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lunes, 28 de junio de 2021

La base moral del anarquismo - Errico Malatesta

Publicado originalmente como «La base morale dell'anarchismo» en Umanità Nova (Roma), no. 188, 16 de septiembre de 1922. Al castellano en el suplemento La Protesta de Buenos Aires, no. 42, 6 de noviembre de 1922.


Ya que es un hecho que el hombre es un animal social que no puede existir como hombre sino estando en continuas relaciones materiales y morales con los otros hombres, es necesario que estas relaciones sean o de afección, de solidaridad, de amor, o de hostilidad y de lucha. Si cada uno piensa sólo en su propio bien, o en el del pequeño grupo consanguíneo o coterráneo, se encuentra necesariamente en conflicto con los otros y sale vencedor o vencido: opresor si vence, oprimido si es vencido. Las armonías naturales, la natural confluencia del bien de cada uno con el bien de todos son invenciones de la pereza humana, la que más bien que luchar por realizar sus propios deseos imagina que ellos se realizarán espontáneamente, por ley natural. En el hecho, en cambio, el hombre en la naturaleza se encuentra continuamente en oposición de intereses con los otros hombres por la ocupación del sitio más bello o más sano, por la cultivación de los terrenos más fértiles y, a menudo, por las explotación de todas las diferentes oportunidades que la vida social va creando para los unos y para los otros, y por ello la historia humana está llena de violencias, de guerras, de desastres, de explotación feroz del trabajo ajeno, de tiranías y de esclavitudes infinitas.

Si no hubiera habido en el ánimo humano más que este acre instinto de querer prevalecer sobre los otros y aprovecharse de los otros, la humanidad habría permanecido en una condición de bestialidad y no habría sido posible ni siquiera el desarrollo de los ordenamientos históricos y contemporáneos, los cuales, aun en los peores casos, representan siempre una cierta contemporización del espíritu de tiranía con un mínimo de solidaridad social indispensable a una vida algo civil y progresiva.

Pero afortunadamente hay en el hombre otro sentimiento que lo acerca a su prójimo: el sentimiento de simpatía, de tolerancia, de amor, y gracias a este sentimiento, que en grado diverso existe en todos los seres humanos, la humanidad se ha ido civilizando y ha nacido nuestra idea que quiere hacer de la sociedad una verdadera unión de hermanos y amigos que trabajen todos para el bien de todos.

De dónde ha nacido este sentimiento, que es expresado por los llamados preceptos morales y que a medida que se desarrolla niega la moralidad vigente y la sustituye con una moral superior, es investigación que puede interesar a los filósofos y a los sociólogos, pero no cambia nada al hecho, que existe por sí, independientemente de las explicaciones que puede dársele. Que derive del hecho primitivo, fisiológico, del acoplamiento sexual necesario a la continuación de la especie o de la satisfacción que se encuentra en la sociedad de los propios semejantes, de la ventaja que se saca de la unión en la lucha contra el enemigo común y en la rebelión contra el común opresor, o del deseo de reposo, de paz, de seguridad que sienten los mismos vencedores, o más bien, de todas estas y cien otras causas justas, no importa: él existe y en su generalización fundamos nuestras esperanzas para el porvenir de la humanidad.

“La voluntad de Dios”, “las leyes naturales”, “la ley moral”, “el imperativo categórico” de los Kantianos, el mismo “interés bien entendido” de los Utilitaristas, son todas metafisiquerías que “no sacan una araña del agujero”. Ellas representan el plausible deseo de la mente humana de querer explicarlo todo, de querer penetrar en el fondo de las cosas y podrían ser aceptadas como provisorias hipótesis de trabajo para proceder a ulteriores investigaciones, si la mayoría de las veces no fuesen el efecto de esa otra deplorable tendencia humana que nunca quiere confesar la propia ignorancia y se conforma, antes que decir “no sé”, con explicaciones verbales vacías de todo contenido real.

Cualesquiera sea la explicación o la no-explicación preferida, la cuestión queda intacta: es preciso escoger entre el odio y el amor, entre la lucha fraticida y la cooperación fraterna, entre el “egoísmo” y el “altruismo”.

* * *

He dicho altruismo y me parece que ya siento encima de mí el anatema de los “iconoclastas”.

No hay motivo.

Esta discusión ya secular entre “egoístas” y “altruistas” no es en el fondo más que una miserable cuestión de palabras.

Es cosa evidente, admitida por todos, que todo lo que se hace voluntariamente, se hace porque el hacerlo satisface nuestros sentidos, o nuestros gustos o nuestros sentimientos. El más puro de los mártires se sacrifica porque al sacrificarse siente también una satisfacción íntima que lo compensa con usura de los dolores sufridos; y si renuncia voluntaria y conscientemente a la vida es porque a sus ojos hay alguna cosa que vale más que la vida. De aquí que en cierto sentido se puede decir, sin temor de equivocarse, que todos los hombres son egoístas.

Pero en el lenguaje común, que según mi parecer es siempre preferible cuando se puede hacerlo sin generar equívocos, se llama egoísta a aquel que no piensa más que en sí y a sí mismo sacrifica a los otros, y se llama altruista a aquel que en un grado más o menos elevado se preocupa también de los intereses de los otros y hace lo que puede para ayudarles. En suma, el “egoísta” sería el egoísta malo, y el “altruista” sería el egoísta bueno; cuestión de palabras.

* * *

¿Por qué somos anarquistas?

Aparte de nuestras ideas sobre el Estado político y sobre el Gobierno, es decir, sobre la organización coercitiva de la sociedad, que forman nuestra característica específica, y de aquellas sobre el mejor modo de asegurar a todos el uso de los medios de producción y la participación en las ventajas de la vida social, nosotros somos anarquistas por un sentimiento, que es el resorte motriz de todos los sinceros reformadores sociales, y sin el cual nuestro anarquismo sería una mentira o una cosa sin sentido.

Este sentimiento es el amor de los hombres, es el hecho de sufrir con los sufrimientos ajenos. Si yo (hablo en primera persona, pero lo mismo se podría decir de todos los compañeros), si yo como, no puedo comer con gusto si pienso que hay gente que muere de hambre; si compro un juguete a mi niña y me siento feliz de verla alegre, mi alegría pronto es amargada al ver ante la vitrina del mercader a los niños con los ojos muy abiertos por el deseo, que podrían ser hechos felices con una polinchela de unos céntimos y que no pueden tenerlo; si me divierto, mi ánimo se entristece al recordar que hay muchos desgraciados que gimen en las cárceles; si estudio o ejecuto un trabajo que me agrada, siento como un remordimiento pensando que hay muchos que tienen mayor ingenio que yo y están constreñidos a consumir su vida en un trabajo embrutecedor, a menudo inútil y dañoso. Puro egoísmo, como veis, pero de ese egoísmo que otros llaman altruismo, y sin el cual, llámesele como se quiera, no es posible ser realmente anarquista.

No tolerar la opresión, el deseo de ser libre y de poder expandir la propia personalidad en toda su potencia no basta para hacer un anarquista. Esa aspiración a la libertad ilimitada, si no es acompañada por el amor a los hombres y el deseo de que todos los otros tengan igual libertad, puede hacer rebeldes, pero no es bastante para hacer anarquistas: hará rebeldes que, si tienen poder suficiente, se transforman de seguida en explotadores y tiranos.

Errico Malatesta

miércoles, 24 de marzo de 2021

Errico Malatesta: Idealismo y materialismo (1924)



Pensiero e Volontà (Roma) 1, no. 2 (15 de enero de 1924).

Se ha señalado miles de veces que los hombres, antes de arribar a la verdad, o al menos a tanta verdad relativa como sea alcanzable en diversas coyunturas de su desarrollo intelectual y social, tienen la costumbre de caer en la más amplia variedad de errores al mirar las cosas, ahora de un lado y ahora del otro, tambaleándose por ende desde una exageración a su opuesta.

Quiero examinar aquí un fenómeno de este tipo, de gran interés para toda la vida social contemporánea.

Hace unos años todos eran "materialistas". Invocando una "ciencia" que era el uso de los principios generales derivados de un conocimiento positivo demasiado incompleto, se esperaba explicar toda la psicología humana y la totalidad de la azarosa historia de la humanidad en términos de las necesidades materiales básicas solamente. El "factor económico" lo explicaba todo: pasado, presente, y futuro. Toda manifestación del pensamiento y el sentimiento, todo capricho en la vida, el amor como también el odio, las pasiones buenas y malas, la condición de las mujeres, la ambición, los celos, el orgullo racial, todo tipo de relaciones entre individuos y pueblos, la guerra y la paz, la sumisión o la rebeldía en masa, las diversas formas de familia y sociedad, los regímenes políticos, la religión, la moral, la literatura, el arte, la ciencia... todas estas eran meramente resultado del modo prevalente de producción y distribución de la riqueza y de los instrumentos del trabajo en cada época. Y aquellos con una noción más amplia, menos simplista de la naturaleza y la historia humana eran vistos dentro de las filas conservadoras y subversivas por igual como retrógrados carentes de "ciencia".

Naturalmente, esta perspectiva influyó en la conducta práctica de los partidos y tendió a conducir al sacrificio de todo noble ideal en favor de los intereses materiales, los asuntos económicos, no importa cuán nimios e insignificantes fuesen estos últimos.

Hoy, la moda ha cambiado. Por estos días todos son "idealistas": todos se disponen a mirar con desprecio la "barriga", y tratan al hombre como si fuese puro espíritu, siendo comer, vestir, satisfacer necesidades fisiológicas asuntos de ninguna importancia para él, asuntos a no atender, no sea que se comience un declive moral.

No tengo intención de ocuparme aquí de los siniestros extravagantes que hacen del "idealismo" pura hipocresía y un arma de engaño; el capitalista que recomienda un sentido del deber y espíritu de sacrificio a sus trabajadores para así despreocupadamente cortar sus salarios y aumentar sus propias ganancias; el "patriota" que, entusiasmado por el amor al país y el espíritu nacional, devora su propio terruño y, dada la chance, los terruños de otros; o el soldado que, por la mayor gloria y honor de la bandera, explota a los vencidos y les oprime y les pisotea.

Hablo de gente honesta: especialmente aquellos de nuestros compañeros que, habiendo visto que la lucha por la mejoría económica terminó consumiendo toda la energía de las organizaciones obreras hasta que todo el potencial revolucionario ahí se desgastó, y viendo ahora a tanto del proletariado dejándose despojar de todo vestigio de libertad y, aunque a regañadientes, besando el garrote que le golpea en la vana esperanza de que se le garantice el empleo y el pago decente, está mostrando una tendencia a tirar por la borda por desprecio a toda lucha y preocupación económica y a confinar, o, si se prefiere, elevar toda nuestra actividad a las esferas de la educación y la lucha revolucionaria en sí.

El principal problema, la necesidad básica es la necesidad de libertad, dicen; y la libertad puede solamente obtenerse y retenerse mediante fatigosas luchas y crueles sacrificios. Compete entonces a los revolucionarios no prestar atención alguna a asuntos insignificantes relacionados con las mejorías económicas, oponerse al egoísmo que prevalece entre las masas, difundir el espíritu de sacrificio y, en vez de prometer quimeras, infundir en la multitud un orgullo sagrado por el sufrimiento en nombre de una causa noble.

Completamente de acuerdo — pero no nos entusiasmemos.

La libertad, la plena y completa libertad, es por cierto el premio esencial, pues representa la coronación de la dignidad humana y es el único medio a través del cual los problemas sociales pueden y han de ser resueltos en beneficio de todos. Pero la libertad es una palabra vacía a menos que se enlace con la capacidad, es decir, con los medios a través de los cuales puede uno libremente llevar a cabo su propia actividad.

La máxima "quien es pobre es un esclavo" es todavía cierta, aunque igualmente cierta es aquella otra máxima "quien es esclavo es o es vuelto pobre, y por ende pierde todas las mejores características del ser humano".

Las necesidades materiales, la satisfacción de necesidades fisiológicas, son ciertamente asuntos inferiores e incluso despreciables, pero son el pre-requisito básico para toda más elevada existencia moral e intelectual. El hombre es motivado por una miríada de factores de la más diversa índole y éstos dan forma al curso de la historia, pero... Tiene que comer. "Primero vive, y luego filosofa".

A nuestras sensibilidades estéticas, un poco de tela, algo de aceite, y un poco de tierra de color son cosas simples al contrastarlas con una pintura de Rafael; pero sin aquellos materiales relativamente insignificantes, Rafael no hubiese podido nunca plasmar su sueño de belleza.

Sospecho que los "idealistas" son personas que comen a diario y que aún pueden estar razonablemente seguros de comer al día siguiente; y es natural, pues para poder pensar, para poder aspirar a asuntos más elevados, se requiere un mínimo básico, no importa cuán bajo, de comodidad material. Ha habido y hay hombres a la altura de las más altas cimas del sacrificio y el sufrimiento; pero estos son hombres que han crecido en circunstancias relativamente favorables y que han podido almacenar una cantidad de energía latente, que luego entra en juego cuando surge la necesidad. Esa es la regla general, en todo caso.

Desde hace mucho tiempo he tenido relación con organizaciones obreras, grupos revolucionarios, y asociaciones educativas y siempre he notado que los más grandes activistas, los más grandes entusiastas eran aquellos que estaban en las circunstancias menos estrechas y que se veían atraídos, no tanto por su propia necesidad, sino por un deseo de contribuir a hacer el bien y por sentirse ennoblecidos por un ideal. Los verdaderos, los más desdichados, aquellos que pueda parecer que tienen el interés más personal e inmediato en un cambio en las cosas estaban ya sea ausentes o jugaban un rol pasivo. Recuerdo cuán dura e infructífera resultó ser nuestra propaganda en ciertas locaciones de Italia treinta o cuarenta años atrás cuando los campesinos y mucha de la población obrera urbana vivían en condiciones genuinamente brutas, las que me gustaría hoy pensar que son cosa del pasado, aunque los temores de que vuelvan pueden no carecer de fundamentos. Tal como he visto revueltas populares inspiradas por el hambre ser apaciguadas de un golpe con la apertura de "cocinas de campaña" y la distribución de un poco de dinero.

De todo esto, mi deducción es que el puesto de honor va para la idea, la que debe activar la voluntad, pero se requieren ciertas condiciones para que la idea pueda emerger y hacer impacto.

Así nuestro antiguo programa, que anunciaba la emancipación moral, política, y económica no podía separar una de la otra, y que las masas necesitan estar en condiciones materiales tales que puedan permitir el ejercicio de necesidades ideales, se sigue confirmando.

Luchar por la completa emancipación y, mientras se espera y prepara para el día en que eso sea factible, arrebatar al gobierno y los capitalistas todas las mejorías políticas y económicas que puedan desarrollar las condiciones de nuestra lucha y aumentar los números de luchadores conscientes. Entonces, arrebatarlas por medios que no impliquen ningún reconocimiento de los arreglos existentes y que allanen el camino al futuro.

Difundir el sentido del deber y el espíritu de sacrificio; pero tener en mente que el ejemplo es la mejor forma de propaganda y que uno no puede pedir a los demás lo que no hace uno mismo.

Errico Malatesta

Fuente: http://rebeldealegre.blogspot.com.es/2016/06/errico-malatesta-idealismo-y.html



lunes, 15 de febrero de 2021

Errico Malatesta: La organización (1897)


Publicado originalmente, en tres partes, en el periódico L'Agitazione de Ancona 1, nos. 13-15 (4, 11, y 18 de junio de 1897). Título original: «L'organizzazione»

I

Por años ha sido éste un asunto de gran disputa entre los anarquistas. Y como a menudo sucede, cuando se acalora una discusión y en la búsqueda de la verdad se entromete la insistencia en estar en lo correcto, o cuando las discusiones teóricas no son más que intentos por justificar una conducta práctica inspirada por otros motivos muy distintos, se ha producido una gran confusión de ideas y palabras.

Recordemos, sólo para sacarles del paso, aquellas objeciones derechamente semánticas que ocasionalmente han llegado a las más grandes alturas del absurdo, tales como: "Estamos por la armonización, no la organización"; "estamos contra la asociación, pero a favor del acuerdo"; "no queremos secretarios ni tesoreros, siendo éstas figuras autoritarias, pero ponemos a un compañero a cargo de la correspondencia y otro cuida nuestros fondos" — y pasemos a la discusión seria.

Aquellos que reclaman para sí el título de "anarquistas", con o sin una serie de adjetivos, caen en dos campos: los partidarios y los detractores de la organización.

Si no somos capaces de llegar a un acuerdo, al menos intentemos entendernos.

Y para empezar, ya que la cuestión es triple, hagamos una distinción entre organización en el sentido general, como principio y condición de la vida social hoy y en la sociedad del futuro; la organización del partido anarquista; y la organización de las fuerzas populares, especialmente la de las masas obreras con miras a hacerle frente al gobierno y al capitalismo.

La necesidad de organización en la vida social — incluso diría la sinonimia entre organización y sociedad — es tan evidente en sí misma que es difícil de creer que alguna vez haya podido ser cuestionada.

Para darse cuenta de esto, hay que recordar cuál es la función específica, característica del movimiento anarquista, y que las personas y los partidos están sujetos a dejarse absorber por la cuestión que más directamente les afecta, olvidando todos los asuntos relacionados, poniendo más atención a la forma que a la sustancia, viendo finalmente las cosas desde un solo ángulo y perdiendo así una noción adecuada de la realidad.

El movimiento anarquista comenzó su vida como una respuesta contra el espíritu de autoridad, dominante en la sociedad civil y así también en todos los partidos y organizaciones de trabajadores, y ha ido creciendo gradualmente de la mano de todas las revueltas promovidas contra las tendencias autoritarias y centralizadoras.

Por lo tanto era natural que muchos anarquistas, casi hipnotizados por esta lucha contra la autoridad, creyendo, por la influencia de la educación autoritaria recibida, que la autoridad es el alma de la organización social, combatieron y repudiaron esta última por combatir la primera.

Y, a decir verdad, la hipnotización fue tan lejos que les ha llevado a apoyar ciertas cosas que son realmente increíbles.

Se combatió todo tipo de cooperación y acuerdo, en la creencia de que la asociación era la antítesis de la anarquía; se sostuvo que en ausencia de acuerdos, de obligaciones recíprocas, haciendo cada uno lo que le pase por la cabeza sin siquiera informarse de lo que el otro está haciendo, todo se armonizaría en forma espontánea; que la anarquía significa que cada persona debe ser autosuficiente y debe hacer todo por sí misma sin esfuerzos recíprocos ni compartidos; que las vías férreas podían operar muy bien sin organización, y que por cierto esto ya ocurría en Inglaterra(!); que el servicio postal no era necesario y que cualquiera en París que quisiese escribir una carta a Petersburgo... podía llevarla él mismo(!!), y así.

Pero estas son tonterías, podrá usted decir, y no merecen mención.

Sí, pero este tipo de tonterías ha sido dicha, impresa, y circulada; y aceptada por gran parte del público como una articulación auténtica del pensamiento anarquista; y siempre servirán de armas de combate para nuestros adversarios burgueses y no-burgueses que buscan una victoria fácil sobre nosotros. Y entonces, tales tonterías no carecen de valor, en tanto son el resultado lógico de ciertas premisas y pueden servir de prueba de fuego de la veracidad o no de aquellas premisas.

Unos cuantos individuos de intelecto limitado pero dotados de poderosos giros lógicos mentales, una vez que han abrazado algunas premisas, rescatan hasta la última consecuencia que salga de ellas y, si así lo dicta la lógica, pueden llegar sin miramientos al más grande sinsentido y negar las verdades más evidentes sin inmutarse. Hay otros también, mejor educados y más abiertos de mente, que siempre pueden idear alguna manera de llegar a conclusiones bastante razonables, aunque tengan que pisotear la lógica; en el caso de éstos últimos, los errores teóricos tienen poca o ninguna influencia sobre su conducta propiamente tal. Pero, en definitiva, y hasta que llegue el momento en que ciertos errores fundamentales sean apartados, aún está la amenaza de los silogizadores acérrimos y de tener nosotros que comenzar todo de nuevo.

El error fundamental de los anarquistas que se oponen a la organización es creer que la organización es imposible sin autoridad — y, una vez que la hipótesis ha sido aceptada, prefieren renunciar a cualquier organización que aceptar un ápice de autoridad.

Ahora, que la organización, es decir la asociación para un propósito específico y la adopción de formas y medios requeridos para lograr aquel propósito, es un pre-requisito fundamental para vivir en sociedad nos es obvio. El ser humano aislado no puede vivir siquiera la vida de un bruto: aparte de en los trópicos y de cuando la población es sumamente escasa, no puede ni alimentarse; y sigue, sin excepción, incapaz de lograr un estándar de vida en algo superior al de las bestias. Obligado, por ende, a combinar fuerzas con otras personas, y hallándose en realidad unido a ellas como resultado de la previa evolución de las especies, debe entonces o bien someterse a la voluntad de otros (ser un esclavo), o imponer su propia voluntad sobre otros (ser una figura autoritaria), o vivir en acuerdo fraternal con otros por el bien mayor de todos (ser un compañero). Nadie puede escapar a esta necesidad: los más extravagantes anti-organizadores están no solamente sujetos a la organización general de la sociedad en la que viven, sino que — incluso en los actos de su propia vida, y en sus riñas con la organización — se juntan y comparten las tareas y se organizan con aquellos de parecer similar y emplean los medios que la sociedad pone a su disposición... siempre que, claro, sean cosas genuinamente queridas y promulgadas, en vez de aspiraciones y sueños vagos y platónicos.

Anarquía significa sociedad organizada sin autoridad, entendiéndose la autoridad como la facultad de imponer la propia voluntad y no el hecho inevitable y beneficioso de que a quien mejor entiende y sabe hacer una cosa, más fácilmente logra que se acepte su opinión, y que sirva de guía, en aquella cosa, a los menos capaces.

Como nosotros lo vemos, la autoridad no solo no es un pre-requisito para la organización social, sino que, lejos de fomentarla, es un parásito de ella, obstaculizando su evolución y largando por el fregadero sus ventajas, beneficiándose de esto una clase dada que explota y oprime al resto. Mientras exista una armonía de intereses en una comunidad, mientras nadie se incline a explotar a otros, no hay rastros de autoridad. Una vez que la lucha interna aparece y la comunidad se divide en vencedores y vencidos, entonces surge la autoridad, siendo naturalmente investida en los más fuertes, ayudando a confirmar, perpetuar, y magnificar su victoria.

Eso es lo que creemos y es por eso que somos anarquistas; si, en vez de esto, creyésemos que la organización sin autoridad es impracticable, seríamos autoritarios, pues preferiríamos la autoridad — que coarta y entorpece la existencia — a la desorganización, que la vuelve imposible.

Después de todo, qué haríamos nosotros importa poco. Si fuese cierto que el mecánico y el maquinista y el jefe de estación tuviesen simplemente que ser autoridades, en vez de compañeros que realizan ciertas tareas a cuenta de todos, el público aún preferiría padecer su autoridad que hacer el viaje a pie. Si no hubiese más opción que el jefe de correos sea una autoridad, cualquiera en sus cabales preferiría lidiar con la autoridad del jefe de correos a tener que entregar sus propias cartas.

Y luego... la anarquía sería el sueño de algunos, pero no podría volverse realidad jamás.


II

Aceptando la posibilidad de que exista una comunidad organizada en ausencia de autoridad, vale decir, en ausencia de coerción — y los anarquistas han de aceptarla, pues de otro modo la anarquía no tendría sentido — pasemos a lidiar con la propia organización del partido anarquista.

Aquí también la organización se nos hace útil y necesaria. Si "partido" significa el conjunto de individuos que comparten un propósito común y se esfuerzan por alcanzar ese propósito, es natural que lleguen a acuerdos, reúnan sus recursos, dividan la labor, y adopten todas las medidas que se piensen probables de impulsar aquel propósito y que son la raison d'être de una organización. Quedando aislados, con cada individuo actuando o buscando actuar por su cuenta sin entrar en acuerdo con otros, sin hacer preparaciones, sin alinear la débil fuerza de los solitarios en una fuerte coalición, equivale a condenarse a sí mismo a la impotencia, a malgastar las propias energías en actos triviales e inefectivos y, muy pronto, perder el propósito y caer en la total inacción.

Pero aquí nuevamente la cuestión nos parece tan evidente que, en vez de elaborar pruebas directas, intentaremos responder a los argumentos de los adversarios de la organización.

El puesto de honor va para — por así decirlo — la objeción preventiva. "¿Qué es esto de hablar de un partido?" dicen. "No somos ningún partido, no tenemos ningún programa". Una paradoja que quiere indicar que las ideas pasan y están siempre cambiando y que se rehúsan a aceptar ningún programa fijo que pueda estar bien para hoy pero que por seguro estará obsoleto mañana.

Eso sería perfectamente justo si estuviésemos hablando de académicos que van tras la verdad sin preocupación alguna por las aplicaciones prácticas. Un matemático, un químico, un psicólogo o un sociólogo puede decir no tener un programa o no tener otro que la búsqueda de la verdad; están para descubrir, no para hacer algo. Pero la anarquía y el socialismo no son ciencias; son propósitos, proyectos que los anarquistas y los socialistas quieren implementar y que por lo tanto deben ser formulados como programas específicos. La ciencia y el arte de la construcción avanzan día a día; pero un ingeniero que quiere construir un edificio o incluso solamente demoler algo, debe dibujar sus planos, montar su equipamiento y operar como si la ciencia y el arte se hubiesen detenido en el momento en que las encontró cuando se embarcó en la obra. Es muy posible que le encuentre un uso a nuevos avances realizados en el curso del proyecto sin tener que renunciar a la parte esencial de su plan; e igualmente puede ocurrir que los nuevos descubrimientos y los nuevos recursos ideados por la industria sean de tal magnitud que le abran los ojos a la necesidad de abandonar todo y volver a comenzar. Pero al comenzar todo de nuevo, requerirá esbozar un nuevo plan en base a lo que sabe y posee en ese momento y no va a poder idear o ponerse a implementar una construcción amorfa, sin herramientas a mano, sólo porque, en algún momento futuro, la ciencia podría salir con mejores formas y la industria proveer de mejores herramientas!

Por partido anarquista nos referimos al ensamble de quienes están por ayudar a hacer de la anarquía una realidad y quienes por lo tanto necesitan establecerse un fin que lograr y un camino que seguir; y felices dejamos a los amantes de la verdad absoluta y el progreso imparable con sus reflexiones trascendentales; sin someter nunca sus ideas a la prueba de la acción, terminan por hacer nada y descubrir menos.

La otra objeción es que la organización crea líderes, figuras de autoridad. Si eso es cierto, si los anarquistas son incapaces de reunirse y llegar a acuerdos unos con otros sin tener que acudir a alguna autoridad, eso quiere decir que aún están lejos de ser anarquistas y que, antes de pensar en establecer la anarquía en el mundo, debiesen dedicar algún pensamiento a prepararse para vivir anárquicamente. Pero la cura difícilmente está en la no-organización, sino que en expandir la consciencia de los miembros individuales.

Ciertamente si una organización carga todo el trabajo y toda la responsabilidad sobre unos pocos hombros, si le basta con lo que sea que esos pocos hagan en vez de esforzarse e intentar hacerlo mejor, esos pocos, aunque no quieran, eventualmente sustituirán la voluntad de la comunidad por la propia. Si los miembros de una organización, todos, no se ocupan en pensar, en tratar de entender, y en siempre usar sus facultades críticas para todo y para todos, y en vez dejan que unos pocos piensen por todos, entonces aquellos pocos serán los líderes, los pensadores y dirigentes.

Pero, digámoslo nuevamente, la cura no está en la no-organización. Por el contrario: en las sociedades pequeñas y grandes, aparte de la fuerza bruta, que está fuera de cuestión en nuestro caso, el origen y justificación de la autoridad yace en la desorganización social. Cuando una colectividad tiene necesidades y sus miembros no saben cómo organizarse espontáneamente, por sí mismos, para salir al paso, alguien, alguna figura de autoridad sale a atender aquella necesidad haciendo uso de los recursos de todos y dirigiéndoles a su antojo. Si las calles no son seguras y las personas no pueden hacerle frente, emerge una fuerza policial que se hace mantener y pagar por los pocos servicios que ofrece y mandonea y se vuelve tiránica; si hay necesidad de un producto y la comunidad falla en llegar a un arreglo con productores lejanos para intercambiar por productos locales, aparece el mercader que lucra de la necesidad de los unos de vender y de los otros de comprar, y cobra a los productores y consumidores el precio que quiera.

Miren lo que ocurrió en nuestras propias filas: mientras menos organizados hemos estado, más hemos estado a merced de unos pocos individuos. Y era natural que así fuese.

Sentimos la necesidad de estar en contacto con compañeros de otras partes, de recibir y enviar noticias, pero no podemos, cada cual individualmente, tener correspondencia con cada compañero. Si estuviésemos organizados podríamos encargar a algunos compañeros el manejo de nuestra correspondencia, cambiarlos si no es de nuestra satisfacción y mantenernos al tanto de los desarrollos sin depender de la buena gracia de alguien para nuestras noticias. Si estamos desorganizados, por otra parte, habrá alguien con los medios y la disposición a hacer la correspondencia y que tomará todos los intercambios en sus manos, pasando o no pasando las noticias dependiendo de su elección de tema o de persona y, si es lo suficientemente activo y astuto, podrá, sin nosotros saberlo, agitar al movimiento en la dirección que quiera sin que nosotros (el grueso del partido) tengamos ningún modo de control y sin que nadie tenga el derecho a quejarse, dado que esa persona actúa por su cuenta, con mandato de nadie y sin obligación de dar cuenta de sus actos a nadie.

Sentimos la necesidad de tener un periódico. Si estamos organizados podemos juntar fondos para su lanzamiento y mantenerlo en marcha, poner unos cuantos compañeros a cargo de llevarlo y monitorear su dirección. Los editores del periódico seguramente, en mayor o menor grado, estamparán discerniblemente su personalidad en él, pero seguirán siendo personas seleccionadas por nosotros, a quienes podemos cambiar si no nos satisfacen. Si, por otra parte, estamos desorganizados, alguien con suficientes ganas lanzará el periódico por su propia cuenta; encontrará entre nosotros a sus corresponsales, distribuidores, y suscriptores y nos inclinará a sus propósitos, sin nuestro conocimiento o consentimiento; y, como ha sido a menudo el caso, nosotros aceptaremos y apoyaremos a aquel periódico aún si no es de nuestro agrado, aún si encontramos que es dañino para la causa, debido a nuestra inhabilidad de sacar uno que ofrezca una mejor representación de nuestro pensamiento.

Entonces, lejos de conjurar autoridad, la organización representa la única cura para ella y el único medio por el cual cada uno de nosotros puede habituarse a tomar parte activa y reflexiva en nuestra labor colectiva y dejar de ser herramientas pasivas en manos de líderes.

Si no hacemos nada y todos siguen perfectamente inactivos entonces, por seguro, no habrá líderes y no habrá rebaño, no habrá dictadores de órdenes y seguidores de órdenes, pero será el fin de la propaganda, el fin del partido y de las discusiones en torno a la organización también… y eso, esperemos, nadie lo verá como una solución ideal.

Pero una organización, dicen, implica una obligación a coordinar los propios actos con los de otros y así se infringe la libertad y se coarta la iniciativa. A nosotros nos parece que lo que en realidad arrebata la libertad y vuelve imposibles las iniciativas es el aislamiento que nos vuelve impotentes. La libertad no es un derecho abstracto, sino la capacidad de hacer algo: esto es tan cierto en nuestras propias filas como en la sociedad en su conjunto. Es en la cooperación con sus semejantes que el ser humano encuentra los medios para avanzar su propia actividad y el poder de su iniciativa.

Ciertamente, la organización significa coordinar recursos para un propósito común y un deber para los organizados no actuar en contra de tal propósito. Pero en lo que concierne a organizaciones voluntarias, cuando aquellos que pertenecen a la misma organización sí comparten el mismo fin y apoyan los mismos medios, las obligaciones mutuas sobre ellos actúan para el beneficio de todos. Y si alguien hace a un lado cierta creencia propia por el bien de la unidad, es porque encuentra más beneficioso abandonar una idea que en ningún caso podría implementar sin ayuda en vez de negarse la cooperación de otros en asuntos que cree tienen más importancia.

Si, entonces, un individuo se encuentra con que ninguna de las organizaciones existentes encapsula la esencia de sus ideas y métodos y que no puede expresarse como individuo de acuerdo a sus creencias, entonces estaría bien aconsejado en mantenerse fuera de esas organizaciones; pero luego, a menos que quiera seguir inactivo e impotente, debe buscar a otros que piensen como él y fundar una nueva organización.

Otra objeción, y la última de las que nos ocuparemos, es que, estando organizados estamos más expuestos a la persecución gubernamental.

Por el contrario, nos parece que mientras más unidos estemos, más efectivamente podemos defendernos. Y en realidad cada vez que la persecución nos ha alcanzado con la guardia baja estando desorganizados, eso nos dejó completamente desarticulados y barrió con nuestros previos esfuerzos; mientras que cuando y donde estuvimos organizados, nos hizo bien en vez de daño. Y lo mismo aplica al interés personal de los individuos: el ejemplo de las persecuciones recientes que golpeó a los aislados tanto como a los organizados — y tal vez peor — es suficiente. Hablo, claro está, de aquellos, aislados y no, que al menos hacen propaganda individual. Los que no hacen nada y tienen bien escondidas sus creencias están ciertamente en mucho menor peligro, pero su utilidad a la causa es menor también.

En términos de persecución, lo único que se logra estando desorganizados y predicando la desorganización es permitir al gobierno negarnos el derecho a asociación y cimentarle el camino a sus monstruosos y criminales juicios conspirativos que no osaría en montar contra personas que abierta y fuertemente afirman su derecho a ser y a la condición de estar asociados, o, si el gobierno así osase, le saldría el tiro por la culata y beneficiaría a nuestra propaganda.

Además, es natural que la organización adopte la forma que las circunstancias requieran e impongan. Lo importante no es tanto la organización formal como la inclinación a organizarse. Podrá haber casos en que, debido a la reacción remanente, podría ser útil suspender toda correspondencia y abstenerse de reuniones; eso siempre será un revés, pero si la voluntad por estar organizados sobrevive, si el espíritu de asociación perdura, si el período previo de actividades coordinadas ha ampliado el círculo personal, ha nutrido amistades saludables y ha conjurado una genuina comunión de ideas y acciones entre compañeros, entonces los esfuerzos de individuos, aún de individuos aislados, tendrán una contribución que hacer al propósito común, y pronto se hallará un medio para volver a juntarse y reparar el daño hecho.

Somos como un ejército en guerra y, dependiendo del terreno y de las medidas adoptadas por el enemigo, podemos luchar en formaciones masivas o dispersas. Lo esencial es que sigamos pensándonos como pertenecientes al mismo ejército, que obedecemos a las mismas ideas directivas y que estamos listos para volver a formarnos en columnas compactas cuando sea necesario y factible.

Todo lo dicho está dirigido a aquellos compañeros que están auténticamente en contra de la organización como principio. A quienes se resisten a la organización sólo por ser reacios a unirse o se les ha negado la entrada a determinada organización por no tener simpatía con los individuos pertenecientes a ella, decimos: establezcan otra organización junto con quienes sí están de acuerdo. Ciertamente nos encantaría poder estar de acuerdo todos y reunir todas las fuerzas del anarquismo en una poderosa falange; pero no tenemos fe en la salud de las organizaciones construidas sobre concesiones y subterfugios y donde no hay real acuerdo y simpatía entre los miembros. Mejor des-unidos que mal-unidos. Pero veamos que cada cual se junte con sus amigos y que no haya nadie aislado, perdiendo fuerzas.


III

Aún tenemos que hablar de la organización de las masas obreras para fines de hacerle frente al gobierno y los patrones.

Lo hemos señalado antes: en ausencia de organización, ya sea libre o impuesta, no puede haber ni libertad ni garantías de que los intereses de los miembros que componen la sociedad sean respetados. Y quien falle en organizarse, falle en buscar la cooperación de otros y prestar su propia cooperación en base al compañerismo recíproco, inescapablemente se sitúa en una condición de inferioridad y juega el rol de subalterno irreflexivo en la maquinaria de la sociedad que otros operan a su antojo y para su conveniencia.

Los obreros son explotados y oprimidos porque, estando desorganizados en todo lo que concierne a salvaguardar sus propios intereses, son obligados por el hambre o por la fuerza bruta a obedecer los deseos de los dominadores para cuyo beneficio la sociedad funciona en el presente y deben éstos suministrar la fuerza (soldados y capital) que les ayuda a mantenerlos en sujeción. Tampoco podrán emanciparse jamás hasta el tiempo en que busquen la unidad para la fuerza moral, económica y física necesaria para derrotar a la fuerza organizada de los opresores.

Ha habido algunos anarquistas — y algunos de ellos siguen presentes — que, mientras conceden a la necesidad de organización en la sociedad del futuro y a la necesidad de organizarse hoy para la propaganda y la acción, son hostiles a todas las organizaciones que no tienen la anarquía por objetivo inmediato y que no adoptan métodos anarquistas. Y algunos de ellos se han mantenido aparte de todas las organizaciones obreras diseñadas para hacer frente y mejorar las condiciones en el estado actual de las cosas, o se han metido en ellas con la intención expresa de desorganizarlas, mientras otros han concedido que la membresía en sociedades de resistencia existentes puede ser legítima, pero han buscado intentos de organizar otras nuevas lindando con la deserción.

Para esos compañeros pareciera que todas las fuerzas dispuestas a un propósito menos que radicalmente revolucionario fuesen fuerzas desviadas de la revolución. Nuestra opinión, en contraste, es que esa visión condenaría al movimiento anarquista a la esterilidad perpetua, y la experiencia nos ha dado la razón.

Antes de poder hacer propaganda, se debe estar entre las personas, y es en las asociaciones obreras que el trabajador encuentra a sus semejantes y especialmente aquellos más inclinados a entender y abrazar nuestras ideas. Pero incluso si fuese factible hacer tanta propaganda como se quisiese fuera de las asociaciones, esto no tendría ningún impacto discernible sobre las masas obreras. Aparte de un pequeño número de individuos mejor educados y más equipados para el pensamiento abstracto y el fervor teórico, el obrero no puede llegar a la anarquía de una vez. Para que se convierta en un auténtico anarquista en vez de en anarquista solo de nombre, debe comenzar a sentir la hermandad que le une a sus compañeros, aprender a cooperar con otros en la defensa de intereses compartidos y, enfrentar a los patrones y al gobierno que les defiende, apreciar que patrones y gobiernos son inútiles parásitos y que los trabajadores podrían llevar el aparato de la sociedad por sí mismos. Habiendo entendido eso, es una anarquista aunque no use el título.

Además, el fomento de todo tipo de organizaciones populares es la consecuencia lógica de nuestras ideas fundamentales y debiese por lo tanto ser parte fundamental de nuestro programa.

Un partido autoritario con miras a tomar del poder, para así imponer sus ideas tiene interés en que el pueblo siga siendo una masa amorfa incapaz de valerse por sí misma y por ende fácilmente dominable. Y, por lo tanto, lógicamente, debe querer la organización solo en el grado y del tipo que se adapte a su venida al poder — la organización electoral, si quiere llegar ahí por medios legales, o la organización militar si, en vez, se basa en la acción violenta.

Pero nosotros anarquistas no estamos por emancipar al pueblo; queremos ver que el pueblo se emancipe a sí mismo. No creemos en bendiciones desde las alturas, impuestas por la fuerza. Queremos ver un nuevo orden social emerger desde el interior del pueblo, y queremos que éste corresponda al grado de desarrollo alcanzado por la humanidad y que pueda progresar así como la humanidad progresa. Lo que a nosotros nos importa es que cada interés y cada opinión encuentre, en la organización consciente, algún ámbito para hacerse valer y de influir en la vida colectiva en proporción a su importancia.

Hemos hecho nuestro propósito combatir la organización existente de la sociedad y abatir los obstáculos que impiden el advenimiento de una nueva sociedad en la que la libertad y el bienestar estén asegurados para todos. Para este fin nos hemos reunido como partido y estamos por volvernos tan numerosos y tan potentes como podamos. Pero si no hubiese nada organizado aparte de nuestro partido, si los trabajadores estuviesen aislados en tantas unidades indiferentes unas con otras y ligadas sólo por una cadena común; si nosotros mismos, además de estar organizados como partido, no estuviésemos organizados junto a los trabajadores en nuestras capacidades como trabajadores, no estaríamos en una posición de realizar nada, o, como mucho, podríamos solamente imponernos… en cual caso no tendríamos el triunfo de la anarquía, sino nuestro triunfo. Podríamos entonces muy bien llamarnos anarquistas, pero en realidad seríamos meros gobernantes e incapaces de hacer el bien como cualquier otro gobernante.

Se habla mucho de la revolución, en la creencia de que la palabra representa la resolución de toda dificultad. ¿Pero qué debiese ser esta revolución que anhelamos y qué podría ser?

Las autoridades establecidas derrocadas y los derechos de propiedad pronunciados muertos. Bien. Un partido podría hacer tanto así… aunque ese partido deba aún depender, además de en su propia fuerza, en la simpatía de las masas y en la preparación suficiente de la opinión pública.

¿Y luego qué? La vida de la sociedad no acepta interrupciones. Durante la revolución — o insurrección, como queramos llamarle — y en las consecuencias inmediatas, las personas deben comer y vestirse y viajar y publicar y tratar a los enfermos, etc., y estas cosas no se hacen solas. En el presente, el gobierno y los capitalistas las hacen hacer para lucrar de ellas; una vez que nos deshagamos del gobierno y los capitalistas, los trabajadores tendrán que hacerlas todas para el beneficio de todos; de otro modo, ya sea bajo esas designaciones o alguna otra, emergerán nuevos gobiernos y nuevos capitalistas.

¿Y cómo van a proveer los trabajadores las necesidades urgentes a menos que ya estén habituados a reunirse y lidiar en conjunto con sus intereses comunes y, en algún grado, estén listos para tomar el legado de la antigua sociedad?

El día después que los mercaderes de granos de la ciudad y los patrones de las panaderías pierdan sus derechos de propiedad y por ello ya no tengan interés en atender el mercado, debe haber suministros vitales de pan disponibles en las tiendas para alimentar al público. ¿Quién velará por ello, si los trabajadores panaderos no están ya asociados y listos para arreglárselas sin patrones, y si, aguardando la llegada de la revolución, no se les ha ocurrido resolver las necesidades de la ciudad y los medios para hacerlo?

No queremos decir con eso que debamos esperar a que todos los trabajadores estén organizados antes que la revolución pueda hacerse. Eso sería imposible, dadas las circunstancias del proletariado; y, por fortuna, no hay necesidad. Pero al menos debe haber algún núcleo en torno a los cuales las masas puedan acudir una vez liberados de la carga que les oprime. Si es utópico querer hacer la revolución una vez que todos estén listos y una vez que todos estén de acuerdo, es aún más utópico buscar llevarla a cabo sin nada ni nadie. Hay mesura en todas las cosas. Mientras tanto, luchemos por la expansión más grande posible de las fuerzas conscientes y organizadas del proletariado. El resto vendrá por sí solo.
 

lunes, 21 de diciembre de 2020

Errico Malatesta: La cocaína

En Francia existen leyes severas contra quien usa y quien expende cocaína. Y, como es habitual, el azote se extiende y se intensifica a pesar de las leyes y quizá a causa de las leyes. Igualmente en el resto de Europa y en América.

El doctor Courtois, de la Academia de Medicina francesa, que ya el año pasado había lanzado un grito de alarma contra el peligro de la cocaína, comprobado el fracaso de la legislación penal, pide… nuevas y más severas leyes. Es el viejo error de los legisladores, a pesar de que la experiencia haya siempre, invariablemente, demostrado que nunca la ley, por bárbara que sea, ha servido para suprimir un vicio, o para desanimar el delito. Cuanto más severas sean las penas impuestas a los consumidores y a los negociantes de cocaína, más aumentará en los consumidores la atracción por el fruto prohibido y la fascinación por el peligro afrontado, y en los especuladores, la avidez de ganancia, que es ya ingente y crecerá con el crecer de la ley.

Es inútil esperar en la ley. Nosotros proponemos otro remedio.

Declarar libre el uso y comercio de la cocaína, y abrir las expendedurías en las que la cocaína sea vendida a precio de costo, o incluso, bajo costo. Y después hacer una gran propaganda para explicar al público y poner al alcance de la mano los daños de la cocaína; nadie haría propaganda contraria porque nadie podría ganar con el mal de los cocainómanos.

Ciertamente, con esto no desaparecería completamente el uso dañino de la cocaína, porque persistirían las causas sociales que causan los desgraciados y los empujan al uso de drogas. Pero, de cualquier modo, el mal disminuiría, porque nadie podría ganar con la venta de las drogas, y nadie podría especular con la caza de los especuladores. Y por eso, nuestra propuesta no será tomada en consideración, o será tratada de quimérica y loca. Sin embargo la gente inteligente y desinteresada podría decir: “Después de que las leyes penales se han mostrado impotentes, ¿no estaría bien, al menos a título de experimento, probar el método anarquista?”.

Escrito por Errico Malatesta el año 1922.

martes, 2 de junio de 2020

Errico Malatesta: El Primero de Mayo (1893)


Publicado originalmente en The Commonweal (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).


Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.

Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.

¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.

Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.

Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!

La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.

Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.

Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.

Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.

Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.

Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.

Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como "practicables" y "posibles" y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.

Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.

En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.

Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.

Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.

Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.

Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.

Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.

Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las "8 horas" y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.

Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!

Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!

No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.

jueves, 12 de noviembre de 2015

En tiempo de elecciones

LUIS.- ¡Buen vino es éste, amigo!

CARLOS.- Psch, no es malo... pero sí es caro.

LUIS.- ¿Caro? ¡Seguramente! Con tanto impuesto y con tantas contribuciones como se pagan al gobierno y al municipio, el litro viene a costar el doble de lo debido. ¡Y si fuese tan solo el vino! El pan, la carne, la casa, todo cuesta un ojo de la cara; y si el trabajo falta no se puede pagar ni aún lo más necesario. En fin, que no hay modo de poder vivir.

Sin embargo todo el mal viene de nosotros mismos. Si nosotros quisiéramos, todo se podría remediar. Precisamente, ahora es la ocasión para poner manos a la obra.

CARLOS.- ¿Sí? Veamos, veamos cómo.

LUIS.- Es una cosa muy sencilla. ¿Eres elector?

CARLOS.- Sí, lo soy; pero como si no lo fuera, porque no he de votar.

LUIS.- He ahí el mal. ¡Y después nos lamentamos! ¿No comprendes que tú mismo eres tu propio asesino y el de tu familia? Tú eres uno de tantos que por su indolencia y su rebajamiento merecen la miseria en que yacen. Y todavía es poco. Tú...

CARLOS.- Bueno, bueno, no te sobresaltes. A mí me gusta razonar y no quiero más que ser convencido. ¿Pero qué conseguiría si fuese a votar?

LUIS.- ¡Cómo! ¿Qué necesidad hay de razonar tanto? ¿Quiénes hacen las leyes? ¿No son los diputados y los ministros? Así pues, si eligiéramos buenos diputados y buenos concejales, habría buenos ministros y buenos municipios y, en consecuencia, serían mejores las leyes, se rebajarían las contribuciones, se suprimirían impuestos tan odiosos como el de consumo, sería protegido el trabajo y, por ende, la miseria en que vivimos no sería tan espantosa.

CARLOS.- ¡Buenos diputados, buenos ministros y buenos concejales! ¡Bonito canto de sirena! Se necesita estar sordo y ciego para no comprender que todos son lo mismo. Como tú, hablan todos los que tienen necesidad de ser elegidos. Todos buenos, todos democráticos; nos pasan la mano por el lomo, llaman a nuestras compañeras para saludarlas, a nuestros niños para besarlos; nos prometen ferrocarriles, puentes, agua potable, trabajo, pan a buen precio, protección del Estado... todo lo que se quiera. Y después, si te he visto no me acuerdo. Una vez elegidos, adiós promesas. Nuestras compañeras y nuestros hijos pueden morirse de hambre; nuestro país puede verse asolado por las fiebres y toda clase de calamidades; el trabajo se paraliza y pan falta para la mayor parte, y el hambre, la miseria, hacen estragos por doquier. ¡Pero q ué! El diputado no se ocupa para nada de nuestros desastres. Para estas cosas está la policía. Para otro año se reanudará la burla. Por el momento, pasada la fiesta, engañado el santo. ¿Y sabes? El partido político, el color político, nada importa; todos, todos son iguales. La única diferencia es que los unos se nos presentan cínicamente como son, mientras que los otros nos llevan con su charla adonde quieren, haciéndose pagar banquetes y otras zarandajas.

LUIS.- Perfectamente; mas ¿por qué elegir a los burgueses? ¿No sabes que los burgueses viven del trabajo de los demás? ¿Y cómo quieres que piensen en hacer el bien del pueblo? Si el pueblo fuera libre, se habría concluido la cucaña política para esos caballeros del bien vivir. Verdad es que si quisieran trabajar estarían aún mejor, pero esto no lo entienden; no piensan más que en sacar cuanto pueden la sangre del pobre pueblo.

CARLOS.- ¡Oh! Ahora sí que empiezas a hablar bien. Solamente los burgueses o los que quieren ser diputados para llegar a ser burgueses, se ocupan de los burgueses.

Errico Malatesta (1890)