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miércoles, 16 de abril de 2014

Génesis y auge de la autonomía obrera en España (1970-1976)

1970 fue un año crucial para la lucha de clases en España. Tras una década de desarrollismo industrial, una nueva clase obrera se consolidaba y reemprendía la lucha con nuevos bríos. Los obreros eran ocho millones, el 65% de la población activa. Si bien se vivía una situación de pleno empleo y se disfrutaba de un cierto consumismo, los salarios eran bajos y el coste de la vida aumentaba religiosamente. La presión de la carestía, la congelación de los salarios decretada por el Gobierno y los hábitos de lucha adquiridos en la década precedente se sumaron para lanzar a los trabajadores al combate. Durante ese año las huelgas triplicaron en número las de 1969, desafiando al aparato represivo de la dictadura. Los obreros de las grandes empresas, situadas básicamente en Barcelona, Madrid, la margen izquierda del Nervión y la cuenca minera asturiana, cedían protagonismo al joven proletariado –al que se incorporaban mujeres– nacido en los cinturones de las dos capitales y en los polos industriales del franquismo; en el Goiherri (Guipúzcoa), Valladolid, Pamplona, Vitoria, Sevilla, Zaragoza, etc. Sorprendía la solidaridad activa que podía organizarse en torno a una huelga hasta el punto de alborotar la provincia entera, como por ejemplo, la de Orbegozo, fábrica siderúrgica de Zumárraga (Guipúzcoa), al despuntar el año. Existe algún consenso en señalar la heroica huelga de Laminación de Bandas en Frío de Echévarri, entre enero y mayo de 1967, como la primera huelga radical, o la huelga de Blansol, fábrica de un centenar de trabajadores de Palau de Plegamans (Barcelona), habida entre noviembre y diciembre de 1968, como la primera huelga conducida mediante asambleas. En efecto, el Gobierno tuvo que declarar el estado de excepción en Vizcaya para quebrar el muro de solidaridad que protegía a los huelguistas de Bandas, y en cuanto a los obreros de Blansol, aunque cercados por la guardia civil, fueron reuniéndose a la hora del bocadillo o en un pinar cercano a la salida del trabajo para tomar decisiones, formar piquetes e incluso perseguir a esquiroles y organizar sabotajes. Pero la primera huelga específicamente asamblearia, es decir, completamente al margen del sindicato vertical, donde los trabajadores impusieron a la dirección un comité de doce miembros elegidos en asamblea, fue la de Authi, en el polígono Landaben (Pamplona), en marzo de 1970. Esa táctica traducía un mayor grado de determinación entre los obreros que empezó a tener consecuencias entre los reformistas [...]
Miquel Amorós

FUENTE: KLINAMEN. Memoria anticapitalista

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martes, 4 de marzo de 2014

De la materia de las crisis sociales

Entre los años que van de 1958 —año en que el régimen franquista crea un marco legal para los asuntos laborales, la ley de convenios— hasta 1978 —año de agotamiento del movimiento obrero asambleario—, el conjunto de la población asalariada española manifestó de forma creciente unos sentimientos de identidad y una comunidad de intereses que no han vuelto a darse desde entonces. El exterminio de los activistas, militantes y afines a la clase obrera emprendido desde los mismos comienzos de la Guerra civil revolucionaria en el 36, sirvió de arranque para estabilizar y reforzar la clase dirigente.
En veinte años, el conglomerado clerical, agrario y fascista amparado por la dictadura militar, transformó las bases de su poder favoreciendo un desarrollo industrial que arrastró la población campesina a los suburbios de las ciudades, y proporcionó la materia de las crisis sociales que llegarían con el tiempo.
A partir de 1970, primer año de la autonomía proletaria, la existencia de una nueva clase obrera sería el factor más significativo de la vida política española. Lo demuestra la intensa agitación desarrollada a su alrededor, así como la cohesión alcanzada por la clase dirigente al sentirse amenazada por ella. En un ejercicio sin precedentes de amnesia histórica, los políticos de las diversas facciones burguesas «superaron» entonces los antagonismos de la época republicana.
La clase obrera de la que hablamos tiene fecha de aparición y, por desgracia, también de caducidad; es en resumen una formación histórica. Determinadas condiciones la alumbraron; forjaron una sociabilidad interna a base de costumbres, ideas y valores; determinaron modos de actuar y de organizarse específicos, o, dicho de otra manera, le dieron conciencia de clase. A lo largo de su existencia hubo de permanecer en movimiento; desarrollar esa conciencia, fijarse objetivos y nombrar a todos sus enemigos para combatirles mejor, a los que la pretendían arrinconar y a los que la querían dirigir. Cada paso que diese en esa dirección fortalecería su papel, mientras que el estancamiento o los retrocesos disminuirían su peso en los acontecimientos y pondrían en peligro su realidad como clase social histórica. Especialmente en cuanto atañe a sus medios propios de expresión y toma de decisiones: la desmembración del asambleismo acarreada por los Pactos de la Moncloa de 1977 hizo que una clase consciente y combativa en un quinquenio se convirtiera en una multitud dócil y conformista.
Miquel Amorós