo la construcción de barricadas y la quema de iglesias.
«María Llopis Berges, una célebre prostituta conocida familiarmente como la ‘Quaranta centims’ dirigía una banda de hombres y mujeres a través del Paralelo; en primer lugar destrozaron el mobiliario y los cristales de los cafés que se negaron a cerrar, luego se dedicaron a volcar un tranvía y a atacar a una patrulla de la Guardia Civil» (Joan Connelly Ullman, La semana trágica, pag. 50).
El historiador Agustín Guillamon asegura que, durante la jornada insurreccional del 19 de julio, algunas prostitutas colaboraron en la lucha contra los golpistas.
«Si hay revolución, no hay prostitución»
Consigna de muchos revolucionarios que aseguran que, si se produjera una verdadera revolución social, no debería haber prostitución porque si hay satisfacción no hay necesidad de pagar. Otros, les replican que no contemplan casos como el de algunas personas con diversidad funcional que, sin pareja y sin manos, no podrían autosatisfascerse e, igualmente, necesitarían ayuda. El debate está abierto. Los primeros dicen que si el intercambio desaparece, esa ayuda vendría de parte de la comunidad en su conjunto o que alguien, afectivamente o por mera satisfacción de dar placer, los ayudaría, los segundos lamentan que, en momentos insurreccionales, nunca se tengan en cuenta estos asuntos ni a personas con necesidades diferentes.
Durante la denominada Guerra Civil Española la prostitución aumentó, justamente, porque, muy pronto, lo que había empezado como un proceso revolucionario se transformó en una guerra interburguesa, con sus ejércitos regulares, sus mandos y sus gobiernos burgueses. Y, como es sabido, en toda guerra, el comercio sexual aumenta.
En el libro La prostitución en la España contemporánea, Jean Louis Guereña señala que nunca antes se había hecho tanto el amor, sin embargo, asegura que las trabajadoras sexuales también aumentaron. Según el autor, la necesidades económicas, por un lado –en ocasiones por muerte del marido–, y el impulso de sentir placeres inmediatos, frente al horror de la guerra, provocaron el crecimiento del comercio. La mayoría de milicianos, cuando venían del frente, abarrotaban las calles donde se ofrecían las prostitutas o «asaltaban» los burdeles que, aunque se cerraron unos, se abrieron otros.
El diario Liberación de Alicante, en julio de 1937, advertía: «la prostitución de menores se efectúa a los ojos de quienes no quieren ver las cosas y se desentienden de ella».
Según Jean Louis Guereña, en el bando nacional la prostitución se permitía porque en una sociedad «cimentada en el sillar firmísimo de la familia cristiana; el burdel seguía siendo considerado claramente como una pieza esencial del orden moral, la salvaguardia de la virginidad femenina y la tranquilidad de las familias cristianas. Y como sostenía un jurista en 1944, la supresión de la prostitución crearía un problema sexual mucho más grave que el de su reglamentación».
El incremento del comercio sexual se produjo, a pesar del aumento a nivel internacional de las organizaciones y propagandas abolicionistas y de la preocupación de Naciones Unidas sobre el tema. Cabe recordar que, en 1935, la República decretó una medida abolicionista para la prostitución, que fue recordada al inicio de la contienda bélica.
Mary Low, en su Cuaderno Rojo de Barcelona, hace referencia a los grandes carteles con el lema: «Acabemos con la prostitución»:
«La primera vez que vi un cartel en contra de la prostitución iba bajando las Ramblas en tranvía. Era la primera mención acerca del tema que veía. Me alegré mucho de que se ampliaran las perspectivas. El cartel era enorme y cubría toda una valla. Le llamaba la atención a todo el mundo […]. Las mismas prostitutas empezaron a preocuparse por sus propios intereses. No pasó mucho tiempo antes de que se les ocurriera empezar a hacerse valer. Y un día comprendieron que también ellas tenían cabida en la revolución. Se alzaron contra los patronos a los que pertenecían los prostíbulos y ocuparon los ‘locales de trabajo’. Proclamaron su igualdad. Tras una serie de tempestuosos debates, formaron un sindicato y presentaron una petición de afiliación a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo). Compartían los beneficios igual que cualquier otro gremio. A partir de ese momento, en lugar de la acostumbrada imagen del ‘Sagrado Corazón’, en los burdeles había colgado un cartel que rezaba: ‘Se ruega que tratéis a las mujeres como camaradas’».
Como se mencionaba, anteriormente, las personas que abordaron con más dedicación el tema de la prostitución fueron las militantes de la agrupación Mujeres Libres, cuya revista salió a partir de abril de 1936. Sus impulsoras fueron la escritora Lucía Sánchez Saornil, la abogada y educadora Mercedes Comaposada Guillén y la médica Amparo Poch y Gascón. En su revista aclaraban: «No luchamos contra los hombres».
Mujeres Libres primero abogó por la abolición de la prostitución y más adelante, al toparse con la imposibilidad de la medida, trabajó por la dignificación de las trabajadoras sexuales. Afirmando que la prostitución solo sería abolida en el momento que las relaciones sexuales se liberasen.
El afán abolicionista de esta agrupación nada tenía que ver con el puritanismo de otros sectores que promulgaban la prohibición de la prostitución.
A pesar de que los anarquistas, y revolucionarios en general, tenían muchas limitaciones –como el no romper con lo heteronormativo y, en muchos casos, criticar la homosexualidad– intentaron desempolvarse del puritanismo de la época.
Mujeres libres, por ejemplo, llamaba a amar fuera del matrimonio por ver a esta institución burguesa, un símbolo de la sumisión humana al Estado y la Propiedad.
En el nº 3 de la revista Mujeres Libres, publicada días antes del estallido insurreccional de julio de 1936, Amparo Poch y Gascón firmó un «Elogio del amor libre» que decía que ante:
«La envilecedora aceptación del matrimonio –contrato y reglamentación de lo inalienable– surgió ese fruto rojo y redondo, repleto y elocuente, estupendo y prometedor: el adulterio. Es la protesta natural y humana contra la traba pesada a lo alado e imponderable; y reivindica como una carcajada fresca, entre burlona y honrada, el pleno derecho a la libertad de amar, el desbordamiento sobre todos los cauces artificiales, de la evaluación de la personalidad. […] Lanza a la vida un nuevo módulo para estimación de tu sexo. La vida está harta ya de la mujer-esposa, pesada, demasiado eterna, que ha perdido las alas y el gusto por lo deliciosamente pequeño y por lo noblemente grande; está harta de la mujer-prostituta, a la que ya no queda sino la raíz escuetamente animal, está harta de la mujer virtud, seria, blanca, insípida, muda […]. Aprende a desaparecer y a descargar de tu presencia; y a conocer el valor del ‘yo’ libre. Sin nada, ni por dinero ni por la paz ni por sosiego… ¡Amor libre!»
Como en la actualidad, también había una corriente que relativizaba la explotación que sufrían las prostitutas, equiparándola a otras ataduras salariales o, inclusive, a la sumisión y disponibilidad hacia un marido que aborrecían. En 1910,, en su artículo «La hipocresía del puritanismo», Emma Goldman ya explicaba:
«No existe sitio alguno donde la mujer sea tratada de acuerdo su capacidad, sus méritos, y no su sexo. Por lo tanto, es casi inevitable que deba pagar con favores sexuales su derecho a existir o mantener una posición. No es más que una cuestión de grados el hecho de que se venda a un solo hombre, dentro o fuera del matrimonio, o a muchos. Aunque nuestros reformadores no quieran admitirlo, la inferioridad económica y social de las mujeres es la responsable de la prostitución».
Liberatorios de prostitución
En un principio a las trabajadoras sexuales se las intentó convencer que dejaran su profesión, facilitándole educación y ayuda material. Se inauguraron reformatorios que llamaron Liberatorios de prostitución cuyo objetivo era la reinserción social a través de distintas líneas de actuación. Primero se realizaba un tratamiento médico-psiquiátrico y, más tarde, se daba una formación ética y profesional para que las mujeres pudieran encontrar otro trabajo. No obstante, «ese otro trabajo», por mucho canto a la colectivización que hubiera y odas al trabajo en fabricas colectivizadas, no se escapaba de la explotación. Leer al respecto el libro de Michael Seidman: Hacia una historia de la aversión de los obreros al trabajo. Barcelona durante la revolución española, 1936-38. Por lo que, muchas siguieron trabajando en el comercio del sexo y empezaron a luchar por «liberarse de los liberatorios».
Según Fernando Díaz-Plaja, por cada mujer que logró «reinsertarse, trabajando en un taller o una oficina, diez regresaron a su antigua ocupación», bien de forma autónoma o en prostíbulos.
La fuerte demanda masculina generaba la oferta y el trabajo en la fábrica, aunque fuera para La República, no dejaba de ser enajenado.
Francisco Martínez sostiene que «En Barcelona, lo mismo que en Valencia, la FAI se hizo con el control de los prostíbulos del barrio chino». En este caso, su objetivo no fue, por lo que parece, acabar con el comercio sexual. Más bien se trataba de humanizarlo. Se procuró concienciar a los clientes para que trataran correctamente a las ‘mujeres públicas’, explicando que cada una de ellas podía ser su hermana, o su madre. En todo caso, sigue Francisco Martínez, «se trataba de un oficio que cumplía una ‘función social’».
Según el historiador Agustín Guillamon los «liberatorios» eran centros donde se ejercía la prostitución, pero donde también se trataba de convencerlas para que eligieran otro oficio.
El entonces responsable de la Sanidad de la Generalitat sostenía: «la prostituta representa el estadio final de un proceso de desadaptación en su triple modalidad: social, amorosa, biológica […] Pensábamos instaurar liberatorios de unas doscientas plazas con apariencia y agrado de hogar –nunca con similitud de cárcel–».
En lugares donde el proceso revolucionario llegó más lejos, sí se prohibió, durante algunos meses, todo comercio sexual.
Al respecto, Guillamón, en su libro La revolución de los comités, citando el Boletín de Información CNT-FAI, número 37 (29 agosto 1936), afirmaba:
«En Puigcerdá, población fronteriza con el territorio francés, residencia estival de ‘las castas parasitarias de la aristocracia y la plutocracia españolas’; numerosos militantes inmigrados de Francia ‘desarrollan sus actividades, encaminadas a la socialización rápida de las riquezas sociales y naturales. Se han establecido salarios únicos, sin distinción de categorías y oficios. No hay obreros en paro forzoso, ni parásitos de ninguna especie’. Se hablaba de Puigcerdá como de un cantón libertario y de Antonio Martín como del Gobernador de la frontera, muy elogiado por los libertarios y criminalizado por sus enemigos. En Puigcerdá se abolió la prostitución y se ‘facilitó trabajo a las infelices rameras’. La decisión había sido, pues, mucho más radical y profunda que la lamentable regulación adoptada en Barcelona».
Las enfermedades venéreas y la estigmatización de prostitutas, milicianas y mujeres en general
Durante su estancia en el frente, las milicianas sufrirán el paternalismo y el machismo de los jerarcas militares y líderes cenetistas, que las expulsaron por verlas portadoras (a ellas y no a los hombres) de enfermedades venéreas y muchos otros problemas. Conceptos como miliciana, prostitución, mujer y enfermedad venérea estuvieron muy interrelacionados.
Si las mujeres en general fueron repudiadas en las trincheras, las prostitutas en particular fueron perseguidas. Al respecto, Emilienne Morin, la compañera de Durruti, señala: «Hay un capítulo sobre la columna que me gustaría aclarar, es totalmente falso que Durruti hiciera fusilar prostitutas. Efectivamente, llegaron algunas prostitutas por su cuenta y se las hizo regresar a Barcelona ante los temores de contagio de enfermedades venéreas, eso es todo.»Interviú, pág. 52 (12-18 de mayo 1977). Entrevista a cargo de Pedro Costa Muste.
En el frente estaba presente Sanidad Militar, una institución que podía actuar en cualquier momento; entrar a los locales de una localidad e inspeccionar a las prostitutas y clausurarlos, si encontraba personal con enfermedades venéreas. En el boletín de Igualada a las trabajadoras sexuales se las llegó a tildar de «rebaño de hembras degradadas.»
«El proceso de descrédito de la figura de la miliciana, a menudo equiparada sin más o casi a una prostituta, fue, al parecer, general en el seno de la opinión pública hispana –afirma Jean Louis Guereña–. No constituía el frente, según parece (o seguía considerándose en función del papel tradicional femenino) un lugar adecuado para las mujeres, un ejemplo a seguir. Es cierto, no obstante, que algunas prostitutas más o menos ‘reformadas’ lograron integrarse dentro de algunas milicias republicanas».
Se hicieron hasta cómics de propaganda para que los soldados tomasen medidas. Como muestra la publicación «Hay que evitar ser tan bruto como el soldado canuto». Publicado por el Comisariado General de Guerra. Se trataba de luchar contra la prostitución como forma de combatir las enfermedades venéreas.
Fernando Hernández Holgado, en el libro Mujeres encarceladas: la prisión de Ventas de la República al franquismo, cita a Regina García: «De las milicianas y las enfermeras, entre las que figuraban las pobres mujeres que en otro tiempo ofrecían favores en las calles a altas horas de la madrugada, se decía que causaban más bajas entre los combatientes que las balas de los soldados nacionales, por falta de vigilancia sanitaria y la carencia de toda moral.»
En el bando nacional, la imagen de las milicianas, era aun peor, Holgado, cita una infame frase de Antonio Vallejo-Nájera publicada en la Revista española de Medicina y Cirugía de Guerra, año II, n.º 9, mayo 1939. Este sujeto, jefe del Servicios Psiquiátricos del ejército de Franco y primer catedrático de psiquiatría de Madrid, aseguraba: «Si la mujer es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadoso, débese a los frenos que obran sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil o el animal, cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer y se liberan de inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas, entonces despiértase en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las inhibiciones inteligentes y lógicas.»
Rodrigo Vescovi
Ekintza Zuzena nº44

martes, 23 de abril de 2019

Tesis sobre la Guerra de España y la situación revolucionaria creada el 19 de julio de 1936 en Cataluña

Del 17 al 19 de julio de 1936 se produjo un alzamiento militar contra el gobierno de la República, impulsado por la Iglesia, la mayoría del Ejército, fascistas, burguesía, terratenientes y derechistas. La preparación de ese golpe de Estado había sido tolerada por el gobierno republicano, que había ganado las elecciones de febrero de 1936 gracias a la coalición de Frente Popular. Los democráticos partidos parlamentarios republicanos o monárquicos, de izquierda y de derecha, hicieron la política que más convenía a la burguesía española, y a su preparación de un cruento golpe de Estado.
El alzamiento militar fracasó en las principales ciudades y provocó, como reacción (en la zona republicana), un movimiento revolucionario, victorioso en su insurrección armada contra el ejército. En esa victoria insurreccional jugaron un papel preponderante, en Cataluña, los Cuadros y Comités de Defensa de la CNT-FAI, que habían sido preparados desde 1931. El fracaso de Zaragoza se debía, entre otras razones, a la falta de preparación y decisión de una dirección secreta, que había actuado desde un escondrijo, en permanente negociación con las autoridades republicanas y los militares "indecisos", en lugar de encuadrar y promover la insurrección obrera desde los Cuadros de Defensa.
El movimiento revolucionario del 19 de julio de 1936 se produjo como reacción a un alzamiento militar. Desde octubre de 1934, y durante toda la campaña electoral de febrero de 1936, tanto la CNT-FAI, como el POUM, consideraban inevitable un enfrentamiento con las fuerzas fascistas, de las que conocían sus preparativos para un golpe de Estado, y contra las cuales prepararon concienzudamente un enfrentamiento armado, aunque nunca rechazaron el enlace y la colaboración con los partidos republicanos o con el gobierno de la Generalidad. [...]

Agustín Guillamón